Tres escritos de Erri de Luca

 


1)             “Considero valore” .

Vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=SGfXS45CNOU

Valoro cada forma de vida, la nieve, la fresa, la mosca.

Valoro el reino mineral, la asamblea de las estrellas.

Valoro el vino mientras dura la comida, una sonrisa involuntaria,
el cansancio de quien no se ahorró, dos viejos que se aman.

Valoro aquello que mañana no valdrá nada
y que hoy vale aun poco.

Valoro todas las heridas.

Valoro ahorrar agua, reparar un par de zapatos,
callar a tiempo, intentar un grito, pedir permiso antes de sentarse,
demostrar gratitud sin recordarse de qué.

Valoro saber en una habitación donde está el Norte,
cual es el nombre del viento que está escurriendo lo lavado.

Valoro el viaje del vagabundo, la clausura de la monja,
la paciencia del condenado, cualquiera que sea su culpa.

Valoro el uso del verbo amar y la hipótesis de que exista un creador.
Muchos de estos valores no los conocí.

(Traducción de Administrador).

 

2)             “Kailash”.

Publicado en la web de Fondazione Erri de Luca. Traducido por Administrador. Puede verse aquí el original: http://fondazionerrideluca.com/kailash/

El premio Nobel otorgado a Bob Dylan engrandece un detalle de su otorgamiento. Sus versos magníficos son menos importantes que su música y su voz que los incendia. Para él, el Nobel de literatura es demasiado poco. No existe reconocimiento más grande que aquel que ya ha conseguido en solitario. Lo percibo como el keilash, la montaña sagrada de los tibetanos, prohibida de escalar. Se siguen las curvas de sus laderas, se lo observa desde todas las pendientes, pero sin vía de acceso. Esta vez la Academia sueca me ha hecho pensar en las montañas.

Solo los dioses podían habitar los desiertos de nieve y de hielo lanzados hacia arriba por las mareas altas del subsuelo, antes de que el alpinismo le pusiese las botas encima. Las montañas continúan subiendo no para dejarse subir, sino para tener por compañía al viento.

Nepal es la sede de muchas de entre las mayores inmensidades verticales de la tierra. El título de Altezas Reales, usurpado por los reyes, las espera únicamente a ellas.

El valle del Khumbu es la pista maestra para alcanzar las laderas del Everest. La he recorrido junto a los sherpas, cargados hasta lo inverosímil con nuestros equipajes, esquivando sus yak solemnes, que preceden escarpados senderos. Algunos escaladores han sentido el impulso de la gratitud hacia el pueblo de los porteadores que soportan el peso y el riesgo de sus deplazamientos. Han agradecido construyendo escuelas. Conozco aquella deseada y realizada con la ayuda de Montura da Fausto De Stefani, conozco alguna otra, encima de la salida que llega a Namche, aldea que en semicírculo acoge al peregrino. Porque es peregrinaje andar sobre las crestas de la tierra.

Namche es estación de parada para quien se interna en el valle del Khumbu. Su pista ha sido pisada por los más valerosos escaladores ….. Sobre el camino de Namchese ponen los pasos sobre las hormas de los predecesores. Sobre el camino de Namche se está en una caravana del tiempo, donde el pasado se encuentra sobre los hombros, pero adelante, pasado y repasado antes de nosotros. Se va detrás de muchos que por aquella misma pista no han regresado.

Sin alcanzar la temperatura del creyente, en algún lugar y en algún momento advierto sin embargo la presencia de ausentes. Quiero decirlo así: la presencia de ausentes. Los llamo como en la escuela, cuando desde la mesa del profesor se nos llamaba por nuestros nombres y había alguno que respondía “ausente” por el alumno que faltaba. Hay lugares y momentos, en la montaña, en los que me encuentro respondiendo por los ausentes.

Divago, lo hago cuando enfilo el callejón sin salida de una cima, al fondo de la cual tropiezo con el embalse del cielo y debo volver atrás. Plantar una escuela sobre tierras difíciles es plantar un árbol. Tendrá sus generaciones de frutos, crecerá alargando su melena en alto y su sombra en tierra. Es lo que hacen los árboles, las escuelas, las montañas: dan los frutos y la sombra.

 

3)             En la fuente.

Publicado en la web de la FONDAZIONE ERRI DE LUCA el 17-4-2018. Traducido por Administrador, puede verse el texto italiano aquí: http://fondazionerrideluca.com/web/alla-sorgente/

Para la comida: el maná ofrecido como lluvia en el desierto, es entregado con esta aclaración.

Cierto, sirve para alimentarse, ¿por qué añadir: para la comida? Porque no debe hacerse comercio de ello, acapararlo para revenderlo. No debe haber valor de cambio, sino valor de uso. Por eso, si se conserva para el siguiente día, se pudre.

La escritura sagrada tiene para mi, lector, el valor de uso del maná. La recojo todos los días cuando me levanto, la consumo como una porción. Su gusto permanece en mi boca por horas y alguna palabra antigua continúa volteándose en la boca.

Como lector, la escritura sagrada tiene valor de uso. No de cambio: no la llevo al mercado, no la meto en el banco del día para obtener el horóscopo de ella. No conecto su antigüedad al carrito de la jornada en curso.

Se consume sin residuos una intimidad entre los versos pasados y mis poros.

Así respondo a la pregunta: ¿para qué lo necesitas?

En los despertares, con la cabeza cerrada y vacía, irrumpe en el cráneo el hebreo antiguo, viento en una habitación que desordena, alborota, llena de polvo las pestañas. Entro en su desierto, en sus lugares sin geografía visitable, me sumo a la multitud de los innumerables que en cada época han abierto las mismas páginas, rompiendo con su tiempo para leer de otro.

Es concreto maná: cada mañana asume un gusto diferente. También el mismo verso, repasado con la distancia del tiempo, transforma su sabor.

No puede aconsejar su uso. La escritura sagrada, que prefiero no llamar Biblia, es un encuentro necesitado de ocasiones y circunstancias. Los encuentros no pueden recomendarse. Lo que para mi tiene un valor de maná para otro puede no ser comestible.

A mi me ofrece el salvoconducto a un tiempo de orígenes y comienzos. No tiene que ver con el deseo del pasado: el futuro del río no está donde está la desembocadura. El futuro del río está en la fuente.

Imagen: Pixabay.

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