Escritos sobre antisemitismo
(1). Sobre el futuro que es presente ¿Qué antisemitismo cabe considerar más peligroso en la actualidad? ¿Por qué?
Decía Albert Einstein (que de átomos sabía algo) que “es más fácil desmontar un átomo que un prejuicio”. El excelente documental “El Estigma” incide en la eficacia de la transmisión inconsciente de los prejuicios, así como el desconocimiento de la gente entrevistada en la calle sobre "lo judío" y la predominancia del tópico, sustituyéndose la falta de experiencia directa con el arquetipo -"pueblo deicida", sería la expresión más atroz en el acerbo popular-. Bien dice de Joan B. Cullá que España careció de judíos en su modernidad (invisibilidad), , con el el lastre que eso supuso en cuanto a percepción de ese pueblo y a evolución interna; las minorías son "la sal de la tierra" (dice Trías).
Las políticas antisemitas, las prácticas judeófobas, no son algo exclusivo del régimen nazi, aunque encontró en este una realidad cualitativamente distinta: la voluntad genocida. A modo de ejemplo, la purga stalinista de 1937 en la URSS, o la de los médicos checoslovacos en 1953; el hecho de que aunque no se tratase de acciones de explícito antisemitismo, sí tenían un claro componente del mismo, al ser judías la práctica totalidad de personas afectadas.
Al lado de estas prácticas, no son precisamente alentadoras otras, que podríamos llamar -siendo suaves- de insensibilidad; en tal “saco” podría meterse la Resolución del Tribunal Constitucional del Reino de España no considerando delito el negacionismo, en aras de la defensa de la “libertad de expresión”. Al menos cabría esperar del Alto Tribunal que acotara en este ámbito los términos de la libertad de expresión, libertad de la que hacen uso y abuso -publicaciones escritas, conciertos, etc- l@s neonazis. Inevitablemente vienen a la cabeza las palabras de Martin Luther King: “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”. La indiferencia de las instituciones y de quienes desde la instancia política debieran ser conscientes del problema del antisemitismo es, entonces, una primera línea roja que se salta demasiado a menudo.
Dejando de lado la geopolítica, los intereses geoestratégicos (“los amigos de mis amigos son mis amigos”), el relato histórico de la derecha sociológica española no es favorable a los judí@s. La fundación de “España” como unión entre dos reinos coincide cronológicamente con el “Edicto de Granada”. Dispersados por el mundo los sefardíes – convertidos algunos -, España entra el la modernidad sin judíos; un catolicismo integrista y contrareformista, favorecedor de la uniformidad no puede más que diseminar antisemitismo: lo “cosmopolita”, lo “extranjero” no puede ser más que nocivo, “desintegrador”. Incorporado -más o menos- a “Occidente” por los acuerdos con los Estados Unidos, el régimen de Franco -aquel hombre que hablaba de la conspiración judeo-masónica-marxista- nunca reconoció el Estado de Israel. No debe olvidarse. Ya, como se nos muestra en “El estigma”, Falange Española expresaba a través de la judeofobia la “oposición a la modernidad”. En nuestros días, y aquí, la banalización del Holocausto está a la orden del día; partiendo de que el nazismo es algo horrible, se usa el término como una especie de tótem que sirve para descalificar a cualquiera con cualquier pretexto. Lo que pretende significarlo todo, acaba por no significar nada. Se pierde el concepto, se diluye el significado (“el mundo debe estar lleno de nazis y cualquiera puede serlo”). La derecha política, en esta práctica, se lleva la palma absolutamente.
Desnortada ideológicamente, carente de proyecto alternativo -particularmente desde la caida de la URSS-, la izquierda (sobre todo cierta izquierda) ha hecho de la “causa palestina” un auténtico icono, uno de los pocos asideros al que agarrase en la arena de la política internacional. “Los amigos de mis enemigos son mis enemigos”, podría decirse. Lo grave no es la crítica a la política de Israel, lo grave es la deslegitimación total, el poner en tela de juicio la misma existencia de este Estado. “Desnortada”, decíamos, pues reinterpreta la historia falseándola, ignorando la génesis del Israel moderno, en absoluto concebible como “ente artificial creado por el imperialismo”, las cambiantes alianzas en Oriente Medio -Suez/1956, Guerra de los 6 días/1967- sumadas al salto cualitativo de la llamada “Primera Intifada” (1987) marcan el devenir de la visión de buena parte de la izquierda. Sumado a ciertas declaraciones de líderes considerados de izquierda que dotan de respetabilidad a regímenes como el iraní (negacionista), se convierte en algo peligroso -algunas manifestaciones de Chávez sobrepasan desgraciadamente el simple antiisraelismo, o deben poner en guardia sobre fáciles derivaciones de este-.
La existencia de fuertes contingentes de población procedente de los Balcanes, el Caúcaso o el Norte de África (mencionada por Michael Whine en su colaboración el el Cuaderno nº 30 de “Movimiento contra la intolerancia”-”El antisemitismo actual”, titulado “El antisemitismo en Europa”), es otro factor de riesgo, en la medida que se trata de colectivos humanos desarrollados en un ambiente social y político en el que “el judío” es presentado como “el enemigo”.
Algo de anti-modernismo hay en el actual anti-semitismo islamista, como claramente expresa Wahied Wahdat-Hagh en su colaboración el el mismo cuaderno nº 30 de “Movimiento contra la intolerancia”, titulada “Irán: a medio camino entre el antisemitismo y el armamento nuclear” concretamente al decir que "El antisemitismo islamista es la consecuencia de la enemistad y hostilidad contra la modernidad. Los israelíes y los judíos son vistos como los principales representantes de la modernidad por el mundo árabe y por el régimen instaurado por Jomeini. Occidente es percibido como el enemigo, porque es portador de cambio social y cultural".
Este anti-occidentalismo en confluencia con una izquierda sin referentes -a veces con un discurso antioccidental e incluso antiilustrado, tendente a hacer de EEUU el culpable de todo (como si el mundo fuera el de hace 40 años), poco dada a la complejidad y propensa a la demagogia, puede constituir un cóctel de difícil digestión. En el caso de la izquierda, sobre la base -mucho más asentada que veraz- de que los judí@s son los amos de las finzanzas, representa un inconveniente más lo que comenta en el precitado Cuaderno Robin Steller (en la colaboración titulada “Antisemitismo y izquierda política”): "En la percepción de mucha gente -sobre todo de la izquierda- la producción aparece como lo bueno y las finanzas como lo malo, a pesar de que son complementarios".
Debiera reconocerse que la creación del instrumento “Estado-Nación” ha comportado una exclusión, la creación de un “nosotros” conducente a la uniformidad. La literatura nacionalista de Estado que se ha enseñado durante décadas en las escuelas se ha apoyado en verdaderos mitos originarios genealógicos. Sartre, en su célebre retrato de un antisemita, nos decía que “el judío” no existe, la figura de “el judío” es una creación. Profunda conocedora de los nacionalismos e imperialismos de nuestros días, Hanna Arendt nos diría que “el judí@” era de todas las naciones y de ninguna, luego es un obstáculo para los nacionalismos de Estado -vocacionalmente imperialistas, más “agresivos” que “defensivos”-.
Derecha reaccionaria/extrema derecha, izquierda antiisraelí (“antiimperialista”), integrismo islámico. ¿Qué es más peligroso a los efectos de la pregunta que se formula? Es difícil reponder. Quizá fuese más fácil responder a cual es más detestable. Una eventual paz entre Israel y sus vecinos quizá aclarara el panorama, pero precisamente este antisemitismo es un obstáculo (un obstáculo, no “el” obstáculo) para tan deseable realidad. Lo más peligroso del antisemitismo es la transversalidad del mismo, la capacidad (la posibilidad) de refugiarse bajo otras banderas.
Vicenç Villatoro explica muy bien el “El Estigma” la existencia de “espacios de intersección”: "No todo el viejo antisemitismo muda en antisionismo contemporáneo y no todo antisionismo contemporáneo nace del antiguo antisemitismo. Son dos realidades diferentes, pero que presentan un espacio de intersección ... ¿Cuál es el espacio de intersección? La proyección sobre Israel de los mitos, de los arquetipos y de los prejuicios que había sobre el mundo judío".
El populismo xenófobo, el discurso demagógico de la “antipolítica”, el credo anti-ilustrado, entre nosotros el antieuropeismo, son los recipientes adecuados, los moldes idóneos en los que verter el “preparado” judeófobo. Decía Hanna Arendt que el imperialismo siempre se funda en una alizanza “entre el capital y la chusma”. Valdría perfectamente para el antisemitismo. La evolución de la Alemania de los años 20 y 30 del siglo pasado es buena muestra. No es casual que los brotes de antisemitismo sean mayores en paises de tradición política autoritaria. “No somos ni de derechas ni de izquierdas, estamos contra los políticos, contra los banqueros, somos el pueblo, la nación, de hoy y de siempre”, podrían decirnos. ¿Qué mejor víctima que el judí@ para cargar con las culpas de todo?. El “judí@” construido ideológicacamente, maniobrero y conspirador, poderoso, astuto. Unos encienden la llama, otros -insensatos- callan o alimentan el caldo de cultivo.
En realidad, como clásico que es, el antisemitismo no necesita nuevas tácticas. Las probadas en el pasado ya dieron su “resultado”. Pueden cambiar las formas, pero en realidad en el discurso antisemita que podemos leer por ejemplo en la red no leemos más que una actualización de los célebres “Protocolos de los sabios del Sión”. El populismo xenófobo es el más peligroso porque juega en el campo del simplismo; cuanto más “simple” sea, más posibilidades tiene de prosperar. Siempre habrá -y más en épocas de crisis y convulsión- quien compre esa mercancía, quien pretenda que el mundo es sencillo. Nada es más fácil que inventarse una conspiración para alejarse de la complejidad, de la responsabilidad, de la iniciativa. Ha sido siempre así.
(2)
El peligro de la negación del holocausto y cómo combatirlo.
Con
el epicentro hoy -al menos en las altisonantes declaraciones en los
mass
media-
en Teherán y otras capitales del mundo islámico, usado como arma en
el conflicto entre Israel y el mundo árabe, el negacionismo se
presenta actualmente como una lacra que pretende torcer el sentido de
la realidad, predicando un relativismo
que desvaloriza la memoria y sienta las bases para justificarlo
todo.
Negar la especificidad de la Shoah,
concretamente de la “solución final”, supone alterar el mapa
cognitivo
de nuestra contemporaneidad, una victoria para los anti-ilustrad@s.
Negar esta especificidad, hacer de una geopolítica estrecha la guía de interpretación de la historia -ajena a toda ética y toda empatía, ante las supuesta exigencias de una pretendida realpolitik- no puede más que contribuir a que surjan amagos de antisemistismo mucho más allá de los estrechos marcos del mundo islámico, de alcance limitado. “Si los judíos no han sido víctimas de lo que dicen ser, luego la Shoah ha sido una leyenda y un negocio del sionismo. No es solo que hayan explotado victimistamente unos hechos; es que estos no han tenido lugar y se ha aprovechado la leyenda para buscar la impunidad”. Este es el mensaje negacionista.
El negacionismo (y ahí está su peligro) no discute la existencia de los campos de concentración y de las deportaciones; lo que hacen es minimizar y relativizar su alcance, eso sí, negando la existencia de un proyecto de exterminio -ese es el quid de la cuestión-. Lo peligroso es el barniz de cientificidad, situar el debate en un campo en principio menos dado a las cuantificaciones y que entra más en las voluntades (¿Cómo probar una voluntad o un proyecto, más allá de que los números sean unos u otros?). Si no había "proyecto", ergo la Shoah es un cuento; el surgimiento de fenómenos filonazis -y, en general xenófobos- en nuestros días dejaría de ser algo "preocupante". Pues careceríamos del gran referente al que remitirse como señal de aviso. El antisemitismo queda ni más ni menos que con la vía expedita para formularse de un modo más expreso.
Una de las consecuencias de aceptar las hipótesis negacionistas es, ya de entrada, la desligitimación de la misma existencia del Estado de Israel, ignorando la dinámica propia del yishuv y de los avatares de Oriente Medio (desintegración de imperios, alianzas regionales cambiantes, etc) y la historia del sionismo, cuyo surgimiento es muy anterior a la llegada del nacionalsocialismo al poder en Alemania. Movid@s por un indisimulable antisemitismo, hacen palanca y se retroalimentan con los enemigos de Israel. La convicción que pretenden extender es de matriz muy antigua y muy anterior a la existencia de este Estado; la idea-fuerza es que los judí@s, de un modo secreto y sibilino, siempre han intentado mover los hilos de la historia en favor de intereses de parte, por supuesto despreciables e inhumanos. Con el prejuicio de la conspiración hebrea se pretende combatir los datos objetivos -documentales, testimoniales, etc- que nos hablan de la verdad del Holocausto.
Si el “revisionismo” es una actitud posible entre quienes se dedican a la historia como científic@s -la actitud de autocuestionarse, de rehacer hipótesis sobre la base de datos o documentos que eran desconocidos-, al estudiar la Segunda Gerra Mundial se han dado posturas que podrán responder al nombre de “reduccionismo”, con el objetivo de redimensionar la magnitud de los crímenes nazis y el ámbito de aplicación de sus políticas genocidas. La equiparación con otros fenómenos de la época –como el gulag-, la entrada (entonces) de los nazis y del nazismo en el juego político como un actor más, desnaturaliza el carácter del genocidio nacionalsocialista. “Si todos son culpables, nadie lo es”, parecerían decirnos, desde el tacticismo político de saber que no podremos aceptar la culpabilidad de tod@s. Ciertamente, el nazismo no es el culpable de todo, no es el único culpable ... pero sí es el culpable absoluto.
Para el negacionista, la inexistencia de las cámaras de gas es un dato indiscutible, sobre la base del cual se precisa re-escribir la historia, rechazando de entrada -como en un proceso judicial, con sus triquiñuelas y tácticas- cualquier prueba que demuestre la existencia del genocidio.
Es una realidad que en los últimos años, las tesis negacionistas han conseguido una mayor visibilidad gracias a la red. Internet ha venido demostrando ser una óptima solución contra la censura, que en algunos países europeos, afecta a mensajes de este tipo. Además, incluso las denuncias terminan amplificando el fenómeno de modo viral, alimentando el victimismo de quien se dice perseguido por la conspiración de los "grandes poderes", de los "poderes ocultos y conspiradores" (en en este caso, el llamado lobby judío). La teoría de la conspiración sirve para "explicarlo" todo -porque en realidad no yiene que "justificar" nada. Se desliza que la persecución toma el significado de su legitimidad cultural.
¿Existe
una relación entre la construción de la memoria y el
negacionismo?
La banalización: la redución del pasado a las
necesidades del presente, a patrones narrativos de fácil absorción,
revelados, pero también instumentalizables en sentido tanto
comercial (explotación espectacular del Holocausto, por ejemplo),
como ideológico y político (estimaciones indebidas entre el
Holocausto y otras masacres históricas, por ejemplo).
En una sociedad en la cual las redes de información -y de debate- se sustraen a muchos controles, es inocente pensar que las medidas sancionadoras sean suficientes para vencer en la lucha contra el negacionismo. De todos modos estas son necesarias. Ha existido un fuerte debate sobre esto en paises como Italia. Es necesario que desde la sociedad surjan voces -debiera haberlas- que digan que no puede aprovecharse la libertad para fomentar discursos totalitarios, que no puede aprovecharse la democracia para destruirla y convertor la DUDH en papel mojado. La experiencia de "Alba Dorada" en Grecia nos dirá mucho, pero no poner freno y asumir como "norma" lo que no puede serlo es alimentar al monstruo.
Particularmente en España, carente en general de una cultura antifascista -o aun más, de cultura democrática-, y con un sociedad civil relativamente débil, hay una absoluta carencia de formación (sea en niños, sea en adultos) sobre la historia contemporánea; la población carece de instrumentos adecuados y actualizados para "leer" la realidad e interpretar su presente, incluyendo en este el pasado más reciente. Haría falta una estrategia entre los historiadores -y un compromiso, primero- para desmontar específicamente las falacias del negacionismo. No para enfrentarse directamente a él -dotándolo de respetabilidad-, sino para instituir una verdad inatacable y socialmente inteligible que eluda las trampas conociéndolas. En España, además, en general, "lo judío" es un enigma como manifestación del presente. Toda reivindicación de "lo judío" como parte del "nosotros" no puede más que conducir a una visión más empática del pueblo judío.
Más allá de esta estrategia y de este compromiso, se precisa desde la/s instancia/s política/s una reivindicación de la memoria en lucha contra la indiferencia. Esto es válido para toda Europa. Particularmente entre los jóvenes es necesario reivindicar la memoria. Los testimonios valen más que un debate en el que la contraparte juega con castas marcadas y que no merece el rango de "oponente".
Entiendo que debe desligarse cualquier mensaje sobre lo acontecido en la Segunda Guerra Mundial del contencioso Israel-mundo árabe/islámico. Siendo cierto que al ser hoy el "antisemitismo" un discurso difícil de expresar abiertamente, el "antisionismo" y el "antiisraelismo" son la ventana por la que pretende colarse el discurso judeófobo. Pero ligar ambos debates es arriesgarse en un peligroso juego de "todo o nada". Son dos planos diferentes: Israel puede actuar políticamente, las víctimas de la Shoah solo pueden ser defendidas desde la memoria.
Desde las normas democráticas, desde la memoria, desde el conocimiento, desde la reivindicación de lso derechos humanos como pilar de la convivencia y desde la oposición al totalitarismo xenófobo que se inventa un "otro" para finalmente tener un "enemigo", tendremos unas bases más sólidas para evitar que el pasado se repita. No, pienso, dando rango, status y espacio a lo que no debería tenerlo: el negacionismo.
Imagen: Pixabay.

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