Animal político / animal religioso
- “Alguien ha hablado del hombre animal político, nadie de animal religioso. Existe una insuficiencia del ser humano, un imperfectismo, más histórico que natural. No nos bastamos a nosotros mismos. Somos seres fundamentalmente con carencias, como nos ha mostrado la mejor antropología moderna y contemporánea, in primis, Arnold Gehlen. Tenemos necesidad de algo que no podemos darnos por nosotros mismos (…).
No todo de la historia está en nuestras manos (…) Existe una zona de misterio a cultivar con dedicación, como recurso también nuestro y frente a la cual conviene detenerse a contemplar (…) he compendido que el pensamiento, y tanto más el revolucionario, el pensamiento fuerte que quiere desbaratar el orden de cosas, no es sólo análisis y solo reflexión, es también comtemplación. El rumiar la Escritura de los Padres del desierto es nuestro mirar para ver, no solo para conocer, es el fijar los invisible de las necesidades de redención y de vendetta de los hombres y de las mujeres simples de nuestro lado” (Mario Tronti, “Dello spirito libero”, Il Saggiatore, p. 223).
- “Tener psique, al contrario que tener alma, supone estar exento de toda responsabilidad trascendental, cósmica e incluso colectiva.
La pisque es radicalmente individual e inmanente, y solo apunta a sí misma” (Eva Illouz, “El futuro del alma + la creación de estándares emocionales”, Ed Katz, p. 11).
1) “Un monje sin indulgencias”.
Publicado en IL MANIFESTO el domingo 26 de Noviembre de 2.000, fue tomado (y traducido por Administrador desde la web “http://chiesa.espresso.repubblica.it“, donde se publicó el 7 de diciembre de 2.000. Texto en italiano: aquí:
http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/7304.html
ROSSANA ROSSANDA.
Se ha apagado en Camaldoli Benedetto Calati, un monje raro que amábamos y que nos amaba y para nosotros, que no esperamos la eternidad, perdido para siempre. Estaba advertido del final, había saludado a los hermanos que habían subido entre viento y lluvia a decirle adiós, pero se había protegido de bendecirlos, como para permanecer lo más desnudo entre ellos. Y después se había obligado a volver a la celda, lejos de la agitación que circunda también a la muerte, reteniendo con un gesto solamente a Emanuele Bargellini, que lleva a sus espaldas la responsabilidad del convento, su mano en las manos de él, hasta que la ansiedad de la respiración se fue sofocando en el sueño del final.
Tenía 86 años, era delgado como una rama seca, los grandes ojos oscuros estaban devorando el rostro demacrado. “Benedetto tiene ochenta años”, había telefoneado riendo un cierto mes de marzo; nadie ama la vida como quien ve en ella una maravilla de Dios. Había nacido pobre, Luigi Calati, que después había elegido el nombre de su orden, los benedictinos, en la compañía del tarantino, y de niño su familia lo había internado en el convento de los carmelitas en Mesagne. De aquella generosa campiña había contado una vez en Montegiove, haciendo sobresaltarse a un obispo que se había presentado inesperadamente, que la procesión del Corpus domini se detenía bajo el balcón de los señores del pueblo, porque ellos no participaban entre el vulgo. Había nacido rebelde, pues a los 16 años había escapado una noche hacia Camaldoli, donde le habían dicho que la palabra era estudiada “sine glossa”, sin el filtro de la interpretación obligada o consentida. Y de Camaldoli se había convertido en el guía en 1.969, con obediencia pero con el corazón libre, que era la única cosa libre que la iglesia dejaba entonces y que le había enseñado su texto predilecto, los escritos de Gregorio Magno, el Papa que había sido el prefecto de Roma y después se había recogido en el Celio, mientras la unicidad del imperio era atacada por la irrupción de los bárbaros/el otro, abatiendo la arrogancia del mismo. Gregorio, el único pontífice que había dicho: “El último de los creyentes puede interpretar la palabra como yo”.
Pero después a la iglesia se le había olvidado no inocentemente, y la que Benedetto había conocido de joven era cerrada y vigilante hasta los reproches del Santo Oficio, presto a retirar la enseñanza, incluso hasta excomulgar, también a los más grandes. Así que en primer lugar, aunque en silencio, había vuelto a abrir Camaldoli a su rol histórico de paso. Lugar de parada, acogimiento y escucha de los viajeros que atravesaban Italia. A Camaldoli, en los siglos pasados, llegaban de Florencia también los Medici y aquí habitualmente acudían los amigos inquietos y también alguno nuevo importante, que Benedetto escrutaba reconociendo, con una sonrisa, “un pobrecito criado en las sacristías”.
Y al mando de Camaldoli había permanecido hasta 1984, cuando algún empleado de Roma lo había inducido a abandonar. Pero en aquel momento el monasterio había cambiado, estaban sus alumnos y amigos, y él se mantenía como referente – no la autoridad, término que no le gustaba -. ¿Un centro de plegaria y obras, investigación teológica y música, abierto al mundo, no llegaba a decir que quizá todo monje habría debido trabajar fuera, y después volver a entrar, para no ceder al apartarse de la vida real de los hombres? Por su parte, él descendía a Roma, enseñaba en San Anselmo, visitaba las otras casas y a los grupos que lo llamaban.
Y en verano venía a Montegiove, la hermosa casa benedictina un poco inclinada sobre Fano, donde se reunían creyentes y no creyentes, definición a la que él no podía dar menos importancia, pues Dios, estaba escrito, había amado el mundo, no solo a los fieles. En Montegiove se discutía de los temas y de los dilemas sapienciales, aquellos que en última instancia no son distinguibles entre religión y religión, religión y laicidad - el cristiano tiene a mayores la fé, que es un don y una virtud, pero algo menos esencial que el amor. Leía para nosotros los textos que más amaba - ¿pero por qué vuelve sobre Gregorio? -, se preguntaban a veces los hermanos más jóvenes. Pienso que era porque era el pontífice que había dicho: estad solos frente al texto. Y en sus palabras, en las investigaciones de los biblistas, y en nuestras preguntas u objeciones o respuestas, Benedetto se escuchaba a sí mismo, veía la profecía como un anagrama de la historia, y entre él y el tiempo veía inscribirse el camino de los hombres. Por lo demás, un solo errror le parecía una culpa y era el poder, el poder sobre las mentes, el poder del mando y de la riqueza. Había sido el edicto constantiniano, el pacto entre la iglesia y el poder terrenal, la verdadera gran culpa. Para quien no tenía poder y buscaba con él, mostraba una insaciable curiosidad y ternura, Eran los amigos y las amigas, a quienes escribía como Gregorio: “¿Por qué no vienes? Toda Roma te espera”. Pero no era verdad nada, añadía riendo, no era Roma, era Gregorio quien esperaba.
En Montegiove lo escuché por primera vez, me lo había propuesto Adriana Zarri, hablaba sobre la ley, la conciencia, la libertad y ponía la libertad en primer lugar. No sucede habitualmente que un sacerdote hable así, pero Dios nos ha hecho libres, recordaba. Libres de pensar y libres de escuchar. También algunos años después, cuando hablamos del exilio, reivindicó para el monacato no la fuga del mundo – rechazaba el contemptus mundi, el desprecio del mundo predicado por la iglesia devocional – sino el reiro del yo con la palabra, sin la ley como intermediario. El monacato ha sido la libertad de la iglesia naciente. Al convento hacía falta volver para continuar saliendo entre la gente.
Él continúa moviéndose de la celda al mundo. Y dado que los monjes están locos, salió también un julio sin piedad, cuando el sol del mediodía lo cogió en viaje, y un ictus lo golpeó cruelmente, bloqueándole la mano y la palabra, el escribir y el hablar, el enlace entre él y los otros. Nadie de nosotros olvidará el fuego de sus palabras breves y apasionadas, que ninguna página devolverá nunca.
Desde el límite y la humillación de no ser capaz de desentrañar los sonidos y dominar el bolígrafo, había salido solo, huyendo reservadamente a las afectuosas órdenes de los médicos - no podía sentir las manos sobre aquel cuerpo que nos explicó una vez sorprendiéndonos otro benedictino, Teodoro Salmann, aprendía del monacato una lograda compostura; que, según Paolo, nos explicaba el biblista Barbaglio, es cosa de Dios -. No sé qué pensaría de ello Benedetto. No le gustaba ni sufrir ni debilitarse, y había sido capaz de salir fuera sólo, obstinado, la palabra solo un poco impedida y la mano apenas algo detenida. Había debido renunciar a las lecciones en San Anselmo, disminuir los viajes, evitaba los pasos, como las largas escalinatas de Celio, donde debía ser ayudado. No amaba la idea de la muerte, tenía miedo de ella, me dijo un día que hablábamos sobre el diluvio, él inquieto (….) y yo agobiada por las insuficiencias con que está terminando mi camino. Me dicen que útimamente se había reconciliado, reconciliado con el final de la maravillosa vida, esta vida, atravesada del tiempo que la devora, ansiedad y dudas y la felicidad de las criaturas: amaba a San Francisco más por el Cántico de las criaturas que por la pobreza, él que no tenía nada y no vio nunca en el bellísimo hábito blanco de su orden, él que andaba en pantalones y jersey, un pañuelo en el cuello.
Pero debía estar ahora lleno de rabia, si esta palabra puede atribuírsele, o quizá un exceso de amor frustrado por la iglesia que había sido su pasión. Como ha dicho este verano a un amigo (Raffaele Luise, “La visione di un monaco” Cittadella Editrice, pag. 95, Assisi, 2000) había visto en el Concilio Vaticano II la realización de la esperanza de que la iglesia reencontrase el espíritu del Nuevo Testamento y la sabiduría del Viejo. Esperanza alimentada en un largo silencio, porque los últimos papas “Tenían miedo de la laicidad, miedo del mundo profanado”, ignoraban que “Dios no habla de amar a los fieles, sino de amar el mundo”. Pero después había venido el milagro de Juan XXIII, “hijo de campesinos que llegó a ser papa – contra toda diplomacia y regla - porque era tan viejo ….. nos lamentamos también nosotros por aquel papa viejo antes de descubrir que era joven”. Y recuerda la risa liberatoria con la que lo vieron llegar al Vaticano “sobre la silla de mando con la tiara en la cabeza y la línea de losa calzoncillos mal ajustada. Finalmente reímos” -. Habían sido liberados del papa “que nos ha dado el Concilio, esto es, el primado de la palabra de Dios más allá de toda jerarquía humana, cristiana, católica”.
Pero después han venido las paradas, las prudencias (es severo Benedetto con Paolo VI) y, en fin, la concesión a las pompas y al oropel y a la mediaticidad del suntuoso jubileo, y aquella lluvia de vergonzosas indulgencias y beatificaciones, incluso Pio IX. Ya el año pasado había hecho un gesto severo en este sentido en Montegiove. Ahora en la entrevista a Luise, la acusación es despiadada. Sí, había esperado que el Concilio hiciese salir a la iglesia de aquel estado en el que “no existía ya sombra de vida, los fieles debían ser más que fieles, obedientes”, como los súbditos de una república pagana, todos bajo control. El diálogo ecuménico se abría entre religiones y entre los hombres y las mujeres, “hombres y mujeres como iguales, que son ellos la iglesia, el pueblo de Dios”, ya no solamente cardenales, papas, curia y obispos. Pueblo en el que cada uno “conserva la revelación en su corazón como María”, la hermana de Marta, “porque la iglesia no inventa la verdad, la custodia”. Pero entonces, se le ha preguntado, ¿el Santo Oficio? “Debe ir a farsi frigere*”. ¿Y la Congregación de la doctrina de la fe? “Una expresión sin sentido”. ¿Ya circulan las voces condescendientes, cuando nunca un monje habla así? Benedetto no salva uno de los aparatos ideológicos de la iglesia, mucho menos la curia: ¿no han recriminado con severidad las palabras del padre Dupuis, mientras elogian al Opus Dei y Comunión y Liberación? Las instituciones del Vaticano son rediduos, temporales, históricos. ¿Pero, entonces, la infalibilidad del papa? También esta histórica, reciente. ¿Y el papado? La iglesia debería ser de todos, de las “comunidades locales con su presidente y, espero, su presidenta”. ¿Entonces, la exclusión de la mujer de la administración de los sacramentos? Es una no comprensible exclusión histórica, un error, una culpa. ¿No son las mujeres las que habían permanecido con Cristo bajo la cruz mientras todos los otros, incluso Juan, huían? ¿No es a María a quien Cristo resucitado se dirige en primer lugar: ¿María, no me reconoces? No era cierto que faltasen a la última cena y si una mujer ha evangelizado Fermania, quiere decir que administraba los sacramentos (Luise anota: no está probado históricamente). ¿Y el amor? El amor es lo que más cuenta. Es el paradigma de la cristiandad, el sentido de la iglesia. ¿Y el amor carnal? Si, también este, el del Cantar de los cantares, de San Juan de la Cruz, de Abelardo y Eloísa, comprendidos por Pedro el Venerable, la unión de los cuerpos. ¿Y la obligación del celibato? Una prevaricación de una pirámide machista como es la iglesia romana. El celibato no puede más que ser una libre eleccción del monje.
Sobre este último Benedetto, que ha reunido fuerzas para reordenar aquello que con voz un poco más baja siempre había dicho, el silencio del Vaticano cayó como una losa. Pero quizá hablará a muchos cristianos que se reconocerán en ella.
2) Luigi Francesco Ruffato. Un texto sobre Benedetto Calati.
“Benedetto Calati, il profeta di Camaldoli”, se titula un texto de la autoría de Luigi Francesco Ruffato, cuya lectura es muy recomendable. Lo tomamos de la web “messagerosantantonio.it” y reproducimos aquello que nos parece más interesante o significativo del texto.
“Dios es un beso”, leemos. “Es el amor lo que crea la novedad y convierte en eficaz el testimonio de los cristianos y el gobierno de la Iglesia”. Refirieńdose a su sucesor, leemos: “Don Emanuele Bargellini, su sucesor en la dirección de Camaldoli, testimonia que “el beso de Dios ha inspirado y marcado su experiencia como hombre y como monje”. Asi, Benedetto Calati , según Bargellini, “Ha creado una extraordinaria comunidad ampliada en torno al Jesús del Evangelio”.
“Poesía y fe”, se titula el siguiente apartado del artículo. “La poesía es el nuevo lenguaje de la fe”, se nos dice, a la vez que “La humildad es el estilo elegido por Dios para manifestar su amor”. Por otra parte, Calati “Miraba la vida como una maravilla de Dios …”.
“Amado y rechazado” continuamos leyendo en los títulos del artículo. Y es que a un año* de su muerte son sobre todo los laicos los que reconocen su “abrazo gratuito y paterno”, de aquel que “reivindicaba el derecho a un corazón libre”.
Siempre vivaz y fresco en el pensamiento, el “prega e labora” de San Benedicto “es una norma actualisima”. Y es que “La vida monástica no puede coincidir con un compromiso intimista …”.
“Apóstol de los laicos” se titula el siguiente apartado del artículo de Luigi Francesco Ruffato. Trae aquí unas significativas palabras de B. Calati: “La laicidad es la verdadera palabra evangélica”, y Jesús es laico, como la Iglesia debe serlo. Igualmente (remitiéndose una vez más a las palabras de Benedetto C.: “La Iglesia no es la ciudad de los católicos, en defensa y conquista de los intereses católicos , sino que vive en el mundo y está al servicio del mundo … está constituida por todos los justos (comenzando por Abel)”.
Unas palabras muy especiales para la comunidad monástica: “Alimentaba una particular ternura para su comunidad monástica. Deseaba que cada monje fuese él mismo, no por obediencia, sino por amor”. En este ámbito, cita a Benedetto Calati: “Creo que tengo una capacidad visual muy atenta y fotografío la mirada de un hermano cuando tiene alguna preocupación; entro en sintonía con él sin hablar; las más de las veces no sabría qué decirle. Mi diálogo ha sido más una proximidad, una presencia atenta, una espera vigilante. Jamás me he impuesto con mi autoridad. He preferido esperar el momento más oportuno para escuchar y comunicar en verdad …. Sólo un monacato impregnado de amor y redundante amor es creíble.
“Un monje raro” decía Rossana Rossanda. Se trata del siguiente apartado del artículo de L.F. Ruffato, pero alude al mismo que ya hemos transcrito.
Finalmente, Luigi Francesco Ruffato termina con estas hermosas palabras: “Los confratelli recuerdan sus últimas palabras, que fueron: Andiamo in pace ¡ Una vez más, Dios no deja a su Iglesia sin profetas !”.
El texto íntegro en intaliano puede verse aquí:
http://www.messaggerosantantonio.it/en/node/2424
* Como “irse al diablo” o similares.
*El texto es de 2.001. La muerte de Benedetto Calati llegó a finales de 2.000.
3) Fragmentos de “Esperienza di Dio, libertà spirituale”, de Benedetto Calati.
Libro: Esperienza di Dio, libertà spirituale.
Autor: Benedetto Calati.
Idioma: Italiano.
Ed: Servitium.
PP: 121.
1) “La experiencia de Dios significará concretamente la actuación de la historia de la salvación en el creyente” (p. 15).
2) ”Para comprender bien esta posición, es necesario superar el ámbito tendente a lo ascético o moralizante con el que suele mirarse habitualmente la Regla, y referirse, en cambio, a la teología de la alianza; pero, sobre todo, hace falta referirse al misterio pascual y al Espíritu, dueño del Señor resucitado. No es casual que la corriente mística del monacato siempre ha tenido una simpatía destacada por la lectura espiritual del Cantar de los cantares y del Apocalipsis, momentos por excelencia del pacto del Primero y del Nuevo Testamento” (p. 22).
3) ”El giro ambiguo de la comunidad monástica hacia un marcado espiritualismo, tendrá un efecto grave sobre la orientación de la iglesia en los siglos IX-XI. Dará cuenta cada vez más de la orientación teocrática de la iglesia basada sobre el cultualismo clerical, haciendo perder el sentido de la iglesia como pueblo de Dios, cuerpo y plenitud de Cristo, que crece en la variedad de los carismas y de los dones y en el pluralismo de las situaciones históricas y concretas” (pp 56-57).
4) ”Ha sido justamente observado como los pueblos bárbaros en el siglo VI han entrado en la iglesia sobre todo por medio de la educación en la fe recibida en las comunidades monásticas. Estas les ofrecían a ellos, junto con Cristo descubierto en la Biblia, también la ley del trabajo (la comunidad monástica vivía su vida campesina como la de los bárbaros” (p. 71).
5) “Tal es el pecado de la iglesia en la historia: el engaño de que el reino consista en su culto, en su ministerio jerárquico, en sus leyes. Se llega a tal conclusión si se oberva el proceso absolutizador con el que ha sido vivida la dimensión cúltica, o la monopolización jerárquica de la iglesia o, finalmente, la ley eclesiástica presentada como norma de la conciencia eclesial” (p. 88).
6) “Recuerdo, finalmente, el penúltimo capítulo de la Regla de San Benedetto, que nos puede reconducir en parte a la atmósfera de la sinagoga de Narareth, en la que Jesús leyó el libro de Isaías. El capítulo 72 trata del “buen celo”:
Este es, por tanto, el celo que los monjes deben ejercitar con muy ardiente amor: en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros (Romanos 12,10) ….” (p. 115).
4) Mario Tronti con Micaela Cuesta.
En la interesantísima entrevista de (conversación con) Micaela Cuesta, el ex-profesor romano de la Universidad de Siena nos habla del déficit antropológico de la tradición política a la que pertenece: “Había un hueco antropológico en la tradición teórica motivada por una práctica anticapitalista. La economía política clásica había puesto en juego la figura burguesa del homo economicus, el pensamiento político moderno llegará a realizar la figura, también burguesa, del homo democraticus. Pero una figura alternativa de ser humano, alternativa a aquellas, no ha surgido nunca. Todavía estamos aquí buscándola.
Los procesos de secularización, orgánicos a los modos de poder actualmente dominantes, contribuyeron a estabilizar las formas burguesas de vida.
El homo religiosus es una forma antigua. Tan antigua como el hombre. Es connatural a la fragilidad mortal de la imperfecta condición humana. La dimensión del misterio es algo real, tanto como el cotidiano estado material de la existencia. No se puede ignorar políticamente ni tampoco abolirlo jurídicamente: y tanto a una como a la otra las reencontramos en el pasado de la parte que se proponía cambiar el mundo.
Ya es tiempo, después de tanta historia vivida, de que la instancia revolucionaria se haga adulta. Lo que significa explorar aquellas dimensiones de resistencia a la expropiación de la esencia humana del hombre, como decía el joven Marx. Una sociedad/civilización hecha de finanza, técnica, consumo y comunicación, no se limita a la explotación de la persona que trabaja, y cuando trabaja, sino también de la persona que vive, y cuando vive.
Imagen: Pixabay.
5) Dario “el innombrable:
En “Fumar es como hacer filosofía”, texto de Darío Sztajnszrajber, “el Inmombrable”, publicado en la web de REVISTA THC el 8-3-2.020, el filósofo argentino nos dice que “Primero habría que entender que las religiones no hacen religión. Hay una dimensión religiosa en el ser humano muy rica, muy noble y, precisamente, muy humana. Entiendo la religión como búsqueda a partir de la consciencia que nos hace humanos, que es la consciencia de nuestros límites. El ser humano es básicamente alguien consciente de sus limitaciones, de que nos vamos a morir, de que no podemos hacer todo. Esa consciencia que, se supone, no tienen los animales puede tener dos consecuencias: una es que todo te chupe un huevo y te dediques a vivir para hacer plata, otra es querer ir por más. ¡Estamos acá, si me decís que no sabés que hay después de la muerte yo voy a querer saber! Y ahí empieza la búsqueda: algunos cantan, otros hacen filosofía, otros fuman". Y más adelante: "Es una experiencia que nunca se agota. La dimensión religiosa no tiene que ver con encontrar un respuesta, sino con habilitar una pregunta: la religión es una forma de la filosofía. O al revés: la filosofía es una forma de religión ….”.
Texto íntegro, aquí: https://revistathc.com/2020/03/08/dario-sztajnszrajber-fumar-es-como-hacer-filosofia/
Imagen: Pixabay.

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