Crisis del Partido y culturas políticas




 


. no es la causa de ello (…) Sino que la causa verdadera de la crisis de la política es la crisis del partido político. Y la crisis de los partidos viene a continuación del derrumbe de las culturas políticas(Mario Tronti, "Per la critica del presente", Ed. Ediesse, p. 136).

El populismo parece atraer a las periferias urbanas, en tanto los centros de las ciudades y los cascos históricos parecen (aun) inclinarse por las fuerzas "progresistas" y las liberales.

Hacen falta "Partidos" que merezcan el nombre de tales, que – huyendo de segmentaciones cada mes más extendidas, pero igualmente melifluas – sean capaces de crear "Programa", yendo más allá de la protesta y de la afirmación identitaria, capaces de integrar urbano y rural, periferia y centro.

¿El populismo ha nacido "desde abajo"? Mentira. Estamos, en buena medida, ante partidos anti-partido. Y es que, realmente no hay "Partido" sin organización. La falta de organización lleva a perder la relación con los ciudadanos/as, con los electores/as (muchas veces estamos ante "máquina electorales"); ¿dónde están los mecanismos internos que limiten el poder evitando la personalización de la política y el caudillismo. La organización partidaria es el modo en que el/la líder da cuenta de lo que ha decidido; no se trata solo de organizar militantes. Cuanta menos organización, más arbitrariedad, más "dirigismo", menos democracia.

Se ha reivindicado mucho el concepto de "Partido-líquido" (expresión partidaria de la "sociedad" de la que con tanta agudeza habló Zigmunt Bauman). Haciendo de la realidad virtud. Bauman definía el estado de cosas, no animaba o consideraba virtud esta liquidez. Uno de sus libros se titula "La soledad del ciudadano global"; es quí donde debemos enmarcar la "liquidez", el Partido y la sociedad sin referentes "fuertes", el Partido y la sociedad que asumen nuestro aislamiento como "individuos".

Los partidos "nuevos" no duran, no están anclados en un Proyecto, en una idea de militancia/compromiso merecedora de tal nombre, desenraizados. Sólo la Organización hace posible el enraizamiento.

¿Hace falta más "democracia directa"? Se cita mucho el ejemplo suizo, en el que en realidad se mezclan la democracia representativa y el referéndum. Cierto que la democracia representativa puede no ser suficiente, y debe haber espacio – como "mejora" de la calidad democrática – para el referéndum propositivo. Y hace falta (también), todo hay que decirlo, unas clases dirigentes que acepten los resultados refrendatarios y lleven a término lo que en estos se decida.

En el populismo (en el "Partido populista") se simplifica todo. Porque, en el fondo, todo depende de la visión del líder, de sus decisiones, de su "dibujo estratégico", de la retórica que haga resonar en la sociedad (antes en la sociedad que en el partido). Este liderazgo implica, en estas claves, conectar con exigencias sociales diversas y nichos electorales (temáticos) plurales, pero sin articular un discurso global al que pueda exigírsele coherencia. Sólo puede haber la unificación en un "contra", no en la elaboración de un Programa enmarcado en un Proyecto.

Y, finalmente, y se ve, sin partidos organizados, la democracia misma se resiente. Estamos ante una "Fuerza sin legitimidad".

Cada vez menos la participación política es mediada por el Partido. Pero la política misma se resiente en la medida en que se individualiza. A la par que Europa se americaniza. Los nuevos medios para comunicarse facilitan la relación directa cidadano/a-legislador/a (en realidad elector/a-legislador/a). Los filtros escasean y la política se emotiviza y atomiza ante la ausencia de referentes colectivos comunes.

Otro tema es el de la financiación partidaria, una de las causas de desconfianza social hacia la forma Partido. El caso alemán es interesante de estudiar: en é existe un equilibrio entre los ingresos de los partidos y los ingresos públicos; lo financiación pública llega a una cifra que como mucho es igual a la mitad de aquella que los partidos son capaces de captar por sí mismos con sus medios. Hay un techo máximo que la ley establece, quilibrándose ingresos públicos y privados; el Estado apoya, pero la Organización debe hacer su parte. Pésima es la idea (demagógica) la idea de ausencia total de financiación pública.

Los partidos deben regularse, obvio. Sólo así se puede fiscalizar la transparencia. Por el Estado y por la ciudadanía. Sólo así pueden ser democráticos y dar cuentas.

Otra cuestión es la del "Partido transnacional" (europeo, pensamos), que nos lleva en paralelo a la necesidad de democratizar la institucionalidad europea, en el sentido de darle a Europa un cuerpo que vaya más allá de una agregación de Estados-nación; pero ello requiere elecciones europeas "de verdad", con elecciones europeas simultáneas en todo el territorio y "listas europeas" de Partidos.

"Adios a la provicia roja. Orígenes, apogeo y declinar de una cultura política". Así titula el Profesor florentino Mario Caciagli un libro (Addio alla provincia rossa. Origini, apogeo e declino di una cultura politica, Roma, Carocci, 2017, pp. 384) en el que se analiza la historia del PCI y su posición de fuerte enraizamiento (incluso hegemonía) en una zona de la llamada “Toscana Roja”, donde por décadas el comunismo italiano fue seña de identidad social y rasgo diferencial de la mitad Norte de Italia. Concretamente, el área estudiada en detalle es el Medio Valdarno Inferiore.

El declinar de aquella específica cultura política fue más lento en comparación con otros territorios europeos en los que la referencia obrera / comunista. Por ejemplo, en Francia el PCF se centraba casi exclusivamente en el proletariado fabril; la caída de la URSS conllevó casi automáticamente el ocaso de la referenciación poítica en “los comunistas”, a la par que emergía un claro proceso de desindustrialización. A diferencia de ello, en Italia, la “Italia Roja” que se veía reflejada en el Partito incluía igualmente clases medias y aparceros/as. Fue, en el campo, precisamente, donde aquella cultura política “roja” se surtió de las necesarias reservas para no extinguirse. La ética del trabajo y de la solidaridad, y el “estar en el territorio” fueron el gran alimento en que se sustentó por largo periodo aquella cultura política. Así, nacieron pequeñas y medianas empresas en que ex-aparceros llevaron a cabo proyectos con la complicidad del Partito y su entorno. En una recensión sobre aquel libro, firmada por Alessandro Ambrosino en la revista PANDORA (https://www.pandorarivista.it/articoli/addio-alla-provincia-rossa-cultura-politica-caciagli/) podemos leer que “Cuando las condiciones materiales de los apareceros cambiaron, la fidelidad política se mantuvo y se transmitió a la siguiente generación”. He aquuí aquella reserva de la que hablábamos, aquella escuela de valores por décadas de la Italia roja.

Pero una cultura no se crea sin instituciones; en este caso, por ejemplo, las fiestas de L´Unità o la Casa del popolo de la localidad. Y, como trasfondo, la URSS como expresión de “otro mundo posible”.

La emergencia de la sociedad postindustrial, el declive del proletariado, el adelgazamiento del asociacionismo (con el trasfondo del colapso de que que Rita di Leo llamó “el experimento profano”) van de la mano en el mundo post-ideológico que se prefigura. La transmisión intergeneracional de aquella “cultura roja” se hace cada vez más difícil, al estrecharse y diluirse el marco referencial. Lo que queda de aprovechable se asume como valor personal, pero ya no impregna la vida social y no se liga al proyecto social y político.

Una “Epopeya del Novecento”: así califica de un modo gráfico Caciagli al fenómeno cultural / social del que habla.

Al final, ¿qué es una cultura política? Asumir que no sólo la razón guía la acción política; también lo hacen emociones y sentimientos. Así, Gabriel Almond y Sydney Verba, definieron la cultura política como “el conjunto de las orientaciones psicológicas (….) de las convicciones, de actitudes y de juicios de los individuos hacia el sistema político”. Caciagli considera “prejuicio” que se deba constrruir o asumir una cultura política “unitaria”, en tanto las culturas políticas deben ser plurales y distintas. Igual que con la organización, sin pluralidad real no hay democracia.

Procede, ahora, reproducir una entrevista recogida en 1.984, e insertada en el libro a que hacemos referencia. Estamos en el año en que el Partido recibe su máximo apoyo en unas elecciones europeas. Son (significativas) palabras de un agricultor de Marti: Quien ha debido luchar siempre no puede no ser comunista. Hemos nacido con estas ideas, hemos crecido, ¿cómo cambiar? Y además se ve que el partido lo merece. Unas décadas después aquel mundo referencial ya no existía, ni sus mitos, símbolos, rituales, percepciones de la realidad. Las entrevistas dan cuenta de ello: prevalece el egoísmo. Hemos cambiado nosotros, decía en 2.005 un asesor municipal de Fucecchio, mientras el secretario de los D.S. (los demócratas de izquierda, donde habían ido a parar buena parte de los comunistas) de Montopoli añadía: “hoy existe poca memoria histórica y demasiada televisión. La TV había sustituido a la “Casa del Pueblo”, por ejemplo.

"¿Cómo se sale del ventenio berlusconiano?", se pregunta Tronti en un artículo publicado el 12-9-2.013 en la web del CENTRO PER LA RIFORMA DE LO STATO Previamente publicado en L´UNITÁ) titulado "La izquierda y el líder" (https://centroriformastato.it/la-sinistra-e-il-leader/). El profesor romano se responde: "La pregunta correcta es: ¿cómo se “debe” salir de él? Debe ser presentada una propuesta de alcance, que se proponga eliminar la causa, pero también las consecuencias, de una larga fase de crisis de la política. No es suficiente abatir la estatua del profanador para que todo vuelva a su lugar. El berlusconismo es el ropaje antropológico de todo aquello que fue definido como Segunda República, en la edad neoliberal: populismo privatístico, individualismo posesivo y aquel grito “Maldito sea lo público”, que resonó desde arriba y se difundió abajo.



Imagen: Pixabay.

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