Indignación profesional en las redes
Millones de usuarios/as en las redes. La patria de la polarización, de la radicalización y del maximalismo. El tiempo que vivimos, el mundo que hemos creado.
Opínese de la migración, de la pandemia, de tal o cual programa de TV o del último arbitraje en el Barça-Madrid, el resultado es el indicado. La visualización y el postureo van acompañados de la señal del éxito, el like que marca el status en una atmósfera absolutamente competitiva y despiadada.
Se contraponen, exasperan y polarizan las ideas, pero sobre todo las identidades, los egos, cambiando lo que somos como personas, que no puede ser otra cosa que la imagen que de nosotros/as tienen, lo que transmitimos.
Se construyen falsas identidades (por fuerza simplificadoras), pero también se construyen curriculums y – lo que es peor- se destruyen conscientemente reputaciones.
La crítica se hace áspera, dura, se exaspera. Las identidades chocan en una batalla con las cartas marcadas de antemano, en una partida de la que ya se sabe el desenlace y que se agota en sí misma. Y en la que los matices, los detalles, lo que es la creación de cultura (con lo que tiene de necesaria complejidad) desaparecen.
Si en un tiempo en la prensa se hablaba de la figura del “enviado especial”, ahora procede hablar del “indignado/a especial”, el indignado/a hiperespacial, el indignado/a profesional.
Aludiendo concretamente a Facebook, antes de la creación de esta red, Mark Zuckerberg ideara en 2003 “Facemash”, una red social en la que podía manifestarse la expresión de agrado por las fotos, por los rostros, etc, de los estudiantes de Harward. Facebook se orienta ene sa dirección. Ciertamente, el mensaje es (aún en el insulto) masaje, búsqueda de agrado ante una tribu ante la que se está permanentemente llamando a la puerta para ser admitido/a. Pues, en definitiva, de eso se trata.
La lógica binaria se impone en un escenario en que la inteligencia se ausenta. Eso sí, la democracia y la libertad de expresión son (también) el derecho a decir sandeces o ser simples, a exhibir un infantilismo maniqueo anti-ilustrado. Ante lo que es más que sano, a veces, aplicar aquella frase marxista (de Groucho): “Prefiero estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar cualquier duda”.
Imagen: Pixabay.

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