Tres escritos sobre alemanes/as y su vinculación con el mundo judío


 

 

(1). Einstein en Jerusalém.

Publicado en la web http://www.hakeillah.com (de la Comunidad Judía de Torino). Traducido por Administrador, puede verse el original aquí: http://www.hakeillah.com/3_19_15.htm

DAVIDE SILVERA.

Febrero de 1.923: gran emoción en Jerusalém, escribía el diario Haaretz. Albert Einstein, el hombre más famoso del mundo, estaba en la ciudad.

La visita era parte de la campaña promovida por Haim Weizman, entonces jefe de la Organización Sionista Mundial, para realizar el sueño de la Universidad Hebrea en Jerusalém.

Desembarcados de la nave en Port Said (Egipto), Einstein y su mujer viajaron en tren hasta Lydda (actual Lod) y desde allí a Jerusalém.

Desde el momento en que llegó la Jerusalém, Einstein es llevado de un recibimiento al otro, de fiesta a fiesta, de ceremonia a ceremonia (Tom Segev en "One Palestine, Complete: Jews and Arabs Under the British Mandate").

Fue también obligado a escuchar largos discursos en hebreo, lengua que no conocía. Los Sionistas querían incluso convencerlo de que se estableciera en Jerusalém, mostrándole la jovencísima ciudad-jardín de Bet Hakerem. “El corazón querría“, escribió Einstein en su diario “pero la razón dice que no“.

Einstein dio una conferencia sobre la teoría de la relatividad en una de las aulas del único edificio de la futura Universidad, oficialmente inagurada en el 1.925, en el Monte Scopus. El aula estaba completamente abarrotada, con la presencia de las máximas autoridades locales inglesas, como Herbert Samuel, el Alto Comisario, y Ronald Storrs, el gobernador militar.

Einstein no sabía inglés, y por tanto habló en francés. Le dijo al público que la cosa le convenía a todos, porque después podrían sostener que habrían comprendido la teoría de la relatividad si el francés del conferenciante no fuera tan pobre. Añadió también que, dadas sus carencias mentales, no existía probabilidad alguna de que pudiera nunca aprender el hebreo. Su introducción en hebreo, leída con mucha dificultad sobre un texto transcrito en caracteres latinos, casi lo puso en ridículo, escribió uno de los presentes.

Siguiendo la Haaretz , a pesar de los esfuerzos del conferenciante, que se valió también de diagramas, bastante pocos de los presentes fueron capaces de captar la nueva prodigiosa teoría.

A pesar de todo, Einstein se consideró satisfecho de su visita a Palestina, que duró doce días, muy halagado por el acogimiento que se le dispensó donde quiera que fuera. La única nota negativa fue para él la vista de los judíos que rezaban en el Muro occidental. Para él eran personas detenidas en el pasado, completamente alejadas de la realidad.

La que dejó en el físico la impresión más fuerte fue Tel Aviv, que había nacido apenas catorce años antes de su visita. “Lo que los judíos fueron capaces de realizar aquí es digno de la máxima admiración. Una moderna ciudad judía nacida de la arena, con una rica vida comercial e intelectual”.

También la visita al primer kibbutz, Degania, fue para Einstein una experiencia increíble. “Una colonia comunista“, fue su comentario. Su comunismo no durará mucho – predijo -, pero mientras tanto están criando una nueva generación.

En el 1.923, las relaciones entre judíos y árabes en Palestina estaban ya deterioradas, y los años siguientes sólo empeorarían las cosas. Einstein no permaneció insensible al problema. En una entrevista concedida en el 1.929 al Parizer haynt (“París hoy”), un periódico en Yiddish publicado en París, dijo: “El problema más grande que nosotros (Judíos) debemos afrontar es la cuestión árabe. Hasta ahora nos comportamos cómo se viviéramos en el vacío, sin ponerle atención de modo honesto a lo que sucedía entre los Árabes.

Nuestra tarea actual es la de buscar un modo de coexistir con los Árabes de Palestina.

También es importante aclararle a nuestras masas (sic ¡) judías que no podemos llevar adelante una política ultra-nacionalista similar a las nacionalistas-chauvinistas de otros países. Un nacionalismo extremo nuestro en Palestina podrá ser contrastado por la otra parte solo con un extremo nacionalismo en la misma medida, cosa que infelizmente casi alcanzamos".

Fue la primera y única visita de Einstein a la tierra de sus antepasados. Ya no volvió nunca ….

En el 1.952, el entonces embajador israelí en las Naciones Unidas, Abba Eban, le propuso oficialmente a Einstein, en nombre del primer ministro David Bien Gurión, convertirse en el segundo Presidente del Estado de Israel.

Einstein respondió a la elogiosa oferta con una carta: “Estoy profundamente emocionado por la propuesta de nuestro Estado de Israel, pero al mismo tiempo estoy triste, desde el momento en que me es imposible aceptarla. Pasé toda mi vida ocupándome de problemas objetivos, hasta el punto de que es escasa en mi la natural actitud y la experiencia para afrontar oportunamente las personas y ejercitar funciones oficiales (….)“.

 

(2). Gerda Taro: instante de libertad y revolución de una vida.

Publicado en la web “labottegadihamlin.it” el 3-11-2018. Traducido por Administrador, puede verse el original aquí:

https://www.labottegadihamlin.it/2018/11/03/gerda-taro/

GIORGIO CIPOLLETTA.

Gerta Pohorylle, de nombre artístico Gerda Taro, vuelve a la vida en la novela "La ragazza della Leica", de Helena Janeczek, publicado por Guanda en 2017. Después de quince años, el Premio Strega se le da a una mujer (la última fue Melania Gaia Mazzuco con Vita, en 2003. edizione Rizzoli), que cuenta la historia de otra mujer y fotoreportera alemana (quizá olvidada), Gerda Taro. Su belleza, su sonrisa heroica y feliz, vienen a la luz por las palabras intensas de la escritora italo-alemana Heñena Janeczek. Una novela que cuenta la fotografía, y la fotografía que captura la vida como una novela, casi un documental.

Para comprender mejor quién es Gerda Taro, debemos inmediatamente ponerla del lado de Endre Friedman, joven húngaro, que conocemos todos como Robert Capa, el mismo que fotografió la foto que aparece en la tapa de la novela. Próximos, inseparables como el clic-clac de un cerrojo. Libres de todo, hermanados en los ideales y en los sentimientos, pero no iguales, diferentes y complementarios. El mismo Capa, que cambió la historia de la fotografía y del fotoperiodismo con su célebre foto Miliciano herido de muerteThe Falling Soldier. Aquella foto que no es otra cosa que la versión contemporánea de los fusilamientos del 3 de mayo de Goya. Esta vez es la fotografía la que detiene en el tiempo el instante exacto en el que un hombre es alcanzado por un proyectil mortal. The Falling Soldier se publicó en la revista VU y después en Life en el mismo 1.936, en el que es realizada. La fotografía sacada durante la Guerra Civil Española es la que le dio a Robert Capa la fama internacional y al mismo tiempo el objeto de las peores críticas dirigidas a él. Realmente, se piensa que la foto fue sacada por una ayudante suya.

Volvamos a la novela de Helena Janeczek, que en el 2.018, además de “La Strega” gana también el Premio “Bagutta”. Dos mujeres, una escritora y una fotógrafa. La primera directora de la narración, la segunda protagonista de la historia de la fotografía, pero no únicamente. El 1 de agosto de 1.937, infinitas banderas rojas le dan color de conmoción al cielo de París, es el funeral de Gerda Taro, la primera fotógrafa caída en batalla durante la guerra civil española (1.936-1.939). Precisamente en aquel día habría cumplido 27 años (edad infelizmente que no trajo nunca suerte (sino que colecciona epitafios). Gerda llegó al Pére Lachaise de París seguida de un cortejo fúnebre de miles de personas, entre ellas Pablo Neruda, Paul Nizan y Louis Aragon, mientras Alberto Giacometti, con un Horus esculpido, le devolvió paz eterna.

Demos un paso atrás para no perder las coordenadas de la historia. El libro de la Janeczek se divide con algunas coincidencias en el Prólogo y en el Epílogo, añadiéndose también fotografías sacadas por la misma Taro, Robert Capa, Fred Stein, Kati Horna, Marion Kalter. Después, hay tres partes tituladas Willy Chardack, Buffalo, New York, 1960Ruth Cerf, París 1938 y George Kuritzkes, Roma 1960. Tres lugares, tres personajes, tres vidas, dos tiempos (antes-después) que giran alrededor de Gerda Taro. La primera y la última parte de la novela se conectan por un hilo afectuoso, amoroso en relación con Gerda. Chardack, joven estudiante de medicina y caballero servicial, Kuritzkes, ex-amante da Taro y comprometido en las Brigadas Internacionales, mientras Ruth Cerf, que representa la parte central de la novela, fue la amiga con la que vivió los tiempos más difíciles en París, después de la fuga de la Alemania nazi. Gerda, de algún modo, vivió siempre su libertad, al menos mientras le fue permitido, por medio de sus instantáneas y su Leica, narración valiosísima de aquellos años afectados por la crisis económica, el ascenso del nazismo y la hostilidad hacia los refugiados en Francia (era de familia judío-polaca), donde decide huir.

Precisamente en París conoce a aquel Robert Capa, judío y comunista como ella. Capa, el hombre más inclinado a confundir realidad y fición, encontró en sus manos una prueba: las flores blancas, la florista te sonríe. Gerda llevaba puesta su chaqueta de gamuza. Todo parecía de alguna manera posible. Dentro de la novela "La ragazza con la Leica" atravesamos Europa con sus totalitarismos e indiferencias, de Alemania a Francia, pasando por Italia y España, para después alcanzar los magníficos resultados americanos de la agencia fotográfica más célebre del mundo, la “Magnum Photos”, de la que Robert Capa fue el fundador junto a Henri Cartier-Bresson, David Seymour (llamado “Chim”), George Rodger y muchos otros. Se entrecruzan afectos, despedidas, desilusiones, desamores, rabias y revoluciones. Un mosaico cubista más allá del tiempo.

Belleza y aventuras son los ingredientes justos para esta receta literaria firmada por Helena Janeczek y fotografiada por las instantáneas de vida de una mujer que nos dejó un modo diferente de mirar la vida, de capturar dentro de la mágica Leica una porción de mundo, hecho de historia, revolución, amor e incluso muerte. Aquella muerte que tiene el sabor mecánico de los pedazos ensangrentados de un tanque republicano. Entre las bombas alemanas, Gerda le gritóa al colega Ted Allan: “nos vemos este atardecer en Madrid, tengo champagne ¡”, y después cayó del jeep. Taro, la rubita de hierro que Alfred Kantorowicz, historiógrafo alemán voluntario en las Brigadas Internacionales, miraba fascinado rodar en “pantalones, boina aplastada sobre los espléndidos cabellos rubios-cobre y un elegante revólver en la cintura“. Aquel mundo tan extraño y potente que para aferrarlo se arriesga incluso con caer siempre en el olvido de la historia. La fotografía, arte indisciplinada y click “mágico”, contenedor de belleza instantánea, hace resurgir la maravilla de la vida y con estupor nos deja mudos, sin aliento, donde incluso los muertos se atienden a ellos mismos. Nuestra Gerda toca la Remington como un Steinway.

 

(3). Beate Klarsfeld.

Publicado el 18-3-2012 en “Il blog di Barbara”. Traducido por Administrador, puede verse el original en italiano aquí:

 https://ilblogdibarbara.wordpress.com/2012/03/18/beate-klarsfeld/

“Hoy robo las palabras de Giulio Meotti para rendirle homenaje a una gran mujer, que siempre suscitó mi mayor admiración”.

(Barbara).

Cuando le preguntaron qué trabajo hacía, Beate Klarsfeld respondió: “Ama de casa”. Dijo que cuidaba “tres perros, dos gatos, un marido y dos hijos”. La señora, hasta mañana, cuando Alemania elija a su nuevo presidente, será para todos “Fräulein Klarsfeld”.

La célebre sicaria vengadora fue elegida de hecho por el partido de izquierda radical Die Linke como candidata a presidenta de la República Federal. La Klarsfeld tiene pocas posibilidades de victoria contra lo ex-pastor protestante Joachim Gauck, el disidente de la RDA que puede contar con el apoyo tanto de la mayoría como de la oposición Socialdemócrata y Verde.

Franco-alemana que pasó toda su vida intentando llevar a juicio a los ex-criminales de guerra, recientemente la Klarsfeld recibió la Legión de Honor por parte de Nicolas Sarkozy, mientras en Alemania una petición, a instancias de la Linke, del correspondiente reconocimiento, la Cruz de Honor, fue rechazada sin explicaciones por el Ministerio de Exteriores y la Oficina del Presidente de la República.

En Alemania o la aman o la odian. Muchos la tratan de “fanática” y en Francia el periódico “Le Monde” la acusó nada menos que de ser parte de la “extrema izquierda sarkozista”. Su candidatura tiene el altísimo valor simbólico de una iniciativa que le rinde honor a una auténtica protagonista del Novecento. Es la épica de una familia, Beate y Serge Klarsfeld, juristas aguerridos, cazadores de criminales de guerra y custodios ortodoxos y radicales de la memoria.

La historia pública de Beate comienza en el 1.968, cuando de joven escribe un texto en el periódico francés “Combat” para denunciar el pasado nazi del entonces canciller alemán de la CDU, Kurt Jiesinger. Por este artículo, Beate es enseguida despedida de la oficina franco-alemana para la juventud en la que trabajaba. Entonces la chica, de veintinueve años, tomó posición en la tribuna del Bundestag y gritó en dirección al sitio de Kiesinger: “¡ Nazi, nazi, nazi, dimite !”. Nada, el 7 de noviembre de 1.968 se desplaza al Congreso de la CDU en Berlín y le da un bofetón al canciller. Una fotografía inmortaliza sus ojos encendidos y la conmoción de Kiesinger.

“Fue un gesto simbólico: los hijos de los nazis le pegan a sus padres”, diría Beate en el 2.006 en una radio alemana. El bofetón le costó un año de cárcel. Justificando posteriormente su gesto, Beate dijo que no podía tolerar que uno del mismo partido que el criminal que deportara a su suegro a Auschwitz se convirtiese en canciller. Kiesinger, finalmente, no será reelegido y Beate obtuvo el aplauso de numerosas personalidades públicas. Heinrich Böll, premio Nobel de Literatura en el 1.972, le envió un ramo de rosas rojas. “Frau Klarsfeld, con gusto querría hablar con Vd …. lo que está haciendo es maravilloso”, le dejó en el contestador telefónico Marlene Dietrich.

Para que Alemania adoptara una ley más severa con los ex oficiales nazis, Beate incluso se hará arrestar en el campo de concentración de Dachau. Permaneció en la celda tres semanas. Tres años después intentó raptar en Colonia al ex jefe de la Gestapo de París, Kurt Lischka, que vivía allí sin ser molestado. El ex jerarca será procesado por la deportación de cuarenta mil judíos de Francia. Beate ya había encontrado un coche deportivo para llevarlo a Francia, pero uno de los compañeros, que debía golpearlo en la cabeza, no tuvo la valentía. Un fracaso. Pero todos conocieron el pasado de Lischka. Y Beate fue arrestada.

Para pedir la puesta a disposición de la justicia al nazi Alois Brunner, Beate voló hasta Siria. Pero el más estrecho colaborador de Adolf Eichmann, conocido también como “la mano derecha del diablo”, siempre se le escapó. Está acusado del exterminio de 128.500 judíos austríacos, griegos, franceses y eslovacos. Brunner, “el ingeniero de la solución final”, obsesionado con el exterminio de los judíos, hasta el punto de que en 1.985, entrevistado por el magazine alemán Bunte, afirmó “lamentar haber dejado el trabajo a medias”. La mañana del 5 de diciembre de 1.991, el teléfono suena en la casa de Brunner en la calle George Haddad en Damasco. Los servicios secretos sirios le anuncian: “La Klarsfeld llegó a Damasco”. Brunner balbucea atemorizado: “¿No me entregaréis a esa mujer?”. Gracias siempre a la conocida ama de casa, Joseph Schwammberger, oficial de las S.S. responsable del exterminio de treinta mil judíos polacos, acabó en el tribunal en Stuttgart.

Beate Klarsfeld repartió con Simon Wiesenthal los honores de la caza a los ex nazis. Pero sus biografías no podrían ser más diferentes. Dos cicatrices casi invisibles en los pulsos de Wiesenthal recordaban que intentó el suicidio en uno de los doce campos de exterminio de los que salió vivo de milagro. Ella, Beate, no padeció el Holocausto. Es la hija de un soldado de la Wehrmacht. No una judía, sino una cristiana protestante. Fue en 1.960, cuando fue a vivir a Francia y encontró a Serge, cuando sintió que la juventud alemana debía asumir la responsabilidad moral e histórica de los campos de exterminio. Fue el marido, hijo de un deportado a Auschwitz, quien le abrió los ojos.

Se conocieron en el metro de París. Tenía veintiún años. Desde entonces, Beate hizo de la persecución la razón de su vida. Una mujer siempre dispuesta a generar escándalo para llamar la atención de la opinión pública. Como cuando se desplazó a la Plaza de San Pedro para estar entre los judíos que se manifestaban contra la decisión de Juan Pablo II de recibir al presidente austríaco Kurt Waldheim, desterrado de los Estados Unidos por su pasado en el ejército nazi. Beate quería llevar numerosas bengalas a la plaza. Pero causaron un pequeño incendio en el Hotel Columbus en Via della Conciliazione, a dos pasos del Vaticano.

Beate pagó un precio caro por esta persecución del pasado. Una vez le pusieron una bomba en la casa. Otra vez hicieron saltar su automóvil. El canal televisivo ABC, en los Estados Unidos, realizó un film sobre ella, interpretado por la ex “Charlie’s Angel” Farrah Fawcett.

En 1.998 se produjo la cumbre en las empresas de Beate y Serge. En ese año no llevaron al estrado a un ex jerarca alemán como Klaus Barbie, sino a un francés, un exponente de aquella burguesía provinciana que llevó a la masacre a miles de judíos y supo reciclarse con pérfida maestría. Es el caso de Maurice Papon, secretario general de la prefectura de Gironde, fiel a Vichy, del que también el presidente Charles de Gaulle dijo en 1.968: “Es un hombre serio, una gran persona”. Los Klarsfeld fueron capaces de transformar el caso en el proceso a la Francia colaboracionista. Papon fue de hecho el único responsable del régimen de Vichy condenado por el exterminio de los judíos. Fue histórica la sentencia de la Corte del Penitenciario de Bordeaux, el 2 de abril de 1.998. “Complicidad en crímenes contra la humanidad”. Supondrá para él la etiqueta de “verdugo de Vichy”, porque entre 1.942 y 1.944 Papon mandó a la muerte a más de 1.500 judíos, ancianos y niños, sacados minuciosamente de sanatorios, casas de reposo, hospitales.

Después, los Klarsfeld construyeron la acusación contra Paul Touvier, el jefe de la milicia de Lyon. Los cónyuges pasaron años desarrollando una acción legal que fuera creíble. Y finalmente los jefes acusados hablaron por sí mismos: el atentado contra la sinagoga de Lyon en 1943; el asesinato de Victor Basch, el Presidente de la “Liga francesa de los derechos del hombre”, también en 1.943; la complicidad en la muerte de siete rehenes judíos en Rilieux, en 1.944. Touvier disfrutaba de la protección de monseñor Duquaire, el secretario particular del arzobispo de Lyon. Será Georges Pompidou, en 1.971, quien firme su declaración de rebeldía. Se desata el escándalo. La noticia suscita la reacción de las comunidades judías. Los Klarsfeld lo localizan, en 1.989, en Niza, en un convento de sacerdotes católicos integristas, bajo nombre falso: Paul Lacroix.

Si Beate es una mujer de acción, el marido Serge es un intelectual que pasó muchos años escribiendo los seis volúmenes de la historia de los niños judíos de Francia asesinados en el Holocausto. Un libro conmovedor que reconstruye minuciosamente la historia de cada una de las jovencísimas víctimas con colección de fotografías y datos personales, pero sobre todo es un libro con el cual Klarsfeld reabrió la polémica con el presidente François Mitterrand en relación con las responsabilidades del régimen de Vichy y de la figura de René Bousquet, que fue jefe de la policía de Vichy, y con el que Mitterrand mantuvo durante muchos años relaciones de amistad. “Nunca, en la historia de Francia, se martirizaran niños para no disgustar a los vencedores”.

Klarsfeld critica a Elie Wiesel a causa de “Mémoire à deux voix”, el libro en el que Mitterrand dialoga con el premio Nobel ex deportado y se detiene en su amistad con Bousquet. “Wiesel se comporta como si el soldado Mitterrand pasara desde la prisión en Alemania a la resistencia”, dice Klarsfeld. “Un Wiesel en los zapatos del cortesano. Le recrimina a Miterrand la amistad con Bousquet pero no le recuerda: señor Mitterrand, en 1.942 y también en 1.943, usted era petainista y, después, tuvo a Bousquet como amigo”. Contra el olvido de la memoria, los Klarsfeld encontraron los ficheros de todos los judíos residentes en Francia en la época de la ocupación nazi.

Hace dos años llegó otro éxito. Desde la estación ferroviaria de Bobigny, en la periferia de París, más de 2.000 judíos fueron deportados hacia los campos de la muerte entre 1.943 y 1.944, sin volver más. Los Klarsfeld obligaron a los jefes de la SNCF, la sociedad ferroviaria francesa, a reconocer su responsabilidad en las deportaciones nazis. Gracias al mea culpa del presidente de la SNCF, Guillaume Pepy, se hizo inevitable.

Hace un año, los Klarsfeld protestaron contra la decisión de incluir a Louis-Ferdinand Céline, el autor del célebre “Viaje al fin de la noche”, pero también conocido por sus panfletos antisemitas, en el listado de las Celebridades nacionales del 2.011 editada por el Ministerio de Cultura. Klarsfeld pidió “la retirada inmediata de la colección y la supresión de las páginas dedicadas a Céline en la próxima reedición”. “El ministro Frédéric Mitterrand debe renunciar a llevar flores en memoria de Céline, así como su tío, el ex presidente François Mitterrand, fue obligado a no depositar más coronas de flores sobre la tumba de Petain” (el mariscal jefe del régimen francés colaboracionista). Y todavía más: “El talento de escritor no debe hacer olvidar al hombre que lanzaba llamamientos a la muerte de los judíos bajo a Ocupación. Que la República lo celebre es indigno. ¿Hace falta esperar siglos, y no solo cincuenta años, para que puedan homenajearse al mismo tiempo a las víctimas y sus verdugos? Finalmente, Klarsfeld se salió con la suya y Céline es eliminado de las celebraciones, a pesar de que el presidente Sarkozy hubiera dicho a favor del escritor colaboracionista: “Puede amarse a Céline sin ser antisemita, como puede leerse a Proust sin ser homosexuales”.

Histórica es la militancia pro Israel de la familia. En 1.967, al desencadenarse la Guerra de los seis días, Sege va como voluntario a Israel, donde trabaja como corresponsal militar en los altos del Golán. En 1.970 Beate vuela a Varsovia, para protestar contra el proceso abierto contra los “judíos sionistas”. Se encadena la un árbol de la capital polaca y distribuye panfletos contra el régimen comunista antisemita. Es arrestada y expulsada. Un año después parte para Praga, donde está en curso otro proceso contra militantes judíos. Golda Meir, como Primera ministra de Israel, le otorgó la medalla de “Mujer de valor”. Los cónyuges Klarsfeld han atacado a la Europa que “hace concesiones al mundo árabe y está siempre dispuesta a sacrificar diplomáticamente a Israel”. Serge fue uno de los poquísimos intelectuales públicos de Francia en apoyar la guerra en Irak. En el 1.974, Beate fue la única occidental en tomar un avión para Damasco y protestar contra el tratamiento dispensado por los sirios a los prisioneros de guerra israelíes. “No dejemos que los crímenes de la Alemania de Hitler sean usados como modelo por el mundo árabe”, decía un llamamiento de Beate publicado por los periódicos de la época. En 1.975 vuela a El Cairo para denunciar a Hans Schirmer, entonces a cargo del programa euro-árabe pero que antes había trabajado en la oficina de propaganda nazi. Tres años después, el primer ministro israelí, Menachem Begin, y el Ministro de Exteriores Abba Eban la nominaron sin éxito para el premio Nobel de la Paz. En 1.979 Beate está en Teherán para protestar contra la ejecución de Habib Elghanian, líder de la comunidad judía iraní. La encontramos poco después en Beirut, donde se ofrece como prisionera a cambio de cinco judíos libaneses secuestrados por terroristas chiitas. En 1.988 Beate es expulsada de Argelia a donde se había desplazado para protestar contra la cumbre árabe. Quería presentarse con una pancarta: “El pleno y completo reconocimiento del estado de Israel es el primer paso hacia paz”.

En 2.004, Serge provocó otro escándalo en Francia sugiriéndole a los judíos que emigraran a Israel. Existía demasiado antisemitismo incluso en París. También el hijo, Arno Klarsfeld, dedicó buena parte de su carrera de abogado en la búsqueda de los criminales de guerra. Casi todos lo recuerdan apuntando con el dedo como defensor de las partes civiles contra Papon. Después, en el umbral de los cuarenta años, Arno Klarsfeld vistió el uniforme color oliva del ejército israelí. Dice haberse “sentido agredido por la política exterior de Francia, que compra su seguridad a corto plazo de las organizaciones terroristas que hoy no tienen interés alguno en golpear a un país que se opone a Israel y a los Estados Unidos”. La mecha se encendió a pocos metros del Mike’s Place de Tel Aviv, donde un kamikaze palestino se hizo saltar por los aires provocando una masacre. Aquellos cuerpos carbonizados, restos humanos abandonados sobre el asfalto, le dieron el último empujón hacia el alistamiento: se convirtió en soldado del Tsahal para combatir a las organizaciones terroristas que siembran la muerte en Israel.

En La Paz, en Bolivia, Beate se encadenó a un árbol para protestar contra la no extradición de Klaus Barbie. En 1.985, la revista americana “Life” reveló el plan de los esposos Klarsfeld, frente a la falta de extradición, para asesinar al “verdugo de Lyon”. Finalmente son capaces de hacer que lo extraditen y Barbie es condenado a cadena perpetua por el exterminio de millares de personas en las cámaras de gas (como los cincuenta niños judíos asaltados en la colonia de Izieu). Klarsfeld sabe que los criminales de guerra nunca pagan lo suficiente. Franz Nowak, responsable de los trenes de la muerte que transportaron a un millón de judíos a las cámaras de gas, pagó con seis años de prisión. Tres minutos por cada víctima. Pero capturarlos valió, de todas formas, la pena. En justificación de su trabajo de cazadora, Beate dijo: “No tienen el derecho de morir en paz en sus camas”.

Imagen: Pixabay.

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