Punto de vista de parte

 


Cuando decíamos punto de vista de parte, entendíamos por é al punto de vista obrero, ¿se puede decir así? No, después del fin de la centralidad de la industria en el lazo social – al menos en aquella que se denomina la civilización occidental - no se puede sencillamente decir así. Aquí, la parte, antes que actualizada debe ser reconstruida. Cambió la composición del pueblo. Ya no existe la clase central y en torno a ella sectores aislados, todo el tiempo y en todo lugar, quizá distinto. Existe una ruptura horizontal, de trabajadores y no trabajadores, que hace perder el peso político no solo alternativo sino antagonista del “trabajo””.

La descomposición social tiene que ser reconstruida políticamente. No es solo un tema de pensamiento crítico. Se trata de una organización subjetiva. Entonces aquí, aquello que se llama izquierda debe hacer, antes que nada, una crítica de la propia ideología: aquel aparato democrático-progresista, historicista, elitista en virtud de su juridificación, prfecisamente en la cultura de los derechos, que la alejaron del cuidado y de la representación de las necesidades reales, materiales, populares ….” (Mario Tronti, “El enano y el autómata”, Ed. Prometeo, p. 97).

En su libro “El Pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1.910-2.010)”, Selina Todd, en referencia a la 2ª Guerra mundial, señala que el conflicto atestiguara los valiosos que eran los trabajadores corrientes para el funcionamiento de la sociedad, sea en el plano político como en el económico o militar, así como los más que satisfactorios resultados que podía producir un salario digno, la planificación y la unidad nacional. Así, la clase obrera creción en incidencia política y en términos económicos gracias a la nueva demanda de fuerza de trabajo y a los derechos negociadores conquistados. Gracias al racionamiento y a la subilda salarial, Gran Bretaña era un país con un poco menos de desigualdades al cacabar la guerra que cuando esta estalló. El pleno empleo y un estado de bienestar se abría paso en su percepción como necesarios. El político y sindicalista británico Erni Bevin acuñó para referirse a los trabajadores y a las tropas que volvían del frente de batalla la expresión “nuestra gente”.

Igualmente, la historiadora inglesa señala, en un plano ya más general, que "La clase no es una identidad – el modo en que eliges denominarte -, sino lo que haces. No se define por las ropas que vestimos o la música que escuchamos, sino por nuestras relaciones con otras personas, relaciones que se forman principalmente, pero no completamente, a partir del hecho de si tenemos o no tenemos que trabajar para vivir. En lugar de preocuparnos por cuanta gente elige responder a los que hacen las encuestas qué es la clase obrera, deberíamos prestar atención a lo que E. P. Thompson llamó la "experiencia" de las personas: el modo en que reflexionan, se relaciona y comprenden en mundo en que viven. Y si lo hacemos, nos encontramos con que es más probable que identifiquen la injusticia cuando la sufren los que tienen más cerca, en lugar de ellos mismos" (Selina Todd, "El Pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910 – 2010)", Ed. Akal, p. 508).

Reflexionando sobre el papel del intelectual y su militancia, su compromiso, en “A sangre y fuego. De la guerra civil europea”, 1914-1945, el mismo Traverso afirma que un intelectual "de parte", de clase, corre el riesgo de no tener en cuenta la autonomía crítica fundamental para su tarea. Pero manifiesta que no hay que creer en las superpartes intelectuales. Al tener que tomar cierta distancia crítica de los hechos, también debe ser “consciente de lo que le une al objeto de su investigación(p. 27), en la que siempre hay un parte de subjetividad que orienta el “cómo” de los hechos que se ven en el pasado.


Imagen: Pixabay.


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