Utopía / Profecía
- “Si lo político es siempre profético, la política no es solo profecía, es también profecía. Y lo es siempre cuando hay estado de excepción. Después, en los largos tiempos normales, es sobre todo otras cosas: es gestión de contradicciones, es dirección de los procesos, es organización de la fuerza y mediación de los intereses, es agregación del amigo y conocimiento del enemigo (…) después es crítica del presente, y en última instancia, es, en el lenguaje de un antiguo marxismo, producción de futuro. En este último sentido, la profecía no es utopía. La utopía es una profecía débil (…) La utopía tiene como interlocutor la dimensión del pragmatismo, la profecía, en cambio, la dimensión del realismo. Pragmatismo y realismo son dos horizontes, no solo diferentes sino opuestos, de la acción política y, diría, del comportamiento humano.
Tan tranquilizadora es la utopía como perturbadora es la profecía ….” (Mario Tronti, “Dello spirito libero”, Il Saggiatore, p. 218).
- “En una carta a Ruge fechada en 1.843 y publicada en los Deutsch Französische Jahrzösische, Feuerbach escribe: “¿Qué es teoría y qué es práctica? Lo teórico es lo que está oculto en mi sola cabeza, lo práctico es lo que está imaginándose en muchas cabezas. Lo que une muchas cabezas, crea una masa, se extiende y halla su lugar en el mundo. Si es posible crear un órgano nuevo para el nuevo principio, entonces esto es una praxis que nunca quedaría frustrada”.
De este modo la escuela de los Jóvenes Hegelianos estructuró la nueva y revolucionaria relación entre teoría y práctica. Marx enriqueció esta relación con un contendio histórico concreto …..” (Shlomo Avineri, "El pensamiento social y político de Carlos Marx", Ed. Centro de Estudios Constitucionales, pp. 193-194).
Marx.
Es Engels quien, en la célebre oración fúnebre por su amigo, señala el materialismo histórico y la teoría económica de la plusvalía como las dos cuestiones revolucionarias de la filosofía del de Tréveris. Las bases teóricas del marxismo se han visto condicionadas por esta orientación.
“Je ne suis pas marxiste” (“Yo no soy marxista”) es frase que representa ya lugar común atribuido a Karl Marx. Pero, ciertamente, en ningún texto de él, ni de los escritos a 4 manos con Friedrich Engels pude encontrase la expresión “materialismo histórico”.
Reticente a plantear recetas para el provenir, con Engels dijo del comunismo que “…. no es un estado de cosas que deba ser instaurado, un ideal a lo que la realidad debe conformarse. Le llamamos comunismo al movimiento real que abole el estado de cosas presente”.
¿Qué ver en Marx, hoy?. Sin duda, no ideas para organizar una realidad irreversiblemente distinta a la del XIX en que vivió. Lo que nos interesa es el estilo, el gran estilo que decía Tronti al comentar su experiencia operaista en “Noi operaisti”. Gran estilo literario y gran método. Genuino y revolucionario. La crítica objetiva teórica nunca se desvincula de una práctica de lucha (revolucionaria), en el que un sujeto colectivo expresa una misión.
Lo que más atrae, lo que sugiere con más fuerza expresiva, es la idea del desenmascaramiento de lo que hoy casi llamaríamos “propaganda”: el ideologismo que presenta como verdades incontrovertibles aquellos postulados megaideológicos que representan concretos intereses (así disfrazados).
Por sus escritos transcurre el cruento e ilusionado XIX de 1.848 y de la Comuna. Marx es hombre (y escritor) de situación.
Y al de Treveris, aquel al que en familia se le llamaba Moro, ¿ cómo no disfrutar leyéndolo hablando de concetos, hoy tan apropiados por los “señores”, como el de “libertad”?. Aquel reino …. “El reino de la libertad sólo comienza allí donde acaba el trabajo impuesto por la necesidad (….) La libertad, en este terreno, sólo pode consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de fuerzas y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana. Pero, con todo eso, siempre seguirá siendo este un reino de la necesidad. Al otro lado de sus fronteras comienza el despliegue de las fuerzas humanas que se considera como fin en sí, el verdadero reino de la libertad, que, de todos modos, sólo puede florecer tomando como base aquel reino de la necesidad. La condición fundamental para eso es la reducción de la jornada de trabajo”.
No utopía, Profecía.
El gran pecado del Siglo XX – el siglo de la política – ha sido intentar aquel asalto al cielo. Sostenidas por masas dotadas de fuerte subjetividad colectiva.
El profeta (leamos la Biblia) no ve el futuro, no lo predice: ve el presente (críticamente, que es la única forma realista de verlo). Ve lo que otros no ven, atenzados por el sentido común con la impronta ideológica de quien comanda. Palabra y visión son necesarias. Nada que hacer en este caso para el pensamiento débil. El profeta se enfrenta a campo abierto a su tiempo.
Profecía no es utopía. De hecho, “vende bien” ser utópico, pues no se cuestiona con radicalidad el presente; a quien se cierran las puertas (los oídos) es al profeta. No define los hechos, sino que pretende producirlos en el aquí y en el ahora. Y es lucha por la libertad y ejercicio de la misma; por eso son los subordinados los que necesitan de su palabra y de su visión, pues habla desde una subjetividad colectiva que exige lo que es toda una palabra de orden: Liberación. Y cuando hay liberación, un bando se enfrenta a otro.
Nada de utopía, decimos. Somos devotos de aquella poesía fuerte de Bob Dylan clamando en el desierto, de Pasolini, del Olmo de “Novecento”.
Pero, a parte de la riquísima y fascinante literatura bíblica del llamado “Antiguo Testamento” (del “Tanaj” hebreo”9, el cristianismo nos ha dado figuras fascinantes que podemos incardinar en este campo. Y así:
GIOACCHINO DA FIORE (Joaquín de Fiore). Siglo XII.
Una concepción mística determina su visión de la historia. En sueños ve un anómalo instrumento musical. La historia humana es para Da Fiore un proceso de desarrollo espiritual, que se concreta en 3 fases: 1) edad del padre; 2) edad del hijo; 3) edad del Espíritu Santo.
Así, se encarna la Trinidad en el tiempo. Y se posibilita predecir el fin del mundo. Norman Cohn, en “En pos del milenio” sostiene que Joaquín de Fiore inventó el sistema profético de mayor influencia en Europa hasta la llegada del marxismo. De modo que inscribe (desde luego no faltan indicios de que así sea) al marxismo en esta perspectiva. Y Mircea Eliade ve en el nada menos que un precursor del Renacimiento; él, no los humanistas, él, que preconizó un “hombre nuevo”, en lugar del “hombre medio” de la llamada Edad Media (“hombre-masa”, podríamos decir hoy, con esa ideología de clase media, el elector/consmidor/ciudadano que es la base sociológica del pensamiento único). El hombre necesario, el del amor y la libertad. DiciéndoLO nietzscheanamente: “donde comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible”.
El teólogo y exégeta bíblico de la Liguria nos aporta alguna ideas sobre el profetismo más que sugerentes: “A lo largo de las páginas de la Biblia la salvación se hace más y más lejana cuanto más cercana aparece, es cada vez más esquiva, se paga cada vez más terriblemente, se implica cada vez más en la muerte; sin embargo, por eso mismo se vuelve cada vez más necesario y urgente, más desesperadamente dulce. El estertor de la muerte expresa una necesidad infinita de vida, como el primer llanto de Adán (Génesis 2, 23)”.

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