Pensamiento débil
“La parte social trabajo no puede nutrirse de pensamiento débil, no puede ser descrita como lugar difusivo, ligero, móvil, pragmático, no ideológico, sin pagar un precio político pesado, de retirada del campo, de desvanecimiento del interés, de pérdida del poder, de crisis de la organización. Tiene razón quien dice, Trentin por ejemplo: esta parte no debe ser solo representada, debe ser primero reconstruida. O incluso ser construida por primera vez. El mundo del trabajo con centralidad obrera era una realidad estructural, materialmente existente, plantada estratégicamente en el corazón de la producción capitalista: tenía necesidad de una instrumentación táctico-organizativa para elevarse a conciencia y funcionar de palanca de disolución de relaciones sociales dadas o también para cometer una sabia política reformadora. Era, por tanto, justamente otra cosa con respecto a la parte social de hoy. El dato de cambio no es dado por la sobrevenida fragmentación y corporativización de los diversos segmentos del trabajo, de la articulación contradictoria de los grupos de interés entre trabajadores. Si fuese solo esto, bastaría una buena acción sindical para reunificar el campo. El sindicato, sujeto político de un interés general de los trabajadores, lo ha intentado, pero ha fallado. Están ahora en crisis ambas perspectivas: la de la relación orgánica sindicato-partido, en el laborismo inglés y en la socialdemocracia alemana, y la de la autonomía de los sindicatos en relación a los partidos, en la experiencia del caso italiano” (Mario Tronti, "Dall ´estremo possibile", Ed. Ediesse, pp.133-134).
Zizek en la RAI.
Audio en italiano:
http://www.ilcorsaro.info/musica-arte-culture/fabio-fazio-intervista-slavoj-zizek.html
La ideología está en todas partes. Hace falta el pensamiento fuerte.
Berlusconi ha sido un mensaje de hacia donde se dirigirán nuestras democracias.
“En defensa de las causas perdidas” es el libro que recientemente había publicado Zizek en el momento de esta entrevista y sobre el cual gira buena parte de ella. “¿Cuáles son las causas perdidas?” interroga el entrevistador. Zizek es claro, rotundo, monosilábico: “comunismo”.
El esloveno manifiesta no tener nostalgia alguna por el comunismo del Siglo XX. El fiasco político y económico es claro. Pero de ningún modo puede ponerse al mismo nivel el fascismo y el comunismo. Desde el principio en el comunismo hay debate, un debate interno. Por otra parte, hay una memoria reivindicable; desde el comunismo puede argumentarse que el poder traicionó los ideales de la revolución, pero a nadie en Alemania se le ocurre argumentar que Hitler traicionó el “verdadero nazismo” y por ello es condenable. El comunismo ha sido un gran proyecto emancipatorio.
Los `90 fueron la década de la utopía de Fukuyama, pero es claro que hoy existen problemas que no son resolubles en el marco del orden existente: ecología, biogenética, propiedad intelectual, … se trata de problemas de todos nosotros.
En el socialismo real era peligroso para la nomenklatura creer fervientemente en el sistema, expresar esto. Él es subversivo porque ejerce de “stalinista ingenuo”.
Una de las máscaras del poder es la imposición de la obligación de gozar. El derecho a la felicidad se ha transformado en el “deber de la felicidad”, como manifiesta en su libro. Cuando se juega con el binomio democracia – felicidad, asoma el peligro totalitario. Controlarse, no caer víctima del propio placer … la pasión desaparece de nuestra vida.
En la misma línea, hoy se llega a la “política sin política”, formula agudamente Fabio Fazio, el entrevistador.
El sistema tiene necesidad de la existencia de un capitalismo autoritario como el de Putin.
Los intelectuales (Enzo Traverso).
"¿Qué fue de los intelectuales?", se pregunta el historiador piemontino Enzo Traverso en un libro que lleva el mismo (interrogatorio) título (Ed Siglo XXI, 121 pp).
Y viene a cuento del llamado "pensamiento débil" y que guarda relación con lo técnico/tecnológico/aséptico, el sentido común de masas hegemónico. Traverso nos pone en los zapatos del "experto", el gurú al que continuamente se nos remite para ver con sus ojos la realidad. En la página 87 del libro citado nos encontramos este interesante fragmento: "Por otra parte, el experto tiende a convertirse en un técnico de gobierno.Dicho de otro modo, corre el riesgo de volverse un intelectual orgánico de las clases dominantes. Mario Monti encarna la dominación convertida en pura gestión técnica: rector de la universidad Bocconi de Milán entre 1.994 y 1.996, en 2.011 llegó a ser primer ministro y tuvo a su cargo la cartera de Economía. Conformó un Gabinete con “expertos” y “técnicos” que no pertenecían a partido político alguno. Según explicó, sus políticas de austeridad son super partes. No las inspiraba la ideología ni el interés partidario, ya que derivan de la expertise y son formuladas en base a competencias indiscutibles. Criticarlas sería prueba de sectarismo. Estos son los nuevos “reyes filósofos” de la era postotalitaria y postideológica. Por todo ello, no me gusta demasiado el concepto de intelectual específico”.
Y, en la misma línea, en la página 100 reivindica al Marcuse de “El hombre unidimensional” y su diatriba contra la supuesta neutralidad de la tecnología. Nos habla así el historiador italiano: “Desde esta perspectiva, Herbert Marcuse no se equivocaba al criticar, en El hombre unidimensional (1.964), el mito de la neutralidad de la tecnología, ya que esta última tiende a desarrollarse según una lógica que le es propia y que la convierte en un dispositivo de dominación y alienación. Una nueva utopía forzosamente deberá quebrar este mito tecnológico, pero también deberá tener en cuenta el fuerte grado de autonomía de los individuos en el mundo contemporáneo, en el que la tecnología ha moldeado nuestro modo de ser. Comparto la idea de Philippe Corcuff: la liberación colectiva y el despliegue o la satisfacción personales no son contradictorios sino que deben pensarse en conjunto, de acuerdo con una perspectiva cooperativa y no competitiva”.
Ciertamente que el pensamiento débil no es neutro ni tiende a la neutralidad. Si a alguien daña es la los proyectos emancipatorios, a los sectores subalternos, a los necesitados de liberación. El precio de perder identidades fuertes es una desprotección política absoluta, un des-empoderamiento total. Reconstrución (o construcción en base a sujetos más diversos y plurales) de las subjetividades subalternas: eso es lo que pide el momento. Y, como apunta Tronti, hace falta “algo más” que el Sindicato para esa tarea de reconstrucción …. O construcción.
Despolitización. Fetichismo tecnicista (Schmitt).
El llamado "progreso tecnológico” (y, en definitiva, la ciencia misma) deben ser objeto de crítica. Es necesario explicitar sus peligros, riesgos y amenazas, cuando los haya. La confianza incondicional a veces adquiere tintes casi sagrados.
De todos modos es necesario partir de la premisa de que la religión y el progreso técnico han mantenido una estrecha relación en nuestro mundo occidental, retroalimentándose y batallando en conflictos. Al margen de ello, es Carl Schmitt quien nos habla del progreso técnico como religión en un importante ensayo titulado “La era de las neutralizaciones y despolitizaciones”.
Para el jurista alemán, desde finales de la Edad Media en cada siglo el continente europeo contempla en sus “centros de referencia” un desplazamiento (como las poblaciones interpretan el mundo y actual en él). ¿Qué es el “centro de referencia”? ¿Qué lo caracteriza por sobre todas las cosas?. El rasgo central es su “neutralidad”, aquella zona en la que se suspende el conflicto y no actúa la dialéctica amigo-enemigo, un espacio despolitizado.
Así, si en la Edad Media el referente continental era la teología cristiana (católica), este era el terreno de juego indiscutido. Pero surge la Reforma luterana y entonces la religión ya no es escenario de paz sino precisamente de conflicto. Se necesitaba un nuevo centro de referencia: el centro pasa (según la versión schmittiana) de lo teológico a lo metafísico (Siglo XVII), tomando el testigo en el XVIII el Moral-humanitario. El avance de la Revolución industrial desplazó el centro a lo técnico-económico – Siglo XIX -. Es de esta nueva configuración de la que surge la “religión del progreso técnico”.
La tecnología representaba, así, la neutralidad. Estaba fuera de la política. La apariencia de neutralidad es inmejorable: la abstracción y el cálculo de científicos y expertos, ¿cómo va a ser política?
La denomina “religión”, pero ha de entenderse este término en un sentido amplio a lo Erich Fromm, “un sistema de pensamiento y acción compartido por un grupo, que ofrece al individuo un medio de orientación y un objeto de devoción” (de modo que no está en estrecha relación con lo “divino” y/o “sobrenatural”). Definición dada en su libro de 1.976. “Tener o ser”. Patiendo de este concepto de religión, el progreso técnico lo sería en tanto es religiosa la creencia en la capacidad del desarrollo tecnológico y científico para no sólo resolver problemas, sino también para dar sentido y, en definitiva, guiarnos a la salvación.
El progreso técnico contaría, entonces con 4 rasgos que lo avalan como religión: 1º) “Verdad”: la ciencia marcaría los límites de lo que el ser humano puede comprender del mundo; 2º) “Neutralidad”: en tanto para cada cuestión hay una sola solución; si solo hay una, no hay espacio para el conflicto, para la política. Y además de ello, al ser la única respuesta, lo científico-tecnológico dá respuesta a todas las grandes preguntas que desde siempre han caracterizado lo humano; 3º) “Inevitabilidad”: la incesante evolución del conocimiento técnico se explicita como creencia; a la par que lo tecnológico es inevitable, hay un claro determinismo. La tecnología se hace algo “autónomo” e incontrolable por los agentes humanos; 4º) “Salvífico”: el supremo bienestar solo puede conseguirse a través de la tecnología. Sus posibilidades son ilimitadas.
Schmitt entiende que al hacerse “religión” el progreso técnico, eso lleva a que la sociedad se despolitice. La idea de que es posible la existencia de una única verdad, “objetiva” y “neutral”, hace que el “conflicto” sea ininteligible, reduciendo, al fin, la pluralidad en el cuerpo social. Lo político es pura Administración. Así, la mejor solución gubernamental es la tecnocrática. La democracia se vacía, pues el debate no procede.
En realidad, se observa en los últimos tiempos que la “neutralidad” tecnocrática se convierte casi en una religión, pues (es tal la deslegitimación de lo político) al presentarse como apolítica, adquiere una vitola de seriedad, de objetividad, de rigor. El concepto de “elección” decae y la democracia y el parlamentarismo quedan sin sustancia, sin razón de ser. Pero es que además sólo el progreso técnico puede hacer cambiar las cosas, de modo que las organizaciones representativas de intereses sociales son un cuerpo extraño, algo que está de más.
Pero aquí vuelve a entrar por la puerta Schmitt para advertirnos de que, en realidad, el “centro de referencia” es el producto de determinada elección, el resultando de haber optado entre alternativas. Lo cual es aplicable igualmente a la técnica. Los valores e intereses necesariamente están detrás de lo que se crea, de lo que se inventa, porque siempre hay un “para qué” conectado a un “para quién”. La tecnología está inscrita en los procesos políticos.
El progreso técnico como religión no elimina el poder, la moral, la ideología; lo que hace es enmascararlos. Hay lucha de clases, como hay otras, hay conflictos con “vencedores” y “vencidos” …. el problema es que la religión de progreso técnico dificulta considerablemente su politización al cercenar la percepción de lo real y de lo posible desde el altar de la verdad absoluta.
El experto se ve tentado y es tentado a convertirse en un técnico al servicio del gobierno. Un intelectual orgánico del proyecto ideológico dominante. Con la concepción de clase (vestida de aparente neutralidad) que ello comporta.
Mario Monti es la expresión última de esta tecnocracia. Cuando, en 2.011, accede al Gobierno de Italia forma un gabinete de expertos sin militancia partidaria, pues la austeridad "está por encima de la ideología", "no es de derechas ni de izquierdas". Recetas de expertos, parece ser. Criticar las recetas que desde la tecnocracia se ofrecen es muestra de maniqueísmo, de ideologismo apriorístico, de vulgaridad populista.
En su libro "Qué fue de los intelectuales?", el historiador italiano Enzo Traverso nos habla de ello, retomando a Marcuse: “Desde esta perspectiva, Herbert Marcuse no se equivocaba al criticar, en El Hombre unidimensional (1.964), el mito de la neutralidad de la tecnología, ya que esta última tiende a desarrollarse según una lógica que le es propia y que la convierte en un dispositivo de dominación y alienación. Una nueva utopía necesariamente deberá quebrar este mito tecnológico, pero también deberá tener en cuenta el fuerte grado de autonomía de los individuos en el mundo contemporáneo, en que que la tecnología ha moldeado nuestro modo de ser. Comparto la idea de Philippe Corcuff: la liberación colectiva y el despliegue o la satisfacción personales non son contradictorios sino que deben pensarse en conjunto, conforme a una perspectiva cooperativa y no competitiva” (Enzo Traverso, “¿Qué fue de los intelectuales?”, Ed. Siglo XXI, p.100).
Cuatro instancias eran nombradas por Carl Schmitt para designar 4 modos diferentes para la neutralización de lo político: lo teológico, lo metafísico, lo técnico/económico y lo moral/estético. Micaela Cuesta, en una interesantísima entrevista a Mario Tronti sugiere agregar a la lista un quinto elemento, completando a Schmitt, la jurídico-judicial “para poder hablar de un proceso de judicialización de la política que, potenciado por el discurso moral de la corrupción, debilita toda auténtica acción política” (https://www.revistaanfibia.com/pensar-a-largo-plazo-y-actuar-en-el-corto/).
Giuseppe Provenzano, uno de los dirigente del italiano "Partito Democratico", en un interesantísimo libro titulado "La sinistra e la scintila", entre una de las importantes ideas-fuerza que el libro contiene es la del ataque al liberalismo vacío" y la tragedia que ello ha supuso para lo que denominamos "izquierda": “Es el haber permitido, también en la izquierda, la afirmación de este liberalismo “vacío”, lo que llevó el discurso público a la primacía del mercado, la democracia a la dirección tecnocrática y directiva. Es esto lo que marcó la derrota de la política, lo que despolitizó a la sociedad, porque la política no puede reducirse a una mera competición entre programas, por lo demás restringido cada vez más en una verja de vínculos externos y compatibilidades, sino entre concepciones diferentes del carácter que darle la una comunidad, los objetivos, los fines, los valores” (Giuseppe Provenzano, "La Sinistra e la scintila", Ed. Donzelli, 2.019, p. 196).
Imagen: Pixabay.

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