¿Qué es Israel? (I). Un par de textos bíblicos que expresan la relación entre el pueblo y la tierra de Israel
(1). Un par de textos bíblicos que expresan la relación entre el pueblo y la tierra de Israel
“Pero es verdad que estando también en Deuteronomio 9,4 y ss. el derecho a la tierra parece no ser adquirido por mérito. Pero, también, en todo caso, se afirma un derecho de uso. Si consideramos Levítico 25,33, el uso de la tierra no certifica su posesión ni autoriza a su apropiación” (“Il libro e la spada, VV.AA, Ed Claudiana, p. 116).
1.- LA TIERRA PROMETIDA.
En Génesis 13, 15-18 se dice:
“Y le dijo el Eterno a Abraham: Alza ahora tu ojos
y mira desde el lugar en donde estás en dirección al norte,
al sur, al oriente y al occidente, por cuanto toda
la tierra que puedes ver te la daré a ti y a tu simiente para siempre.
Y haré que tu simiente sea numerosa como el polvo de la tierra ….
Levántate pues y anda a todo lo largo y a todo lo ancho de la tierra,
porque te la daré”
Eretz Israel es la tierra destinada al Pueblo israelita. El Pueblo en cuanto tal no nació en la Tierra de Israel; sucedió que la Tierra fue prometida a los patriarcas mucho antes de que la nación fuese una realidad sólida, siendo repetida la promesa ante el Pueblo en el momento de emprender la huida de Egipto. En realidad, el Pueblo judío nace caminando hacia su Tierra, no en ella, no de ella. El concepto de “Tierra Prometida”, por paradójico que pueda parecer, permaneció cuando el Pueblo habitó su Tierra y en las épocas exílicas. El itinerario para el nacer del Pueblo cabe conectarlo en sus inicios con la salida de Abraham de su tierra natal, Ur Casdim, para dirigirse a Canaán, donde se concretaría el Pacto con Dios y donde este promete “daré esta tierra a tu simiente”, siendo después repetida a los demás patriarcas e incorporándose al legado de los israelitas ya antes de convertirse en Pueblo.
La historia del pueblo israelita hasta nuestra contemporaneidad, está marcada de forma profunda por la relación de intensa afectividad Tierra (Eretz)-Pueblo. Eretz Israel es la Patria del Pueblo judío, ocupando un lugar central en la identidad nacional. La “Patria” no viene determinada por nacer en determinado territorio o lugar concreto; así, los judíos nacieron y tuvieron su experiencia fundante fuera de la Tierra de Israel y desarrollaron una larga experiencia de exilio y vida en otros países, pero ello no implica que, en general, hayan considerado a esos países su patria; en cambio, sí tenía esa consideración para ellos la Tierra de Israel. La Patria viene a ser, en realidad, la Tierra sobre la que se asienta la existencia del Pueblo.
Dios decidió que cada pueblo de la Tierra debía poseer un territorio; Eretz Israel es la tierra destinada al pueblo de Israel. Y así, se establece en diversos textos que la tierra de Eretz Israel está destinada al pueblo y sólo al pueblo de Israel. Dirigiéndose a Abraham; Dios anuncia -en Génesis 17:8- que: “Te daré a ti y a tu simiente después de ti la tierra de tus peregrinaciones: toda la tierra de Canaán”, repitiéndose hasta 5 veces la promesa. También Itzjak -en Génesis 26:3- es interpelado: “porque a ti y a tu simiente entregaré todos estos países”. Finalmente -en Génesis 28:13 y 35:12- es Yaakov el receptor de los mensajes: “la tierra donde estás acostado te la daré a ti y a tu simiente”; “Y la tierra que le di a Abraham e Itzjak te la daré a ti y a tu simiente después de ti”. He aquí el Pacto Eterno, la imperecedera alianza entre el Pueblo judío y Dios.
Una serie de preguntas se plantean: ¿Qué tiene de específico la Tierra de Israel?, ¿Posee en sí características que la puedan definir como Tierra “Santa”?; ¿Por qué está “destinada” concretamente a este pueblo? La particular relación de Dios con el Pueblo es el factor determinante, pues de ella deriva la “atribución” de la Tierra.
La relación Pueblo-Tierra se basa en la promesa de Dios y, antes que ella, en su elección. No se basa en características físicas de la tierra ni tiene su base o fundamento en conquistas/anexiones territoriales realizadas por tribus en busca de tierras para su gente.
Exiliado y diseminado por el Planeta, mezclado con muchísimas naciones, el pueblo judío, generación tras generación, hizo de las relaciones con la Tierra de Israel seña de identidad fundamental y elemento central de “lo judío”, siempre presente en las fuentes escritas y en las tradiciones orales. Basada en la elección de Dios, la relación puede concebirse como histórica, como mística, como teológica, …...
La esencia de la relación entre el pueblo de Israel y su tierra es distinta de la de los demás pueblos con su territorio, y no podemos comparar el lazo que existe entre las demás naciones del mundo con sus territorios con el lazo que existe entre el pueblo de Israel y su tierra. ¿Por qué es específica y distintiva esta relación con la Tierra del Pueblo judío en comparación con otros?. En general, la conquista de un territorio por los antepasados y la transmisión a la descendencia -generaciones sucesivas- marca las relaciones Pueblo-Tierra y la base de la "Nación", no hay un sentimiendo de pertenencia que aguante por décadas y siglos la relación con el territorio (lo "espiritual" no resiste los avatares de lo "material" y fáctico). Sucede, entre otras cosas, que es extraño en la historia de la humanidad que un pueblo plasme en un documento, cuente con escritos en los que se recoja una promesa de una tierra, menos aun una elección legalmente institucionalizada.
EXILIO. JERUSALÉM
En Salmos 137: 5-6 leemos:
"Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo."
En el anterior apartado abordábamos la relación Tierra-Pueblo desde la perspectiva de la (necesaria) presencia. Ahora aludimos a otra experiencia de la relación Tierra-Pueblo: la “ausencia”. Si en el anterior apartado aludíamos a la completa Tierra de Israel, ahora lo hacemos a su capital -material, a veces, pero espiritual siempre-. Hasta el día de hoy, los judíos que habitan los más diversos rincones del Planeta se giran hacia Jerusalém en el desarrollo de sus diarias oraciones. La oración invocando el regreso a Sión forma parte de la cotidianeidad de la acción de dar gracias a Dios por los alimentos que nos otorga. Así, las servicios festivos y el Seder de la cena de Pesaj tiene por colofón “El año que viene en Jerusalém”.
Aludimos al exilio, a la ausencia de la Tierra. La restauración de Israel y la reunión de los exiliados son seña de identidad del Pueblo y tema central de las oraciones, aspectos fuertemente ligados a la llegada del Mesías. Los rituales transmitidos de generación en generación vienen a hablarnos de la perenne esperanza de este regreso a Sión.
Nos referimos al exilio, pero también al Templo; la conmemoración de la destrucción del Primer y del Segundo Templo a través del duelo y el ayuno están ligados a la experiencia del exilio y son rasgos genuinos de la tradición judía. Para simbolizar la destrucción del Templo, por ejemplo, a la finalización de una boda judía es costumbre que, con el pie derecho, el novio rompa un vaso.
Es en el curso del exilio en Babilonia cuando Dios, fiel a su promesa, no abandona a su Pueblo. El profeta -y también sacerdote- Ezequiel proclama desde el exilio en Babilonia que el Templo de Jerusalém será restaurado y que también Israel resurgirá, retornando a su Patria, regresando a su Tierra. Se manifiesta así el profeta en Ezequiel 11:17: "Así dice Dios el Señor: Yo os recogeré entre los pueblos y os reuniré de las tierras en que habéis sido dispersados, y os daré la tierra de Israel"; de este modo, como se apunta en Ezequiel 11:20 "ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". También entre los Profetas, Jeremías -que ha contemplado la caída de Jerusalém- desde la experiencia vivencial del exilio preconiza una nueva alianza Dios-Pueblo. Alianza que se explicita en Jeremías 31:31-32: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá"; "No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová". Renovación de la Alianza desde la profunda vivencia de la desgracia del exilio como ausencia. La relación Pueblo-Tierra es mediada por Dios, es la fidelidad a él la que devolverá al Pueblo al "recto camino". Retorno a la Patria, restauración del templo (de Jerusalém) y Alianza están estrechamente vinculadas.
Israel permanece en el exilio entre los años 587 y 538 a.e.c. En el Salmo 137, con antetioridad al texto con que encabezábamos este apartado, se afirma con enorme fuerza expresiva aquella añoranza de la Tierra: "Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas. Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres;nos decían: «¡Cántennos un cántico de Sión!». ¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?".
Es este impulso del exilio, del deseo (que será cumplido) del retorno a la Tierra, cumpliendo la promesa de Dios puesta en boca de los profetas, el que permite la reconstrucción del Templo de Jerusalém. No es un retorno como el -triunfal- de la época de Josué; entre otras cosas, un rey extranjero (Ciro, persa) había posibilitado la liberación. El retorno a la Tierra por el Pueblo es, en cualquier caso, un acto de liberación, de emancipación.
Jerusalém se graba para siempre en el corazón del Pueblo, como concrección material y gloriosa de la relación Tierra-Pueblo (particularmente en la experiencia de ausencia que supone el exilio y que representa la Diáspora). Ya era referente central, pero esta experiencia la consolida. Dios se reveló a Abraham pidiéndole el sacrificio de su hijo en el monte Moriah, donde después surgirá el Templo; David hace de la ciudad capital de su reino y su hijo Salomón levantará en ella el Templo; capital de la dinastía davídica por 400 años, destruida por Babilonia, el momento que analizamos permite la reconstrucción del Templo y (previamente) la vuelta del Pueblo a su Tierra. En este momento Jerusalém se consolida como referente eterno: cuando se profana el Templo por los seléucidas, ello desata la revuelta macabea y la independencia nacional, con Jerusalém como "centro"; bajo dominio romano, el el 70 e.c., los hebreos se revelan y la ciudad es destruida y sus habitantes nuevamente conocen el exilio y la dispersión; tras la rebelión de Bar Koba -136 e.c.-, pretende desjudaizarse la ciudad por los romanos y es denominada Aelia Capitolina, con el acceso prohibido para los judíos; tras los romanos, multitud de ocupantes se asientan sobre ella -bizantinos, persas, árabes-musulmanes, cruzados, mamelucos, turco-otomanos, británicos, ... pero Jerusalém y lo que representa siempre ha representado la concrección más brillante y luminosa de la relación del Pueblo con su Tierra.
Se cuenta que Napoleón se atrevió a entrar en una sinagoga el día de Tishà be-Av. Viendo a los judíos sentados sobre el suelo en la oscuridad, sumergidos en un profundo lamento, preguntó cual sería la causa de aquella aflicción, obtendiendo la respuesta de que estaban de luto por la destrucción de Jerusalém. Obtenida esa respuesta preguntó, entonces: "¿Cuando sucedió esto? La respuesta fue: "Hace dos mil años". Se le atribuye al emperador la siguiente reflexión conclusiva: "Un pueblo que recuerda su tierra por dos mil años sin duda volverá".
Jerusalém, la ausencia de la tierra, el exilio, la diàspora .... el deseo de la vuelta a Sión. Atravesamos siglos, pero finalmente nos encontramos con la (casi) contemporaneidad: el sionismo, la concrección de una Tierra para el Pueblo que no la tenía. Por eso el tema es actual.
Profesora de filosofía en la roama Universidad La Sapienza, en su "Israele: terra, ritorno, anarchia", Donatella di Cesre se interroga : "Si el Estado era el fin, ¿el sionismo político ha agotado su tarea?". La autora nos explica que la denominación "Palestina", impuesta por los romanos tras la destrucción del Templo, alude a los filisteos, un pueblo de invasores procedentes del mar. En la estela de Gustav Landauer (anarquista judeo-alemán) viene a decirnos que el pueblo judío es más que una nación y el sionismo no implica unicamente la creación de un Estado.
Con tantos exilios en la historia, el pueblo judío ha creado otros tantos exilios en su mentalidad y en el modo de vivir la historia. El exilio de Adán y Eva -del añorado Paraiso a la realidad de la vida cotidiana y terrenal-. El de Caín es otro exilio. Lo es el de la humanidad en el Arca de Noé. Despúés del intento de construir la Torre de Babel se da en realidad otro exilio. De algún modo es un exiliado Abraham, que transita no solo de Haran a la Tierra de Canaán, sino además de la idolatría a la fidelidad a un solo Dios. La esclavitud de Egipto, la experiencia del desierto, la opresión babilónica y romana, el legado de Sefarad y la expulsión de la Península Ibérica .... innumerables las experiencias en el que el judío es un exiliado. En definitiva, en el centro de la experiencia espiritual y cultural del pueblo judío está desde siempre la Tierra de Israel. Cada viaje, cada experiencia de separación, es exilio. Y el exilio siempre es carencia. Carencia de la Tierra que configura al Pueblo como tal, que lo congrega en su autoconsciencia, que lo dota de un camino, de una necesaria meta que hace menos doloroso y más esperanzador transitar activamente por la Historia.
(2). Un par de fuentes judías tradicionales que explican perfectamente el valor específico de la Tierra de Israel
Texto 1º.- Génesis 12:1-2: “Y el Señor dijo a Abraham: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”; “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”
La relación entre Israel en cuanto Pueblo y la Tierra (Eretz Israel) es inseparable de la relación del Pueblo con Dios. En este texto -que tiene mucho de fundante- se ve claramente la conexión entre las dos relaciones, el triángulo que asienta la existencia de una “comunidad”. La promesa es renovada por los descendientes de Abraham -Isaac y Jacob-, cumpliéndose en el Éxodo a Egipto, comandado por Moisés, como acto de liberación.
En el comienzo del Génesis, Abraham emigra desde su tierra originaria a la tierra de Canaán, donde establece un pacto, una alianza con Dios. Tiene como primogénito a Ismael, hijo de la esclava Agar. Con intervención de Dios, tendrá después un hijo (Isaaac) de su esposa Sarah. A Abraham y a su descendencia promete Dios para siempre la posesión de la Tierra.
La historia del judaismo se inicia hace aproximadamente 4.000 años cuando Dios se dirige a Abraham para establecer una alianza con su pueblo. Dios promete a Abraham, jefe tribal nómada, que sus descendientes heredarán la Tierra Prometida. Dios funda un pueblo por medio de la persona de Abraham, en la que se congrega la expresión de un conjunto de tribus sin tierra. Facilita a su Pueblo un elemento imprescindible para poder considerarse tal: una Tierra. La condición era que ellos debían aceptar y respetar la Ley.
Es, luego, una Tierra dada; estará presente en esa Tierra en la medida que Dios lo ha querido y dispuesto. No es una Tierra-madre de la que nace el Pueblo; es, en realidad, una esposa, que debe merecerse cada día, con cada acción.
La tierra es algo tangible, es un espacio concreto y una realidad determinable. Es “dada”, pero lo es bajo condición. Es dada en posesión, y esta debe ser merecida, ganada; por eso la inobservancia de los preceptos implica su pérdida.
Las promesas de Dios se refieren a dos aspectos: la muy numerosa descendencia de Abraham y la posesión de una tierra. Además, se recalca que el pacto no es temporal, sino eterno. Y la confianza de Abraham se apoyó en su tiempo en la misma seguridad que quienes confiaron en esa relación en todos los tiempos. Se fundamentó en la certeza de que lo que Dios promete, lo cumple.
La santidad de la Tierra se revela cuando Dios es revelado. Abraham alcanzó un nivel de reconocimiento de Dios tan elevado que la santidad de la Tierra sólo se le reveló a él. Aunque trató de difundir las enseñanzas de Divinidad y tuvo algo de éxito, la grandeza de la Tierra y de sus secretos no le fue revelada a la humanidad.Un principio fundamental es igualmente la idea de Alianza entre Dios y el pueblo hebreo. Por medio de la Alianza, que en primer lugar establece Dios con Abraham, el pueblo hebreo debe comprometerse a reconocer a Dios, a apoyar su proyecto y respetar sus leyes. Es a través de este pacto como los judíos pueden reconocerse a sí mismos como el Pueblo elegido. Esto quiere decir que han sido designados por Dios para testimoniar ante la humanidad, a través de sus acciones, la presencia de Dios en la tierra.
Es cuando Dios es revelado cuando se revela también la santidad de la Tierra; hasta tal punto Abraham fue reconocido por Dios que solo a él le fue revelada este carácter “santo” de la Tierra.
Este acontecimiento supone un giro decisivo en la vida del patriarca y del judaísmo; en tanto, con anterioridad era solamente una persona que se diferenciaba de las otras por su visión tanto de Dios como del mundo, con la Revelación, Abraham incia su contacto con Dios. Además de resultar evidente para él como persona, significa que Dios ha querido que él sea su representante ante la humanidad en el combate contra la idolatría.
A través de la Alianza, Dios promete a Abraham y a sus descendientes la Tierra de Israel. La alianza entre Dios y su Pueblo es un contrato que los une eternamente; una alianza concretada en su momento con la entrega de las Tablas de la Ley, que representan toda la Torah y son su símbolo. Después de 40 años de peregrinación, el pueblo hebreo -comandado por Josué- entra en la Tierra Prometida. El suelo, la Tierra, es repartido entre las 12 tribus.
Abraham representa el pueblo que concluye una alianza con Dios directamente, diferenciándose de lo que sucedía con los pueblos de Oriente en la Antigüedad, para los cuales el Rey era el único mediador entre diosos y hombres.
La relación de Israel en cuanto Pueblo con la Tierra de Israel, en definitiva, no puede ser desligada de su relación con Dios; esa era la Promesa de Dios al Pueblo, para hacerlo su hogar y el de su descendencia.
La Tierra es esencial en la Alianza, supone la entrega de “algo” como cumplimiento de un pacto. Alianza ya intuida en Adán en el momento de la Creación, o tras el diluvio -con Noé-, que adquiriría (más adelante) tintes políticos y sociales con Moisés, pero se explicita en cuanto tal en este momento con Abraham en tanto Patriarca del Pueblo de Dios.
La Alianza trabada, y de la cual las palabras que encabezan son claras expresión, tiene vocación de ser renovada. Así lo es explícitamente y con rotundidad con su hijo Jacob; en Génesis 26:3 se nos dice -prometiendo una vez más la Tierra-: "Habita en esta Tierra... Pues a ti y a tu simiente Yo les daré esta Tierra; y cumpliré el juramento que Yo prometí a tu padre, Abraham”.
Paolo de Benedetti nos dice: “No se trata de una tierra símbolo, de una tierra mística, como aquella Palestina que era el espejo de los cruzados (a los que los hebreos deben decenas de millares de muertos), o como aquella Palestina ensoñada de los peregrinos cristianos. La tierra que Israel considera en su propia fe como elementos esencial de la relación con Dios, es una tierra hecha de tierra”.
El texto que hemos elegido marca la relación especial con Dios, pero alude también muy claramente a la formación de una “Nación”: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”. Se trata de una obra de creación nacional “haré de ti” … la nación no preexistía, se “forma” a través del Pacto.
Durante los 200 años de permanencia en Egipto, la familia de Abraham se transformó en “pueblo” con base en la promesa que Dios había hecho al Patriarca fundador. A partir de Abraham, siguiendo al narrador, no estamos leyendo los avatares de un personaje o de otro; a partir de este momento asistimos a los primeros pasos de un “pueblo”
Texto 2º.- Ezequiel 34:26: “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país”.
Ezequiel era un sacerdote desterrado a Babilonia, junto multitud de judíos. Vive la profunda humillación de su pueblo. Enseña a éste a aceptar que sus miembros han sido justamente castigados, pues unos pocos habían acaparado lo que por Dios había sido dado para prosperidad de todos. En el contexto de aquella depresión, Ezequiel aporta una luz de profunda (y argumentada) esperanza; Dios está dispuesto a realizar con ellos una nueva Alianza.
Era difícil conservar la fidelidad al Señor en tierra no israelí; la tierra extranjera era tierra de dioses extranjeros, extraños. Ser exiliado significaría haber diso abandonado por “su” Dios.
Ezequiel representa un giro en la experiencia histórica del pueblo judío. Sufrió en sus carnes la destrucción de Jerusalém, así como los acontecimientos derivados de esa tragedia: el exilio y el tener que desarrollar la vida en tierra extranjera. Resuenan los ecos del Éxodo. Usando el lenguaje de la resurrección, el profeta anuncia el retorno a la Tierra y la reconstrucción del Templo; en Ezequiel 37:12 se dice “... os resucito de vuestras tumbas, oh pueblo mío, y os reconduzco al país de Israel”. En definitiva, el Señor dará una vez más el derecho del pueblo a asentarse, a descansar sobre la Tierra.
El lenguaje profético pone énfasis sobre la idea de restauración, sobre la Tierra y su bondad re-encontrada; y no solo en Ezequiel …. el texto de Isaías 51:3 es rotundamente hermoso y expresivo: “Ciertamente el Señor tiene piedad de Sión, se compadece de todas sus ruínas, convierte su desierto en el Edén, su desierto en el jardín del Señor ...”.
Repetidamente, Dios preanuncia la restauración de la nación de Israel en base a la antigua promesa de la Alianza, y seguidamente el retorno de su Pueblo elegido desde las partes más remotas de la tierra hacia el territorio de “su” nación.
En el último tercio de la profecía de Ezequiel, éste explicita el plan de Dios para restarurar Israel, tanto en cuanto Pueblo como en cuanto Tierra. Se dice en los versículos siguientes: “... os purificaré de todas vuestras impurezas y de todos vuestros ídolos”, “.... caminaréis según mis leyes y observaréis y pondréis en práctoca mis prescripciones”. Para concluir: “Habitaréis en el país que yo di a vuestros padres. Seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”.
La redención, para lograrse, tiene una vía claramente delimitada y establecida por el Plan del Creador. Solo a través de ella -en definitiva, de la obediencia a la Ley- llegará la recompensa: 1) vivir en la Tierra Prometida; 2) ser su Pueblo, el Pueblo de Dios.
Ezequiel nos habla del Dios de los deportados, es el gran literato del exilio, de la ausencia de la Tierra y de la añoranza de esta, glorificándola como recompensa suprema. La gran aportación del profeta, su valor añadido -permítasenos la licencia literaria- es descubrir la presencia del Señor en medio de los exiliados. La gente esclavizada y deportada encuentra su consuelo de la mano del Profeta de la responsabilidad y de la solidaridad, aun proviniendo de las élites jerusolimitanas.
La visión de Ezequiel se plasma, justamente, en en contexto exílico, concretamente -según se nos dice en 1:3- “junto al río Quebar”. La gloria de Dios se ha trasladado a estos valles de Mesopotamia, conforme e 3:23: “ Me levanté, y fui al valle. La Gloria de Yavé ya estaba allí”. Acompañando a su Pueblo, Dios se ha manifestado fuera de la Tierra que había sido prometida. La Tierra es un don de Dios por ser su Pueblo; la Tierra es, así, la manifestación, la forma de expresarse del “ser” el Pueblo de Dios.
Los deportados, los oprimidos, ya no estaban solos, “un viento huracanado venía del norte, una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor, y en su centro, algo como metal refulgente en medio del fuego” (1:4)
La ligazón con la Tierra es evidente en diversos pasajes del libro del profeta. Una pregunta es decisiva: ¿a través de qué medio se hace presente el Señor?, ¿de qué modo podemos tener la seguridad de su presencia?. El texto del profeta es rotundo, inequívoco, definitivo, con esa expresividad brillante y conmovedora de los textos de Ezequiel; así, en 20:42: “Y sabréis que yo soy el Señor, cuando os traiga a la tierra de Israel, a la tierra que juré dar a vuestros padres”.
Dios ha acompañado a Israel como pueblo en su destierro, pero ha diseñado para él una historia nueva, un camino renovado, una Alianza que hará que nuevamente Pueblo y Tierra se ensamblen. Para ello (como en todo Pacto o Alianza) hay unas condiciones, unas premisas, se necesita -y se dá por Dios- un “corazón nuevo” (36:26), infundiendo un espíritu “para que vivan según mis mandamientos” (36:27). Únicamente de este modo puede poseerse la Tierra como Pueblo de Dios. Un hombre nuevo, un Pueblo nuevo … para hacerse merecedores de la Tierra.
La emancipación y liberación de los deportados, el retorno a la tierra y la re-creación de la comunidad son tres pilares básicos para un nuevo paradigma de la historia de Israel como pueblo y de la intervención en su favor de El Señor. En definitiva nos remite al Éxodo: hay un Pueblo esclavizado y un deseo de libertad, interviene Dios y se busca la Tierra Prometida, se emprende camino hacia ella. Ahora, eso sí, el Pueblo debe ser más sabio, porque ya ha conocido el error, y por eso la literatura profética es hondamente reflexiva, particularmente en Ezequiel.
Nacida de la catástrofe de Judá, en el texto del profeta la Tierra es elemento central, y lo es desde la perspectiva de la "pérdida". Esta pérdida es relevante en tanto en cuanto va asociada a la idea de "comunidad" (crisis de identidad, peligro de desintegración y asimilación, en definitiva, diluirse como "Pueblo").
El Pueblo pre-exílico asentaba en muy buena medida su identidad sobre elementos como la Tierra, la ciudad de Jerusalém, el Templo y la monarquía. El exilio representó un verdadero hundimiento social, político y religioso. Los tres últimos elementos habían acabado violentamente; y la relación con la Tierra pasaba a ser de "privación". El retorno a la Tierra se configuraba como la culminación de la liberación y la certeza de ver confirmada la condición de Pueblo de Dios.
(3). ¿Qué es Shmitá y qué es Iovel? Su mensaje social.
El omnipresente Siete
El judaísmo está completamente impregnado por el siete. El nacimiento en Pesaj de la Nación como tal viene seguido de siete semanas, cada una de siete días, rematando con la recepción de la Torah; el Rey David, emblema de la monarquía judía y ascendiente de quien sea el Mesías, era el séptimo hijo de Yshai, casándose con una mujer cuyo nombre significa hija de siete: Bat Sheva; siete son los ciclos que conducen a Yovel, el año 50; de acuerdo con la tradición, siete son los cielos; ... Siete son los días en gran parte de civilizaciones y sociedades, pero el precedente es judaico; después del fallecimiento, siete son los días de duelo; después de una boda, los días de celebración son siete, siendo acompañada cada comida durante ese periodo por un número de siete bendiciones especiales.
SHMITÁ
Shmitá, el año Sabático, tiene el significado literal de “liberar”. Liberar del trabajo la Tierra de Israel. Es, así, un verdadero Shabat de la Tierra, el descanso de ésta. Es un reconocimiento de la tarea de ésta para producir frutos para el Pueblo. Este reposo de un año de duración juega un rol: recuperarse para comenzar un nuevo ciclo con fuerzas renovadas. La Tierra es concebida como algo vivo a todos los efectos; además de “dar”, debe “recibir”. En definitiva, la Tierra no nos pertenece, con independencia del concepto “propiedad” o de la “posesión” que querramos invocar. Darle gracias al Creador por los dones recibidos en el ciclo previo al descanso, santificar (darle kedushá) la Tierra, son dos de las funciones de Shemitá.
En Levítico 25:2 se nos dice ki tavo-u el ha-aretz asher ani noten lajem veshabetá ha-aretz Shabat L'Adonai (“Cuando hayáis entrado en la tierra que os doy, guardará la tierra descanso de Adonai”); está expresado en presente y no en futuro; es una consigna (de agradecimiento de cada día), no una orden -un “harás esto”- instituidora de un futuro, un agradecimiento de poseer la vida y disfrutar de los bienes que en ésta se nos proporcionan.
En Levítico 25:20 leemos: “Y si dirás, ¿que comeremos en el séptimo año? ¡No sembrarás, y no recolectarás tu producto¡”. La respuesta (que viene a hablarnos de la “recompensa”) se da en Levítico 25:21-22: “Yo enviare mi bendición para vosotros en el sexto año, y el producto rendirá por tres años. Y sembrarás en el octavo año, mientras que todavía comerás de las viejas cosechas. ¡Hasta el noveno año, hasta la llegada de la cosecha, comerás la vieja cosecha!”.
La Torah enseña que debe dejarse descansar la tierra de Israel por un año completo, iniciándose ese tiempo en Rosh Hashaná y finalizando la víspera de Rosh Hashaná del año siguiente, hasta el 29 de Elul. Se expresa así:
-"Y seis años sembrarás tu tierra y recogerás su producto. Y en el año séptimo la abandonarás y no la trabajarás, y comerán los pobres de tu pueblo y el sobrante lo comerá el animal del campo, así harás con tu viñedo y con tu olivar" (Shemot 23:10-11).
"Le habló D'os a Moshé en el monte Sinai diciendo: Habla con los hijos de Israel y diles a ellos: cuando vengan a la tierra que Yo les doy a ustedes, descansará la tierra un descanso para D'os. Seis años sembrarás tu campo y seis años podarás tu vid y recogerás su producción. Y el séptimo año, un año de descanso habrá para la tierra, un descanso para D'os, tu campo no sembrarás y tu vid no podarás. Lo que crezca espontáneamente no cosecharás y las uvas que has separado no vendimiarás, un año de descanso será para la tierra. Y será el año de descanso de la tierra para ustedes, para comer tú y tu servidor y tu servidora y tu asalariado y tu residente, que viven contigo. Y para tu animal y para las fieras que hayan en tu tierra será toda su producción para comer" (Vaikrá 25:1-7).
La institución está más detalladamente regulada en otros lugares, desarrollándose los preceptos en textos como Shemot 23:10-11 o Vaikrá 25:1-7. En el trabajo titulado Shmitá, el año sabático: el descanso de la Tierra de Israel, publicado en la web de “Judaísmo hoy” (http://www.judaismohoy.com) se detallan las prescripciones; alguna de las cuales son las siguientes:
-Los árboles frutales no se deben plantar 44 días antes de Rosh Hashaná, por que requieren un período de acondicionamiento en la tierra para comenzar a sacar raíces. En otras palabras, el árbol no se nutre de la tierra en la cual está plantado hasta que comienza a sacar nuevas raíces ("klitá"). De todas formas, se puede sembrar semillas de árboles y plantas no frutales hasta la víspera de Rosh Hashaná.
-Se prohibe plantar semillas de verduras o legumbres que echarán raíces en el año de la shemitá (sefijim), por lo que deben plantarse con bastante antelación, para que salga el retoño de la tierra con anterioridad a la shemitá. De modo que los cereales deben ser plantados con bastante anticipación.
-Se prohibe fertilizar y abonar el terreno. E Igualmente arar el campo en dicho año y semblar o plantar en el mismo.
-Regar está permitido sólo para mantener los árboles o los jardines. Incrementar la cantidad de agua para hacerlos más bellos, fructíferos o más fuertes, está prohibido.
-Está prohibido podar la viña y recortar los racimos.
-En caso de una pérdida económica, se permite hacer algunas labores de mantenimiento en los árboles y en la tierra, de tal manera que no se dañe la producción, pero todo esto debe hacerse en forma medida y sólo para preservar los productos agrícolas.
Sin ningún género de dudas, la cultura antigua del Pueblo de Israel, asentada sobre la actividad agrícola, veía en Shemitá un desafío colectivo de fidelidad al Creador, que en definitiva dejó al Pueblo la Tierra como legado.
Paralelamente al Shabat, el año Shmitá es un mecanismo para dirigirse a las fuentes, al origen; una brújula para no perderse, un recordatorio de la maravilla que la Creación es. La Ley judía nos informa de que los frutos que crezcan en la Tierra de Israel durante este año especial son públicos y nadie puede apropiarse de ellos y comerlos; la propiedad es, en realidad, un préstamo, las deudas son perdonadas y las leyes de propiedad que rigen cotidianamente permanecen en suspenso.
Dando un paso más, Shmitá es una oportunidad para practicar la reflexividad sobre lo que somos y “retornar sobre nosotros mismos”, reiterándonos que no somos los soberanos del mundo. Una herramienta, en definitiva, para huir de la rutina y de la grisura de la cotidianeidad, que, sin estos momentos “especiales”, adquiriría verdaderamentos rasgos nihilistas: retomar el asombro por la Creación siempre da perspectiva y dota de un sentido al “hoy”.
Moisés eleva la institución a un plano caritativo y social, aunque sin perder de vista la perspectiva realista del agricultor.
Observemos el
paralelismo existente entre la legislación del año sabático y la del sábado
propiamente dicho. Evidentemente, ambas leyes están presididas por un mismo
espíritu, fenómeno que observaremos en toda la evolución del año sabático.
El mismo Código de la Alianza lleva todavía más lejos las aplicaciones
caritativas del año sabático:
En Éxodo 21:2-6 podemos leer: "Si compras un esclavo hebreo, su servicio durará seis años. Al séptimo, podrá marcharse. Quedará libre, sin pagar nada. Si entró solo, sólo saldrá. Si estaba casado, saldrá su mujer con él. Si le casa su dueño y su mujer le da hijos o hijas, la mujer y los hijos,seguirán siendo propiedad del dueño, y él saldrá solo. Pero si este esclavo declara: "Yo quiero a mi amo, a mi mujer y a mis hijos, renuncio a la libertad", entonces su dueño le llevará ante Dios...".
Maimónides argumenta que Shemitá, más que ningún otro evento “festivo”, se alimenta de la misma idea que el Shabat en cuanto descanso. Los siete años se referencian en los 6.000 años que serán coronados cuando se alcance el Séptimo Milenio.
IOVEL
Se denomina Iovél (cuerno de carnero) porque se anunciaba este año de jubileo, a través del toque del Shofar en el día de Iom Kipur (10 del mes de Tishrei).
Este precepto nos enseña dos principios básicos del judaísmo: que el hombre es libre por naturaleza y que la tierra es propiedad de D’s.
La mitzvá del Iovel es un ejemplo de la constante preocupación por el individuo . Su principal objetivo denota la aspiración de lograr una sociedad justa, que brinda posibilidades de movilidad social y no condena a las clases trabajadoras a la pobreza aboliendo el monopolio de tierra.
El texto fundante de Iovel es Levítico 25,10 "Así consagraréis el quincuagésimo año y proclamaréis libertad por toda la tierra para sus habitantes. Será de jubileo para vosotros, y cada uno de vosotros volverá a su posesión, y cada uno de vosotros volverá a su familia”.
Debe destacarse el hecho de que la idea subyacente en este texto se halla profundamente ligada al shabat y al año shabático. Una y otra institución tienen un hondo significado social. Iovel determina un triple imperativo con connotaciones absolutamente sociales, con una remisión indiscutible a la idea de justicia, de equidad, de cuidado -desde la organización social- a los más necesitados: perdón de las deudas, resitución de las tierras, liberación de los esclavos; volver a ser hermanos, recalcar la igualdad esencial de todas las personas. Entre las cuestiones que laten en la institución de Iovel podemos extraer las siguientes -fundamentales en los valores del pueblo judío-:
1.- La JUSTICIA. Este concepto es el corazón del mensaje e impregna absolutamente los pasajes particularmente proféticos. Si la tierra es un regalo de Dios para satisfacer las necesidades humanas, le “pertenece” a todos y es “para” todos, de modo que toda voluntad de acaparar supone contravenir el mandato de Dios y la recta relación con el prójimo. Es de la justicia de donde nace la paz, el “bienestar” para la humanidad entera, como nos indica Isaías 32, 15-20:
“15 Hasta que sobre nosotros sea derramado espíritu de lo alto, y el desierto se torne en campo labrado, y el campo labrado sea estimado por bosque. 16 Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo labrado asentará la justicia. 17 Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre. 18 Y mi pueblo habitará en morada de paz, y en habitaciones seguras, y en recreos de reposo. 19 Y el granizo, cuando descendiere será en los montes; y la ciudad será del todo abatida. 20 Dichosos vosotros los que sembráis sobre todas aguas, y metéis en ellas el pie de buey y de asno”.
2.- Dios como Señor. En relación a la tierra, el hombre (“todo” hombre) es simplemente “inquilino”; el único propietario es Dios, en tanto el hombre es una especie de “huésped”.
3.- La incapacidad de poseer la tierra. Esta no puede convertirse en objeto de dominio, excluyéndose una relación de sumisión de la tierra al hombre.
4.- El fin de las desigualdades y de las injusticias. siendo la tierra de Dios, debe superarse cualquier forma de explotación, también en la relación del hombre con el hombre.
5.- La gratuidad. No siendo suya la tierra, el hombre goza de ella por el amor desinteresado del Creador.
6.- El perdón. La institución que analizamos instituye la posibilidad de un nuevo inicio, porque rompe con el determinismo de la inequidad social pero también con el de la culpa. De hecho, coincide en su inicio con la conmemoración de Yon Kippur, la fiesta que institucionaliza la reconciliación. En Levítico 25:9 se nos dice: “Entonces tocarás fuertemente el cuerno de carnero el décimo día del séptimo mes; en el día de la expiación tocaréis el cuerno por toda la tierra”.
En el capítulo XV del Levítico, el Pueblo hebreo es animado a hacer sonar el cuerno (“Jobel”) cada 49 años para invocar (“Jobil”) a la gente de toda la nación, declarando “Santo” el año número 50 y proclamando la remisión (“Jobal”) de todos los habitantes. Se aludía a la liberación general de una condición de miseria, sufrimiento y opresión. En este año -según se establecía- no se trabajaban los campos, todas las casas adquiridas durante el último ciclo volverían sin compensación al anterior propietario y se producía la liberación de los esclavos. Por lo que respecta a las casas, si la casa está en una ciudad dotada de muros, la venta puede ser definitiva, pero solo después de un año, durante el cual puede ser rescatada.
En el año 1273 a.e.c. Irael entra en la Tierra Prometida bajo el mando de Yoshua Bin Nun. La Tierra debe ser dividida entre las tribus y la Torah dice que, en caso de venta, esta tiene una vigencia de 50 años. Los muros edificados no son sólo muros físicos, son además muros espirituales, los muros de la Ley. Esta, la Torah, es lo único verdadero, eterno y definitivo, y fue entregada a Moshé.
Iovel rige únicamente si la mayoría del Pueblo reside en Israel y no se aplica desde la época de la destrucción del llamado Primer Templo. Por otra parte, las leyes de Shmita solo se aplican en la tierra de Israel, estos límites del territorio los encontramos en el libro de Bamidvar, en parashat Masé: "Le habló D'os a Moshé diciendo: Ordena a los hijos de Israel y diles a ellos: Cuando ustedes vengan a la tierra de Quenaan, ésta es la tierra que recibirán como herencia, la tierra de Quenaan, de acuerdo a sus límites" (Bamidvar - Números - 34:1-2).
La primera idea que se nos transmite es que no existe una adquisición eterna, una compra para siempre. Entre otras cosas, después de un determinado lapso de tiempo, los bienes vuelven a su propietario legítimo. Los bienes materiales pueden parecer “definitivos”, pero son siempre transitorios y variables, cualquiera que sean los muros edificados. Los muros que importan son los de la Torah, la única propiedad que pone a resguardo al hombre de la carencia y la precariedad y que lo protege de la tentación de sentirse similar a Dios. El hombre, en realidad, no es dueño plenamente de nada; el mundo no le pertenece; la riqueza no es eterna, sino un don que Dios otorga. En la historia de la Torre de Babel, el hombre se hace ilusiones de ser omnipotente e invencible y acabó en la dispersión de las naciones y la multiplicidad de lenguas, la incapacidad de entenderse y poder “realizar” nada. En palabras del Séfer Hajinuj: “ .... D'os quiso que el pueblo de Israel no se comporte como se comporta el resto de los agricultores, y les ordenó que trabajen la tierra durante seis años y en el sexto año incrementó la cosecha para que alcance para los siguientes tres años y de esta forma los ojos de los judíos estarán dirigidos hacia D'os, así como lo hicieron en el desierto cuando recibían man (maná) diariamente. De la misma manera, la esencia del año sabático es que ellos no trabajen la tierra, no siembren y no cosechen, y sólo confíen en el milagro que D'os les hará, haciendo que la cosecha del sexto año les alcance para tres años consecutivos".
Bibliografía consultada:
-En "Moked" (portal del judaísmo italiano): Qui Ferrara – Israele, oltre lo Stato nazione, http://moked.it/blog/2014/04/30/qui-ferrara-israele-oltre-lo-stato-nazione/
-Donatella di Cesare: Israele: terra, titorno, anarchia. Bollati Boringhieri, Torino-2014.
-VV.AA: Il libro e la spada. Ed. Claudiana, 2.000.
-Maria Sechi, Giovanna Santoro, Maria Antonieta Santtoro: L ´ombra lunga dell éssilio. Ebraismo e memoria. La Giubtina, 2002
-Eliahu Birnbaum: Más allá del versículo. Fin de Siglo, 1995.
-Alain Marchadour, David Neuhaus: La Terra, La Bibbia e la Storia. Editoriale Japa Book SpA, 2007.
-Ebraismo:Torah–Popolo–Terra, http://www.nostreradici.it/torah_popolo_terra.htm
-José L. Carabias: Ezequiel: el Dios de los deportados, http://www.mercaba.org/FICHAS/AT/ezequiel.htm
-Una Tierra Prometida para cumplir un objetivo, http://www.tora.org.ar/contenido.asp?idcontenido=2118
-Felice Bachi: I mesi dell 'anno ebraico. Project Gutemberg, 2011.
-Bernardo Kliksberg: El judaismo y su lucha por la justicia social. FCE, 2000.
-Artículo en internet, en la web “Aisha Latino”: Shmitá: el secreto del número 7, http://www.aishlatino.com/e/m/48419122.html
-Artículo en internet, en la web “Judaismo hoy”: Shmitá: el año sabático, http://www.judaismohoy.com/article.php?article_id=328
-Curso “Introducción al judaísmo”, UNED-España, 2009-2010.
Imagen: Pixabay.

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