Corazón de las tinieblas

 


 

Mister Kurtz, en “Corazón de tinieblas” de Joseph Conrad, para mi es el Novecento (Mario Tronti, “Dello spirito libero”, Ed Il Saggiatore, p. 60).

Escrito en 1.898, novela breve, pero con palabras fuertes – que expresan verdades fuertes – que van directas a las entrañas.

Partiendo de Londres – metrópoli y capital imperial por excelencia – para adentranos en el corazón latiente del África negra, viviendo entre traficantes de marfil e indígenas esclavos tratados como subhumanos.

El mal existe y, por decirlo quizá cristianamente, el corazón del ser humano está herido por la herida del mal. Conrad clava un cuchillo en las entrañas de nuestra alma. Echa sal en la herida. Hace falta una lectura valiente. Seguramente haría suyas las palabras que Kafka escribiría: Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡ seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro ! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo””.

Un libro que, ciertamente, nos hace sentir desterrados a remotos bosques, lejos de toda presencia humana, “un hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Así es el libro que nos hace penetrar en el corazón de las tinieblas …. y que nos hace ser penetrados e invadidos por el corazón de las tinieblas.

El mundo es más que una serie de aconteceres y vivencias, así como la literatura tiene ser algo más que entretenimiento y esa mezcla de placer y esfuerzo. La lectura (esta lectura) es el hacha que se clava despiadadamente en nuestra cotidianidad meliflua. Si no, ¿para qué leemos?. Si no, ¿para que escriben para nosotros? Para qué, si no para desgarrarnos y despedazarnos durante un brevísimo tiempo, al menos.

Decía la escritora estadounidense Susan Sontag que leer literatura es el “pasaporte de entrada a una vida más amplia; es decir, a un territorio libre”. Porque “¿Quién seríamos si no pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos, al menos un rato?Porque para la Sontag, un escritor, una escritora, es alguien que presta atención al mundo, lo cual implica relacionarnos con la maldad sin corrompernos, tratando de comprender a la vez que mantener el equilibro sin deslizarse a la superficialidad o el cinismo. Y, pensando en el tenebroso libro de Conrad, nos preguntamos con la neoyorquina: “¿Qué seríamos si no pudiéramos sentir simpatía por quienes no somos nosotros o no son los nuestros”?

Por eso literatura es libertad, la búsqueda de encontrar en el lector, en la lectora, un espíritu libre. Un alma que quiera ser libre.

Volvemos a Conrad. Volvemos a las tinieblas y su corazón …. Libro negativo y tétrico, oscuro. En la naturaleza salvaje, en aquel desamparo a cien mil millas de todo, descubrimos la naturaleza humana en su maldad y carácter despiadado.

Tronti nos decía que el Novecento, para él, era este libro. Del Siglo XX se ha hablado mucho como siglo corto, poniéndole fin el la Caída del Muro de Berlín. Pero podemos acortarlo más …. irnos al Mayo del 68, por ejemplo (en que cambian paradigmas, prioridades y marcos de referencia social). O ejemplificar con alguna creación artística que revele (en cierto modo) el fin de un mundo que no se sabe por qué va a ser sustituido. Y la preserverancia del mal en el corazón humano. Pensamos en “Apocalipsis Now”.

Para muchos inspirada en el libro de Conrad, lo que se narra, pero también el mismo rodaje, fue una odisea con tintes de epopeya, más allá de más de una suprema interpretación. ¿Quién olvidaría al coronel kurtz?

Francis Ford Coppola toma la estela de Conrad, se apropia de la obra y la reinterpreta.

El capitán Willard toma la senda del conradiano Marlow; oficial de las fuerzas especiales, sin ideales y sin bandera a la que servir, el hombre solitario se convierte en asesino a sueldo del Gobierno. Le es encomendada la misión de llegar a Camboya para encontrar al coronel “boina verde” Kurtz, enredado en una guerra a muerte y sin tregua contra el Vietcong, al margen de las órdenes de las Fuerzas Armadas. Pero la orden de desembarazarse de Kurtz no deriva de las masacres de las que es cerebro, sino por haber dado órdenes de ejecutar a personas alidadas del ejército estadounidense: las fuerzas armadas de Vietnam del Sur, y ello por entender que en realidad se trataba de espías bajo las órdenes del Vietcong.

¿Terrorismo? Mencionamos la palabra por el dilema ético que se plantea en la secuencia de hechos y diálogos del film: el asesinato de masas es considerado legítimo si es practicado en nombre de la razón de Estado, pero la actuación es condenable al apartarse de esos parámetros al realizar algo que con objetividad es exactamente igual: asesinatos de masas, masacres.

El corazón de las tinieblas no alude sólo a personas concretas, sino a una nación en su conjunto y al aparato estatal muy en particular. Una guerra sin sentido en un escenario apocalíptico y psicodélico. Pero los personajes implicados, en este modo individualmente, son devorados, fagocitados, por las tinieblas de la lejana selva.

El corazón de las tinieblas”, nos decía Mario Tronti, y concretamente míster Kurtz es para él el Novecento. Un siglo cruel, indomable, poco dado a la espectacularización barata, donde cada palabra es la guerra, inicio y fin de la esperanza. Más allá de la cual están los Padres del desierto, una nueva especie fundadora. Esperando los caminos que deben (deban) ser andados.


Imagen: Pixabay.


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