Derrota obrera
- “La derrota obrera ya se había producido cuando se materializó en el mundo el fracaso político de la construcción comunista del socialismo. Pero es el cierre de este episodio lo que ha revelado – simbólicamente - el fracaso histórico de la clase obrera. Se ha dicho: no es que no haya sido capaz el partido comunista, no han sido capaces los obreros. Mi idea es que no han sido capaces de hacerse Estado, aquella forma de la política moderna que ha producido una extraordinaria síntesis entre dominio y apoyo. Se han hecho partido. Pero, para no degenerar, el partido no debía hacerse él mismo Estado, debía funcionar solo como instrumento de su hegemonía sobre la sociedad en construcción, etapa por etapa, fase por fase, en una implementación estratégica de largo periodo. Objetivo: fundar un pueblo socialista. Pre-condición: llevar a la clase obrera desde fuera la conciencia de la política moderna y así inventar las instituciones obreras de una revolución acabada. Podían ser capaces sólo los comunistas del Novecento. Si no han sido capaces ellos, la empresa no podía lograrse. Y quizá no se logrará jamás” (Mario Tronti, "Noi operaisti", Ed. Derive Approdi, p. 80).
- “Como el laborismo en 1.945, Margaret Tatcher presentó la visión de una sociedad en la que el origen de clase no importaba. A diferencia del Partido Laborista de Attlee, ella propuso que esa nueva sociedad se creara mediante el oibre mercado y la competencia, y no a través de la cooperación. Después de las incertezas y frustraciones de la década de 1.970, su mensaje tenía atractivo para una generación que había crecido aspirando a una mayor autonomía sobre sus vidas, y había visto como la obstaculizaban propietarios, empleadores y líderes sindicales. La política más popular de Tatcher fue la venta de las viviendas públicas. No era la primera conservadora en hacerlo. En la década de 1.950, Harold McMillan animara a los ayuntamientos a vender su parque de viviendas. En 1.972 Edward Heath facilitara que los inquilinos de alquiler público comprasen sus casas, insistiendo en que las autoridades locales atendiesen a las peticiones de los inquilinos que quisieran comprarlas. Pero la Ley de Vivienda de 1.981 de Margaret Tattcher intentó persuadir a los inquilinos para que comprasen, ofreciñéndole shipoecas bajas que los gobiernos locales estaban obligados a subsidiar. En un momento en que el gobierno estaba forzando a los ayuntamientos a hacer grandes recortes de gasto, este fue un acto con intenciones y efectos claramente políticos” (Selina Todd, “El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1010-2010)”, Ed. Akal, pp. 408-409).
Hubo un tiempo en que el capitalismo industrial necesitaba la política para gestionar la lucha de clases, necesitando al Estado para remediar sus crisis. Las primeras décadas del Novecento son muestra de ello, pero el esquema funcionaría al menos algo hasta los `60 y `70. Pero, en opinión de Tronti, en la entrevista de (diaólogo con) Micaela Cuesta, “El giro comienza con la Trilateral, a mitad de los setentas: era necesario poner fin al exceso de demanda política, como literalmente lo expresaba la relación del establishment económico financiero de Estados Unidos, Europa y Japón. Así como también era necesario acelerar el fin de la división del mundo en dos grandes bloques, política y socialmente alternativos”.
Imagen: Pixabay.

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