Judaísmo laico

 



En “Il libro e la spada”, David Bidussa hace una importante matización en cuanto a la laicidad en el judaísmo, recalcando la diferencia con el análisis en un contexto cristiano, citando a Eisenstadt: “El tema de los laicos requiere una precisión preliminar. Laico, para el mundo judío, no es el no-religioso, mejor el no-observante, sino que semánticamente es un término más extenso que se refiere al no-sacerdotal (Luzzatto, 1988). Esto procede de una precisa tradición cultural que tiene su fundamento en la percepción de la praxis política del grupo judío en la historia, y que encuentra sus ejemplificaciones, tanto en la reciente historia del grupo judío como en la cultura tradicional del Israel antiguo.

. el sector laico presente en el interior del mundo judío, tanto en el israelí como en el diaspórico, incluye dos tipos de figuras: una primera figura que podemos asimilar a la propia del anti-clericalismo presente en las sociedades europeo-occidentales en aquellos grupos culturalmente marcados por la cultura socialista; una segunda figura que re-traduce la cultura consolidada societaria judía, exílica y diaspórica, en el interior del concepto de tradición. Esta segunda figura se caracteriza por la des-semantización parcial del contenido jurisprudencial de las normas comportamentales y las “reclasifica” – y por tanto las ordena jerárquicamente – dentro del concepto de costumbres (VV.AA. “Il libro e la spada”, Ed. Claudiana, texto de David Bidussa, p. 128).

(1). A modo de introducción: sobre “Ebraismo laico” (libro de Irene Kajon).

Título: Ebraismo laico ("Judaísmo laico").

Autora: Irene Kajon.

Idioma: italiano.

Ed: Cittadella Editrice.

Pp: 183.


Nos alerta la autora de que en el judaísmo no hay separación u oposición entre laicus y clericus, aunque que expresen una distinción entre quien vive inmerso prevalentemente en la vida social y quien dedica básicamente su vida al estudio / observancia de la Torah. También pueden ser dos facetas de la misma persona, dado que todo "laico" puede ejercer funciones religiosas, así como todo "clericus" tiene el deber de formar una familia y vivir las relaciones sociales. Importante precisión, sobre todo para quien está inmerso en un contexto católico.

Pone en valor la figura de Achad Ha-Am, quien critica, en sus ensayos, sea a quien, desde el antisionismo hace de la existencia judía una abstracción y algo prácticamente fantasmal (haciendo del judaísmo "solo" una religión), sea a aquellos sionistas que se decantan por la adhesión a filosofías vitalistas – a lo Nietzsche, por ejemplo - , apartándose de la Torah. Defendiendo un sionismo y un judaísmo que conjuguen el ideal ético y el religioso con el construir sobre el terreno.

Mendelssohn, otro de los personajes en los que se centra, en su obra Jerusalém (nos cuenta la autora) concibe el judaísmo no como una religión revelada, sino como una "legislación revelada". Desde ahí formula una dura crítica a la sociedad contemporánea y sus riesgos de caer en la idolatría.

Y es Levinas uno de los mayores exponentes del judaísmo laico. Nos lo dice así la autora (pp. 157-158): ".... aunque distingue sus escritos judíos de sus escritos filosóficos, también se detiene en la racionalidad de la religión judía, en el judaísmo como religión y como nación, en la participación del judío tanto en su propia tradición como en la cultura de otros pueblos. .

Levinas entra en polémica - desde la década de 1930 hasta sus últimos trabajos - con todas aquellas orientaciones de pensamiento que ven la naturaleza, o el ser, o Dios concebido como ser, como su objeto, destacando su vínculo con el mito. Reemplaza lo sagrado con lo santo. No es la actitud de asombro - entre la angustia y el abandono confiado - lo que impulsa a la filosofía, sino el problema de la justicia".

Y, dando un paso más, la autora reivindica el carácter "intrínsecamente laico" del judaísmo. Se simultanean religión y nación, Dios y mundo, plegaria y cultura, lo sacerdotal y lo profano. Como religión, cierto, aparece antes del judaísmo como "ser en el tiempo y en la historia". Pero (y ahí la laicidad) " .... sin la dimensión de lo humano pensado en su independencia, libertad – entendida ya sea como capacidad de observar reglas racionales, ya sea como libertad de elección – y distancia respecto de Dios, el judaísmo sería parcial, privado de un aspecto esencial suyo".



(2) "Identidad judía, entre Derecho religioso y laico".

Publicado en la web de JOIMAG el 18-6-2019. Traducido por Administrador, puede verse aquí el original:

https://www.joimag.it/identita-ebraica-tra-diritto-religioso-e-laico/

COSIMO NICOLINO COEN.

Como es sabido, el debate político israelí del último periodo versa sobre lo fracaso por parte de Netanyahu de conseguir un acuerdo capaz de formar una mayoría de gobierno. A través de la crónica política, emergen – al menos haciéndole caso al peligro evocado por Liberman de una medinat halakhà, de un Estado cada vez más condicionado por las fuentes del derecho judío (mishpat ivri) –, temas decisivos para el orden de Israel. Y no solo. La hendiadis de "religioso" (dati) y «laico» (hiloni) con la que se compara Israel es una tensión que atraviesa la identidad judía, de Israel como pueblo, tout court. Un problema tanto teórico como concreto, luego, como necesariamente se caracteriza el tema de la identidad.

Desde un cierto punto de vista es correcto decir que ningún judío puede ignorar la existencia de la Halakhà – en la medida en que esta no sólo define quién es judío, sino que constituye la estructura misma del judaísmo. También cuando nos definimos judíos prescindiendo de la Halakhà, o por medio de una modulación diferente de la de la Ortodoxia, se hace en todo caso tomando las indicaciones – aunque sea por medio de un no o una crítica – de la Halakhà. Por otra parte, vivir la propia condición judía, en sus múltiples expresiones concretas, singulares y colectivas – y no en último lugar a través del sionismo – puede tomar formas heterogéneas, variadamente distantes o en antítesis con aquello que la normativa halakica indica.

Identificación, distinción o intersección con la Halakhà.

A partir de estas observaciones, y aun siendo conscientes de que los matices del judaísmo son difícilmente sintetizables (es famosa la historieta por la que un judío en una isla desierta construiría dos sinagogas, una de las cuales a la que no ir nunca, para representar la existencia de una multiplicidad de identidades, aunque sólo sea en el fuero interno) es posible trazar un mapa de los diferentes modos de declinar la propia identidad judía, sea como individuos o como colectividad. Es decir, de los diferentes modos de concebir el peso y la función del judaísmo al modular la propia identidad de persona, comunidad o Estado. Es posible aislar – un poco artificiosamente, pero con el objetivo de captar constantes sobre las que reflexionar – tres modalidades para concebir la propia relación con la Halakhà y el derecho judío (mishpat iviri): de identificación completa, de neta distinción o de intersección.

En el primer caso, la propia identidad judía es concebida sobre la base de la Tradición. Cada uno de nudos conoce la generalidad de una definición de este tipo, en la medida en que cada uno tiene su propio "umbral" de observancia (y cada grupo, aun queriendo como hipótesis permanecer en el campo de la Ortodoxia, presenta matices diferentes). Pero hay una constante: la pacífica superposición del propio ser judío y lo que indica la Tradición, ya sea en términos normativos o de significados de orden metafísico. Puede ser también que haya quien resuelve la propia identidad como persona en la judía o, viceversa, quien distingue, sin escindir, el ser judío de otras pasiones, trabajos, intereses. Es suficiente con pensar en Maimónides. Los componentes de este grupo que tengan particularmente interiorizada la herencia del Iluminismo y de la Emancipación – herencia completamente diaspórica, podría decirse – distinguirán entre la propia identidad individual y de comunidad y la identidad del Estado de Israel. Viceversa, aquellos que entiendan la distinción entre las esfera, colectiva e individual, de la religión y la de la institución estatal un modelo utilizable en la diáspora (sobre la base del principio por lo que la ley de tu estado es tu ley) pero no en la tierra de Israel bajo la renacida soberanía judía, tenderán a mirar como modelo un "Estado de Halakhà”, fundado sobre lo derecho judío. Ahora, este ideal puede asumir formas diferentes. Desde aquellas puramente especulativas a aquellas políticas pero desde las respetuosas con las reglas democráticas hasta las subversivas – de aquellos que entienden que principios y reglas del derecho judío (entendidas por ellos de modo variado) son ya de hecho superiores a las normas del Estado laico, y de esto la posibilidad, por ejemplo, de asesinar la Rabin en nombre de la ilegitimidad de ceder trozos de tierra de Israel.

Ahora bien, Liberman, como es bien conocido para quien siga la política israelí, no es ciertamente un paladín de la cesión de territorios y, de todos modos, en cuanto se reconoce (honestamente o como pretexto) en la laicidad de las instituciones de Israel, lanza, desde las cátedras de la derecha, una alarma que no puede encontrar ecos tanto en la izquierda como en el centro. Sobre este fondo, y por contraste, emerge el segundo modelo a lo que antes se hizo referencia, el que entiende la propia identidad judía – en cuanto colectividad e institución, en Israel, o comunidad e individuo, en la diáspora – por medio de una distinción más neta de lo que es la Tradición. Así podía ser para los autonomistas del Bund (partido socialista judío), para las corrientes del socialismo sionista o para tantos judíos individuales. La paradoja de esta declinación del ser judío, individual y colectivo, parecería representado por la asimilación, por lo que se permanece, por pura casualidad de nacimiento, judíos pero se perdió el sentido de este ser.

Más allá de múltiples matices personales, existe aun un tercer modelo, caracterizado por la intersección. Tizipi Livni, antes de retirarse de la vida política, había avisado lamentándose del riesgo de un "Estado de Halakhà” que ponía en riesgo la conjunción «y» presente entre los adjetivos "judío" y "democrático", por la que se caracteriza Israel. Pero en sus discursos, Livni se remitía a lo que enseñaba el Tanaj y los Profetas (a los que hace referencia la misma Declaración de Independencia de Israel). Indicando que la declinación laica de la propia identidad judía, en Israel como Estado o en la diáspora como individuos y grupos, no debe prescindir necesariamente de alguna forma de referencia a la Tradición. Se trata, más bien, de tener la voz para reapropiarse de ella, creando espacios de convivencia entre diversos modos de entender el judaísmo. Una cuestión teórica antes que política. Quizá, con un vistazo a otros maestros, una cuestión de hegemonía cultural.



(3). “Judíos laicos: ¿puede hacerse uno?”.

Publicado en KESHET (http://www.keshet.it/rivista/) en el número de noviembre-diciembre de 2001. Traducido al gallego por Administrador.

DANIELA MANINI ( Arquitecta, docente, estudiosa de estudios bíblicos).

Hoy vosotros estáis en presencia de vuestro Dios: vuestros jefes, vuestros jueces, vuestros ancianos, vuestros vigilantes, todos los hombres de Israel, vuestros niños, vuestras mujeres y los extranjeros en medio de vosotros [ … ], para entrar en la Alianza de Yhvh tu Dios, y en el juramento que Yhvh tu Dios sanciona hoy contigo, para que te constituya como su pueblo, y él sea tu Dios” (Deut. 29, 9-12).

Si una lectura laica de la Biblia es legítima, luego la experiencia del Sinaí se presta a ser interpretada como la conclusión de un “pacto social fundante” de una colectividad heterogénea que se constituye en pueblo: en eso, como leemos, están también implicados los “extranjeros en medio de vosotros”, aquellos que no descienden de los antiguos grupos semíticos, citados como habiru en las inscripciones egipcias. Estos extranjeros, en la adhesión a valores comunes y en la asunción de un destino compartido (se desplazan todos juntos con el campamento) se convierten, de facto, también ellos en pueblo.

En el lenguaje bíblico, de hecho, como subraya Levinas; “en medio” no indica estar allí por casualidad, sino que comporta una íntima relación, coparticipación, compartir, empatía; incluso, de alguna manera, en virtud de su estar “en medio”, el extranjero viene asociado al pacto, con lo cual viene a menos su propia condición de extranjero. Es la participación en el pacto la que sanciona, independientemente de los orígenes, la pertenencia al pueblo. Si el extranjero se hace partícipe, heredero, portador de la cultura hebrea, hace de ella su propio contexto de referencia, cesa con eso incluso su propia extranjeridad, y ellos se convierten en parte (lo que vale para el judaísmo como para cualquier otra cultura).

Así, al menos, deberían (o podrían) ser las cosas: pero la realidad se presenta más bien como diferente. Si, de hecho, el mismo humanismo laico occidental, revelando su matriz hebraica, constituye para algunos el verdadero ánimo para el conocimiento y profundización de la tradición hebrea (necesaria premisa para posteriores implicaciones), eso se revela después inadecuado para la definición de cualquier estatuto de pertenencia. Por otro lado, para quien, en el panorama contemporáneo, después del ocaso de las ideologías, renonozca en el pensamiento hebreo (y particularmente en el laico) un portador fundamental de los valores auténticamente humanísticos, se hace consecuencia casi natural detenerse en la tradición hebrea como en la “raíz”. (Esta radicalidad debe ser implícitamente reconocida, a través de los mecanismos del no, también en quien se despliega en variadas formas de antisemitismo cultural, de los católicos “tradicionalistas” a los neonazis).

Lejos de ser una pura adhesión sentimental, el acogimiento pleno de tal herencia no puede no implicar la necesidad del estudio, para convertirse en capaces de hacerla vivir y de transmitirla. Se puede, entonces, llamar la atención sobre el hecho de que acercarse al humanismo hebreo pasa obligatoriamente por los textos sagrados del judaísmo, por el Tanaj y por el Talmud, por los midrashim y por la literatura rabínica, y que, quizá, ni siquiera la Cabbalà y el mundo hassidico pueden ser completamente ignorados. Porque es peculiaridad del judaísmo que valores laicos y universales sean recibidos a través de una tradición religiosa, y que quizá a causa de esto sean conservados a través de los siglos. La religión hizo, en cierto modo, de “estuche de custodia” de elementos preciosos, que gradualmente en los siglos habrían dispuesto de la posibilidad de expresarse de formas diversas, asegurando la perdurante vitalidad del judaísmo.

Religiosidad y laicidad se presentan de este modo como dos polos del movimiento dialéctico que distingue lo específico del pensar y del hacer hebreo, constantemente tensionado entre tradición e innovación, ortodoxia y transgresión, identidad y alteridad. En el judaísmo el humanismo, incluso su inalienable fundamento escritural, se presenta no como una superestructura, una adquisición tardía, sino como una connotación fundamental. Por otra parte, cada posible humanismo reencuentra en la Biblia su núcleo irreductible.

La creación de Adán, que sanciona la igual dignidad de cada hombre y la sacralidad de cada venida, la palabra “nominante” atribuida al hombre, que funda la responsabilidad sobre la naturaleza y sobre las cosas, la solidaridad diacrónica de las toledot (las generaciones), que abre a la visión del “sentido”, de la direccionalidad de la historia, la afirmación de la majestad de Dios, que afirma el carácter de relatividad y condicionalidad de la autoridad humana, y, sobre ella, la prioridad de la instancia ética, no son más que rápidos ejemplos de como la visión humanística en toda su amplitud encuentra en la Torah expresión y motivación profunda. Cualquiera que hoy se siente ligado a tales valores podría quizá llegar, parafraseando a Benedetto Croce, a sostener que “no podemos no decirnos hebreos” (es una tesis sostenida también por Neher, que también distingue, quizá con justicia, entre hebreo y judío, entre hebreu y juif. Incluso este humanismo laico que parece inextricable de la propia matriz hebrea es el factor de coágulo que preside el nacimiento de los grupos de interés y de estudio que surgieron y van surgiendo, definiéndose de facto, y sustancialmente, como hebraicos. En ellos confluyen personas de diverso origen y formación; hebreos, “medio hebreos”, no hebreos por origen familiar, con actitudes muy diferentes con respeto a las temáticas religiosas, pero todos proyectados en la busca de la raíz de un modo de pensar y de una filosofía de vida en los que advierten (aunque sea en la diversidad de formas) un profundo sentido de pertenencia. Como cada uno de los “no hebreos” - ni por nacimiento ni por conversión religiosa - tenga tal grado de implicación, se atiende a la vivencia personal de cada uno, hay ánimos, motivaciones, orígenes psicológicos diversos.

No debe excluirse, en todo caso, que incluso la crisis del humanismo occidental sancionada por la Shoah, haya representado y represente para algunos un factor determinante, y, de todos modos, uno de los elementos en juego para todos. La cesura de Auschwitz se propone como una invitación obligada a una elección de campo: es necesario "escogerse" porque el mundo salía de los Lager irremediablemente dividido. Y alguno eligió esta singular forma de "marranismo": una existencia en bíblico entre una identidad esencialmente rechazada, y otra de hecho cerrada en su plenitud. Estas personas ponen así, en su mismo existir, el problema de "¿qué es hebreo?", y la búsqueda de la identidad es para ellos absolutamente peculiar, incluso en cuanto no es fácilmente resuelta ni en términos biológicos ni en términos religiosos. Para quien, de hecho, se acerca como laico a la judaidad (y a quien, por tanto, como laico, una conversión religiosa se le aparece como sustancialmente carente de sentido) se le abre el problema de definir el estatuto de su propia pertenencia. Si, en substancia, a un hebreo por nacimiento le es consentido ser totalmente no religioso, sin por eso sentirse menos hebreo, a un goy se le ofrece sólo (y no fácilmente) la posibilidad de una elección religiosa para ser reconocido como judío. La cuestión del reconocimiento no es completamente secundaria, porque va ligada a las posibilidades de expresión externa (en gestos públicos, en contextos culturales, políticos, y así todo) de una pertenencia. Sin la posibilidad de esta salida "operativa", la identidad sigue siendo incompleta y ambigua, privada como está de las posibilidades de traducir plenamente en acto la propia vivencia psicológica y emotiva. Por esto, por lo tanto, una forma de marranismo. Permanece entonces abierto el problema: si el judaísmo no es esencialmente una religión, sino una cultura (de la cual la expresión religiosa es una significativa manifestación), ¿cómo puede configurarse un espacio para la estructuración de una pertenencia que no sea sobre bases religiosas? ¿Y cuál podría ser el estatuto de aquellos que, laicos, no hebreos según la Ley, hicieron de todos modos del judaísmo el propio contexto de referencia y el nudo de la propia (lábil e incierta) identidad.



(4). “Una identidad liberada”.

Publicado en la web de KESHET (http://www.keshet.it/rivista) , nº noviembre-diciembre de 2002. Traducido por Administrador.

FRANCO ISRAEL PIAZZESE (Presidente de la Asociación italiana “Ebrei Laici Umanistici”, constituida formalmente el 12 de octubre de 2.002, con sede en Torino. La Asociación está afiliada a la International Federation of Secular Humanistic Jews, de la cual reconoce como propias las Resoluciones).


Aquello que más caracteriza al pueblo judío es la extrema longitud de su historia. En el curso de esta trayectoria los judíos fueron siempre sabedores de su específica identidad, cualquiera que fuere el valor - positivo o negativo - que le atribuyese el portador.

Una larga historia implica una larga evolución. Y si no se tiene presente esta evolución, surgen numerosas paradojas y dificultades. Sucede habitualmente en ciertos ambientes, que Yhwh sea puesto en contraposición con el Dios de los cristianos, que a la inflexible severidad del primero venga contrapuesta la dulzura y amor del segundo y que, entonces, esta severidad deba ser criticada. Sobre esta base puede suceder que se llegue por concluir que el cristianismo es preferible al judaísmo. En realidad, prescindiendo de los varios documentos emitidos nos últimos decenios por las jerarquías de las Iglesias cristianas, son muchos los que continúan ignorando: 1) que Jesús, el hijo del Dios de los cristianos, era hebreo; 2) que su predicación era similar la de Hillel, del siglo precedente; 3) que habían transcurrido varios siglos desde la liberación del pueblo hebreo de Egipto.

En términos parecidos, el precepto bíblico “ojo por ojo, diente por diente” (con aquello que sigue), que representaba con certeza una gran señal de civilidad para sus tiempos, es considerado hoy habitualmente un indicio de barbarie.

Con otra paradoja, quizá aun más astuta, nos debimos enfrentar cuando afrontamos el tema de la “identidad judía”. ¿Quién es judío? Para los judíos ortodoxos, que en Israel recibieron de Ben Gurion el encargo de deliberar sobre esta fundamental cuestión, no existen dudas: en conformidad con la halakhah es judío el hijo o hija de madre judía, o quien se convierta a la religión hebraica. De una definición como esta se sigue que nadie puede convertirse en hebreo si no es un creyente o un hipócrita. Parecería que, no queriendo acoger en el propio seno a los laicos, el pueblo hebreo fuera muy religioso, un “pueblo santo”.

Sobre la base de mi experiencia pienso que puedo decir que infelizmente, o afortunadamente, el pueblo judío no es santo, ni creo que verdaderamente exista un pueblo santo. Simplemente, pienso que el pueblo judío sea uno entre tantos pueblos del mundo, y que aquello que lo convierte en diferente de los otros es su experiencia histórica: una experiencia en base a la cual no faltarían motivos válidos para que los hebreos abrazaran el agnosticismo y el ateísmo. Sería suficiente con pensar en la Shoah, en el curso de la cual millones de víctimas inocentes no recibieron ninguna ayuda divina, aunque religiosos impenitentes son capaces de encontrar explicaciones increíbles, válidas sólo para ellos.

Izio Rosenman escribe: “Para que el renovado interés por las cuestiones religiosas no se reduzca a un retorno regresivo a lo religioso, que cerraría el acceso a lo que es religioso entre la sistemática red de la coacción a repetir, situándolo en la señal del instinto de muerte, procede practicar una especie de retorno subversivo a los textos y a los mitos fundantes, lo que implica un verdadero conocimiento. Sólo una aproximación desacralizada a la cultura y a las tradiciones religiosas puede permitir que nos interroguen y nos hablen aún, a nosotros que somos laicos”.

De aceptarse el punto de vista laico, la política de los ortodoxos de situar fuera del pueblo hebreo los descendientes de padre hebreo aparece como insensata, equivalente al suicidio. Si la actual tendencia continúa en el futuro próximo, es fácil prever el fin en el corto plazo de muchas comunidades hebreas de la diáspora, incluyendo a casi todas las italianas. Esta preocupación había sido también expresada por David Susskind, fundador en Bruselas de la más grande comunidad hebraica humanista de Europa, en una Conferencia que tuvo lugar en Milano hay un par de años, en la cual había presentado el movimiento por él comenzado inmediatamente después de la segunda guerra mundial y que posteriormente confluiría en el judaísmo humanista. Fundado en 1.963 por Sherwin T. Wine en Michigan. Pude escuchar en persona el sincero llamamiento de Susskind para la supervivencia del judaísmo en la diáspora. La pretensión de cuidar por él propuesto es la difusión del judaísmo laico.

Vale la pena observar que también el movimiento reform ve en el antiguamente detestado proselitismo la única posibilidad de supervivencia del judaísmo en la diáspora. Conozco personalmente algunos que, no habiendo nacido hebreos, están afrontando o afrontaron un curso de estudios para poder convertirse en hebreos reformistas. Debo admitir que no me resulta claro cómo se pueda preferir exclusivamente sobre bases religiosas a Yhwh que a cualquier otro dios: una conversión así me parece sobre todo cambio de fachada, que quizá remite a un desafío personal.

Los fundamentos del judaísmo humanista, que puede ser visto como un desarrollo de la haskalah en clave moderna, son la integridad moral y la dignidad humana: principios que implican, particularmente, la paridad de sexos. Tal orientación, de la cual Baruch Spinoza fue el eminente precursor, caracterizó el pensamiento y la acción de muchas grandes figuras en el mundo hebreo. Sólo por citar algunas: Albert Einstein, Sigmund Freud, Theodor Herzl y, más recientemente, Amos Oz, Abraham B. Yehoshua, y más adelante Shulamit Aloni y Yair Tzaban.

La adhesión al judaísmo humanista (o libre) no postula conversión alguna. Si un no hebreo quiere convertirse en parte del pueblo hebreo, debe ser “adoptado”. Recordemos el texto de la Resolución de Bruselas de la International Federation of the Secular Humanistic Jews, proclamada el primero de octubre de 1988 bajo a presidencia de Yehuda Bauer:

RESOLUCIÓN.

En respuesta a la destructiva definición de judío confirmada recientemente por algunas autoridades ortodoxas, y en nombre de la experiencia histórica del pueblo judío, nosotros afirmamos que judío es una persona de nacimiento judaico o cualquier que se identifique con la historia, los valores éticos, la cultura, la civilidad, la comunidad y el destino del pueblo judío”.

Qué significa ser hebreo es esclarecido en la siguiente resolución del Quinto Congreso de la International Federation of Secular Humanistic Jews, desarrollado en Moscú en 1.994.

INTRODUCCIÓN.

. . . El movimiento de los hebreos laicos humanistas creció a nivel mundial al punto de abarcar un número elevado de individuos y comunidades que desean contribuir a edificar una forma moderna de hebraicidad y definir con mayor precisión el significado de su identificación con el pueblo hebreo.

No existe un único modo de ser hebreos. La identidad hebrea es un fenómeno histórico en evolución. En el curso de la historia y en lugares diferentes, los hebreos han desarrollado modos diversos de afirmar y expresar su identidad. Para el movimiento de los hebreos laicos humanistas, este pluralismo constituye una característica esencial de la vida hebrea, tanto en lo que toca al pueblo hebreo considerado en su globalidad, como a nivel de los particulares hebreos laicos. Parte integrante de la identidad hebrea es un profundo apego al Estado de Israel, a su cultura, a su gente.

Los hebreos laicos humanistas se comprometen a hacer que sus palabras y sus acciones sean el espejo de sus convicciones.

DECLARACIÓN.

Conforme con la introducción, la Federación Internacional de los hebreos laicos humanistas afirma lo que sigue.

Los hebreos laicos humanistas no hacen distinción de género alguno entre los hebreos que, independientemente de su genealogía, hayan elegido identificarse con el pueblo hebreo.

Los hebreos laicos humanistas portan inspiración, gratificación e iluminación de la experiencia y creatividad hebrea del pasado y del presente, como también de la experiencia y creatividad de otras culturas.

Los hebreos laicos humanistas fomentan y apoyan actividades que promueven el desarrollo continuo de la identidad hebraica.

Con el dar vida y asociarse en comunidad, organizaciones y escuelas laicas, los hebreos laicos humanistas aprovechan cada ocasión para darle vigor a su identidad de grupo, para enriquecer su experiencia hebraica, para profundizar en el significado de la hebraicidad y para cultivar la identidad hebraica en los niños y en los jóvenes.

Los hebreos laicos humanistas exploran de forma activa las formas más idóneas, sea para hacer de la hebraicidad una parte significativa de su experiencia cotidiana, sea para estrechar vínculos de solidaridad con hebreos en todas partes. Este programa puede abarcar los siguientes puntos:

a) El estudio del legado histórico, literario y cultural de los hebreos, con el objetivo de comprender plenamente la específica experiencia hebraica, particularmente en sus dimensiones humanistas y laicas.

b) La celebración de las festividades hebraicas y de los pasajes fundamentales de la vida como expresiones culturales de los ciclos de la naturaleza y de la existencia humana y de los eventos de la historia hebraica. Frente a la observancia tradicional, los hebreos laicos humanistas se consideran libres de adoptar aquellas formas que, a su juicio, sean significativas, y de modificar otras o de crear nuevas formas que se demuestren capaces de satisfacer las exigencias de las generaciones presentes y futuras.

c) El estudio y la práctica de una o más lenguas en uso entre los hebreos y, en particular, del hebreo - la lengua histórica de los hebreos, convertida ahora también en lengua oficial del Estado de Israel – así como del iddish, del ladino y de otros idiomas. Cada una de tales lenguas ofreció una singular contribución a la cultura de los hebreos y de la humanidad entera, y a cada una se le debe una íntima capacidad de expresar un mundo de recuerdos, de creatividad y de valores específicos del pueblo hebreo.

d) La adopción de códigos éticos fundados sobre valores laicos, como la autonomía personal, la dignidad y la justicia, la oposición a la tiranía, a la explotación y a la opresión: valores, estos, que derivan de la experiencia y de los testimonios literarios del mismo pueblo hebraico.

e) La participación en las concretas iniciativas de la más amplia comunidad hebraica y la defensa de los derechos humanos de todos, en todas partes”.


¿La definición de hebreo que más arriba aporté es demasiado amplia? No lo creo. La resolución de Bruselas hace un llamamiento sea a la integridad moral sea a la implicación personal. ¿Porque nunca los laicos - ¡ciertamente no demasiado numerosos!- a los que le gustasen los hebreos deberían proponerse devenir hebreos? Puede suceder que estrechen lazos de amistad con hebreos, que compartan algunas o muchas opiniones, que amen muchos libros y autores hebreos o israelíes, que aprecien expresiones del humorismo hebraico, que celebren ciertas fiestas con sus amigos hebreos, y así sucesivamente. Pero si no hay nada de hebraico en la historia de su familia, ¿por que deberían identificarse con el pueblo hebraico? Personalmente conozco poquísimas personas que, no proviniendo de familia hebraica, tengan la intención de convertirse en hebreos en base a la resolución de Bruselas. Para aquellos que conozco, y que tienen ascendencia hebraica, convertirse en hebreo significa recuperar una identidad que había sido perdida. Para tales personas, el hebraísmo laico humanista puede verdaderamente representar una alternativa de gran relevancia.

El hebraísmo laico humanista está presente en muchos países del mundo, entre ellos Israel. Las comunidades más numerosas se encuentran mayoritariamente en los Estados Unidos y en Canadá. Pero existen también comunidades en América del Sur y en Australia. En relación a Europa, además de la comunidad de Bruselas - antes citada y la más grande del viejo continente -, existen muchas asociaciones en Francia, pero también en Inglaterra, Alemania, Rusia y Suecia. Recientemente, en el 34° Congreso sionista, el hebraísmo laico humanista obtuvo un significativo reconocimiento para la formación de la identidad hebraica sionista, tanto en la diáspora como en Israel.

En Italia la mayor parte de las actividades de los hrebreos laicos humanistas se han desarrollado en Milano en el ámbito del grupo Keshet, coordinado por Giuseppe Franchetti. Propósito de este meritorio grupo es dar acogida a los hebreos de cualquier manera definidos, en tanto tolerantes, que no encuentran momentos de agregación o espacios de expresión satisfactorios dentro de las comunidades judías italianas tradicionales, o que no son aceptados. De este modo, Keshet promueve el pluralismo en el seno de la vida y de la cultura de los hebreos, y encuentra nuevas energías para el mundo hebraico italiano. En un espíritu libre y abierto, las actividades de Keshet abarcan: celebración de fiestas hebraicas, una ‘yeshivah’ que estudia de modo científico/laico la Torah y otros textos de interés hebraico; la revista Keshet de “vida y cultura hebraica”, dirigida por Bruno Segre. En junio del 2.001 le dedicó al hebraísmo humanista una Oneg Shabbat: hubo una presentación, un debate y una cena.

Internet ha resultado un instrumento económico y de extraordinaria potencialidad para hacer circular nuevas ideas. El sitio web “Ebraismo laico umanistico” publicitado hace un par de años como “sitio italiano de la International Federation of Secular Humanistic Jews”, contiene pasajes significativos de la literatura hebraica laica humanista y es rico en link que lo conectan a las organizaciones del hebraísmo laico humanista en el mundo, además de otros sitios de interés hebraico. Su punto fuerte está en ser escrito en italiano, dado que la mayor parte de los excelentes sitios existentes está en inglés. Su contribución a la información fue determinante en la recientísima fundación de la Associazione Italiana “Ebrei Laici Umanistici”, que cuenta actualmente con aproximadamente una treintena de familias residentes en Genoa, Lucca, Milano, Roma y Torino. Esperamos que la nueva asociación tenga el éxito que los fundadores esperan en el desarrollo del hebraísmo laico humanista en Italia.

A modo de conclusión, deseo recordar lo que escribió Albert Memmi: “Si rechazáis la cultura rabínica, qué queda? ¡¡ Queda la cultura hebrea!!”.



(5). “Nuestras raíces, judíos laicos”.

Publicado en la web de JOIMAG el 7-10-2019. Traducido por Administrador, puede verse el original aquí:

https://www.joimag.it/le-radici-di-noi-ebrei-laici/?fbclid=IwAR3hIhk5zxLBWeHdQLbnlLc0VyCITXJzBgrAnR6kt1NNfQpewQC_UtYEoYs

BIANCA AMBROSIO DIALOGA CON ROSITA LUZZATI CON OCASIÓN DE LOS TREINTA AÑOS DE "SHORASHIM".

Cuando éramos pequeños, el sábado íbamos a "Shorashim". Se llegaba a las diez de la mañana, los primeros años en la histórica sede de via San Gimignano y más adelante en Umanitaria; nos repartían por grupos de edad y con los propios madrichim se entraba en clase en la que se aprendían acontecimientos bíblicos y alguna palabra de hebreo, se merendaba con los popcorn y la coca cola, se cantaban canciones con el madrich Alex (Soria), que tocaba la guitarra – cantábamos las canciones de las fiestas judías pero también el gato y el zorro de Bennato o Gam Gam – y finalmente se bajaba al patio a jugar al balón o al go-go-go. Nos acompañaban y nos venían a buscar, en turno, mis padres, los padres de Benveniste, de los Alazraki o de mis primos Beilin, todos ellos nombres que Rosita Luzzati recuerda bien.

Le hago una visita un domingo a la tarde de septiembre, poco antes de Rosh Hashaná, para escuchar su historia y la de Shorashim, de la que este año se celebra el trigésimo aniversario. Al llegar al edificio, subo las escaleras de lo que me parece la escalera G ("como Guido, mi marido", me había explicado con anterioridad Rosita en sus instrucciones telefónicas) y en el pasillo toco la campana de la puerta con la mezuzá*, pero nadie viene abrir. Después de algún minuto en el que comienzo a dudar de encontrarme en el sitio justo y toco otra vez para nada, Rosita aparece tras las puertas del ascensor: "¡Fallaste!", dice sin recriminación, "¡Esta no es la escalera G!". Entonces voy detrás de ella y le explico que me dejé engañar por la mezuzá de la puerta.

Entramos en la casa y me siento sobre el diván bajo los grabados de Egon Schiele, frente a la patrona de la casa. Charlamos, ella me habla de sus nietos, yo le cuento de Israel, intercambiamos alguna opinión sobre lo actual estado de las cosas y después de un breve intermedio en el que aparece su nieta Lea con una lata de arenques enlatados de Ikea (¡justo cómo en nuestra casa, es como se nunca hubiéramos dejado Rusia!) inevitablemente llegamos a hablar de raíces.

Rosita nace en 1.925 en Buenos Aires de padres rusos huidos de Ovrusch, después del asesinato de su abuelo materno durante un pogrom. Huyeron de noche en un carro que los llevó a Polonia. Desde allí, gracias también a la ayuda financiera de los tíos americanos (aunque los Estados Unidos rechazaron concederles el visado), llegaron a Argentina, donde con la ayuda de otro tío lograron obtener el visado. No sabían una palabra de español y no tenían un trabajo, pero se ganaron la vida vendiendo colchas y carpetas, “como los que hoy llegan a Italia y venden ropa en la playa», me dice, y "como el personaje de la familia Karnowski de Singer” (aquí recibo una recriminación por no haber todavía leído la obra maestra del escritor polaco). Poco a poco se establecieron en el nuevo país, encontraron un trabajo más estable, compraron casa y aprendieron el español, pero manteniendo siempre la cadencia y el acento iddish, lengua que continuaron hablando entre ellos. “Hasta loigo”, decían, en vez de “hasta luego” y era fácil sus orígenes, por los cuales podía suceder que fueran nuevamente discriminados. "Rusos de mierda", le llamaban los locales, y con "de mierda" pretendían subrayar que eran judíos, porque los rusos eran llamados simplemente "Rusos de Rusia". En Rosh Hashaná acudían a la sinagoga, mientras Pesaj se festejaba en su casa con una Haggadah completamente en hebreo, que está aun hoy en la casa Luzzati. Eran una familia tradicionalista.

Rosita fue a la escuela pública, donde obtuvo la medalla de honor como mejor alumna del instituto. En 1.950, acabado el curso de estudios en ingeniería civil, ella y su nuevo marido Guido, también él judío y también ingeniero, llegaron a Milano. Tenían 25 años, una licenciatura en el bolsillo y un futuro por delante a construir. Vivían entonces en una vivienda de tres metros por tres, con el uso de cocina y sin agua caliente. Como los padres, Rosita llegó a un país nuevo, pero poco a poco ella y Guido se establecieron en Italia, se integraron y por su parte tuvieron sus hijos, Sandro y Silvia. Guido y Rosita eran completamente laicos, se casaron sin chupá y tenían pocas relaciones con la comunidad. Pero no perdieron nunca de vista sus propias raíces.

Mandaron a los hijos a la escuela judía en la primaria, pero a continuación los llevaron a las escuelas públicas, "de modo que vieran el mundo". Si con Sandro y Silvia no fue difícil llevar a buen término el ADN judío de la familia, con los nietos, hijos todos de matrimonios mixtos, las cosas se hicieron más complicadas. Las instituciones judías se habían hecho cada vez más rígidas y los niños de madre no judía no podían ir a la escuela judía. En general, las dinámicas de la comunidad estaban bastante alejadas del enfoque universalista y laico de la familia Luzzati. Fue por esto por lo que, después de diversas investigaciones sobre el campo en París, Bruselas y también en Argentina y después de verdaderas batallas, en 1.989 Rosita fundó Shorashim, asociación de educación judía tradicionalista para niños, de la que mi familia estuvo entre los primeros socios. Las críticas enseguida llegaron, a muchos miembros de la comunidad la iniciativa les resultaba incómoda, en particular porque las actividades se desarrollaban en sábado. "No soportábamos que los niños colorearan en sábado», me cuenta Rosita.

Pero la ingeniera Luzzati, fuerte y convencida de sus propios principios, no se dejó intimidar y con Shorashim fue realmente capaz de hacer que no sólo sus nietos, sino también cientos de niños judíos milaneses, hayan mantenido vivo un lazo con sus propias raíces judías, creando un punto de referencia para todas las familias que nunca se sintieron reconocidas en el enfoque ortodoxo y exclusivista de la comunidad. Todos los que de niños fuimos a Shorashim recordamos severas recriminaciones de la abuela Rosita: "¡ niños, silencio !", pero sabemos que es gracias a ella por lo que conocemos la historia de Caín y Abel, del Golem de Praga y sabemos por lo menos reconocer las letras hebreas.

Antes de despedirnos, Rosita me pregunta, seria y curiosa, el menú de nuestra cena de Rosh Hashaná y me cuenta como cada año, en la casa de ellos será ella quien cocine para toda la familia: blintzes, gefilte fish y chrein blanco y rojo. Recetas todas que preparaba igual mi abuela Ruth. Después de esta última confirmación de que las tradiciones entran también con fuerza por medio de las costumbres culinarias, saludo a Guido y Rosita, orgullosa de nuestras raíces laicas.



Imagen: Pixabay.

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