Recuerdos del Novecento …. Del Novecento de aquella Italia roja
1) Entrevista a Pietro Ingrao: “Yo, la política, el amor y la fe”.
Publicado el 28-9-2015 en la web de FAMIGLIA CRISTIANA. Traducido por Administrador, el original en italiano puede verse aquí:
https://m.famigliacristiana.it/articolo/ingrao-il-compagno-dai-tanti-dubbi.htm
EUGENIO ARCIDIACONO.
CON OCASIÓN DE SU DESAPARICIÓN, VOLVEMOS A PUBLICAR LA ENTREVISTA QUE EL ESTADISTA NOS CONCEDIÓ EN 2.006 ..... LA AMISTAD CON SCALFARO, LA RELACIÓN CON TOGLIATTI (QUE DE LITERATURA “COMPRENDÍA POCO”), El AMOR CON LA MUJER LAURA, QUE FLORECIÓ DURANTE La GUERRA PARTISANA, LA CONFRONTACIÓN CON HOMBRES DE FE.
Cuando en 1976 Pietro Ingrao es elegido Presidente de la Cámara, primer comunista en la historia de la República, Indro Montanelli, desde las columnas de su Giornale, lanzó una durísima campaña contra él. En particular, se dirige al nuevo vicepresidente de la Asamblea, Oscar Luigi Scalfaro, para ponerlo en guardia. “Llamé a Scalfaro y le expliqué que no tenía ninguna intención de hacerle guerras de Partido. Más bien, dado que sabía que él tenía una vasta experiencia de los mecanismos de trabajo de la Cámara, le dije: “Sobre estas cosas sabes mucho más tú que yo. Síguelo tú”. Además, a mi no me gustaba mucho presidir la Asamblea y apreciaba la simpatía y la ironía con la que aquel líder democristiano dirigía la asamblea. En definitiva, entre nosotros nació una amistad, tanto que él me llamaba irónicamente “mi presidente”.
Eran otros tiempos, cuando en Italia existían la D.C. y el P.C.I., y el mundo estaba dividido en dos. Pietro Ingrao los vivió como protagonista. Lo encontramos en Roma, en el humilde apartamento donde vive desde hace cincuenta años, para hablar de su autobiografía (“Volevo la luna”, Einaudi).
– ¿Cuándo comenzó a tener las primeras dudas sobre la Unión Soviética de Stalin?
Me impresionó mucho el pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética que Ribbentrop y Molotov firmaron en 1939. Entonces yo formaba parte de un grupo clandestino ligado al P.C.I. Aquel pacto fue para nosotros un martillazo. Nos parecía incomprensible”.
– ¿Y cuándo tuvo conocimiento de la violencia del régimen soviético?
“Ya desde mitad de los años Treinta sabía confusamente de las persecuciones feroces de Stalin contra lo trotskismo, contra Zinoviev y kamenev: los procesos falseados, las prisiones, los exilios. El mito de Stalin era más fuerte que todo. Hizo falta el Informe Kruschev para revelar en toda su crudeza la amarga realidad.
– Vd dirigía entonces “l’Unità”. Fue el único periódico comunista que publicó aquel Informe, pasado por encima de Togliatti ….
Si, lo publiqué sin su apoyo. Opté por hacerlo porque su silencio sobre lo que había sucedido me parecía insostenible. Un años después, Togliatti volvió por segunda vez a la URSS y a la vuelta hizo un Informe al Comité central en el que continuó callando sobre el stalinismo, que se mantenía también con Kruschev. Toda la generación más joven del P.C.I., de Giorgio Amendola, a Pajetta, a mi, se rebela contra aquel Informe reticente. La confrontación sería después superada. Pero dentro de mi se acentuó cada vez más el rechazo de la lectura monolítica del poder soviético, hasta la ruptura de 1968, cuando nosotros, los comunistas italianos, condenamos duramente la invasión soviética de Praga”.
– Y, a pesar de estas diferencias, entre Vd y Togliatti existió una relación de fuerte afecto personal.
“Si, cuando dirigía “l’Unità” nos veíamos todos los días. Frecuentemente hacíamos bromas sobre el hecho de que, en mi criterio, él comprendía muy poco de literatura. Yo amaba los grandes autores del Novecento, Kafka, Joyce: él, en cambio, se limitaba a Carducci. También Pascoli no le gustaba mucho. Pero era, sin embargo, siempre el jefe comunista que había sido promotor y guía de la unidad antifascista y partisana.
– Volvemos al `68, el año de las revueltas estudiantiles en la que participaron activamente también sus hijas. ¿Cómo vivió aquellos meses?
Existía miedo porque la policía nos molestaba: Bruna, pero sobre todo Renata, la más pequeña, recibieron muchos golpes en Roma, en los enfrentamientos de Valle Giulia. Con mi mujer Laura, también ella comunista militante, estábamos temerosos. Pero existía, sin embargo, orgullo en ver aquellas hijas jovencísimas continuando nuestras batallas. En aquellos años, siempre tenía la casa llena de jóvenes que, entre un debate y otro, descubrían la conspiración política y también los amores de la primera juventud”.
– Su libro es también una hermosísima narración de la historia de amor entre Vd y su mujer Laura. ¿Existe un episodio que recuerde con especial cariño?
“Éramos muy diferentes, pero entre nosotros siempre existió un vínculo fortísimo. La conocí porque ella y su hermano Lucio formaban parte de mi grupo clandestino romano. En un de nuestros encuentros, macho áspero como yo era, intenté besarla. Ella me dio una sonora bofetada y añadió: “Muchachito, vete, estamos aquí solo por obligaciones de partido, pero no te hagas ilusiones”. Algún tiempo después, hubo arrestos por la policía fascista en nuestro grupo. Acabó esposado también Mario Alicata. Era muy probable que los esbirros fascistas anduvieran también tras mis pasos. Consulté con Lucio, hermano de Laura, que acababa de salir de la cárcel y ahora estaba en el Ejército. Yo dudaba si entrar en la clandestinidad. Al final, Lucio me convenció. En el umbral de la puerta, me alcanzó Laura y me besó, sin decirme nada. Aquel saludo inesperado marcó mi vida”.
– Fue muy amigo del padre Benedetto Calati. Que lo fascinaba de él?
“Nos encontrábamos en el convento de Monte Giove, donde organizaba encuentros abiertos a creyentes y no creyentes. Me gustaba su curiosidad hacia los asuntos humanos de los otros, independientemente de las figuras – algunas creyentes, otras ateas – que participaban en el diálogo. Yo siempre tuve conciencia de mis pecados y nunca vi en su rostro una expresión de condena. Buscaba el diálogo con ánimo humano”.
– Vd cuenta que su padre, en los últimos años de su vida, volvió a aproximarse a la fe. ¿Podría sucederle también a Vd?
“Puedo hablar únicamente por como me conozco hoy. Y hoy digo no”.
2) En recuerdo de Pietro Ingrao. Discurso de Mario Tronti en la conmemoración en la Sala del Senado.
Publicado el 1-10-2.016 en la web de CENTRO RIFORMA STATO. Traducido por Administrador, el origina en italiano puede verse aquí:
ttps://www.centroriformastato.it/il-ricordo-di-mario-tronti-in-senato/
Señor Presidente, compañeras y compañeros, es con profunda conmoción – y lo sentiréis del tono de mi voz – con la que busco encontrar las palabra idóneas para recordar la figura, la persona, de Pietro Ingrao.
No repasaré los acontecimientos conocidos de su vida política. Las comprometidas palabras del presidente Grasso cumplieron ya esta tarea. Quiero iluminar con dos relámpagos al hombre Ingrao, la esencia humana del político Ingrao: e intento hacerlo más con sus palabras que con las mías. Aquellas palabras sobre todo de la última fase de su vida, que tuvo tiempo de ocupar un siglo entero. La muerte, el último enemigo, como recitan las Escrituras, se cansó para abatir el viejo roble.
Estábamos tan habituados a oírlo y a hacernos oír, a saberlo presente por detrás de nosotros, que este silencio, ahora, nos pesará. Pero precisamente sobre el silencio había dicho, apenas hace algunos años, palabras intensas: “El silencio”, decía, “no es una nada, una ausencia. Es un pensar interiormente …. callas, pero cumples el acto de callar. Ser silencioso es un actuar …. y la poesía, para mi, es como la lectura del silencio”.
Y silencioso había sido en estos sus últimos años, naturalmente apartado, después de una vida en la que – usando una frase célebre – la lucha había sido su elemento. Pero siempre curioso de todo y de todos. Su conversar era un continuo preguntar. ¿Qué haces? ¿Qué dices? ¿Qué piensas?
Decía también de sí mismo: “Nunca fui un hombre de la regla. Me gustaban demasiadas cosas dispares de la vida y, con los años, esta disposición se agudizó. Por eso”, he ahí una frase que lo define casi íntegramente “sed amables con mi vejez”.
Cuando, el 30 de marzo pasado, celebramos sus cien años, solemnemente en la Cámara de Diputados, con la presencia del presidente Mattarella y del presidente Napolitano, Cámara de los diputados de la que, como fue recordado, fue a presidente en los años dramáticos 1976-79, se pensó entonces en titular la jornada: “Pietro Ingrao o la nobleza de la política”.
Pareció que existía en aquella expresión un énfasis excesivo, que quizá no le habría gustado; pero hoy podemos afirmar que este es el tema al que nos remite la desaparición de este hombre. Es necesario transmitir, sobre todo a las nuevas generaciones, el ejemplo de quien vivió la política de un modo alto, como elección de vida, dedicada a una causa.
Ingrao fue un político de profesión: vivió para la política, no de la política; una profesión, en sentido weberiano, como Beruf, esto es, también vocación.
Más palabras suyas: “La política en mi vida es una pasión tenaz. Todavía hoy, a una edad tan avanzada – es una conversación del 2011 – no se apagó, Dudo en explicarla con una razón moral. No la vivo como un deber ser, más bien me animan pasiones vitales, diría de la corporeidad de la vida”.
Literalmente lanzado a la política – como nos contó otras veces – desde la gran historia (finales de los años Cuarenta), en medio de aquel gran trágico siglo que fue el Novecento, el Fascismo finalmente, la Guerra, la Resistencia, la postguerra, la irrupción a través de la República, y por medio de la Constitución, de las masas en el Estado, según una célebre definición: “Masas y poder” es el título de un conocido libro suyo. Puede sorprender aquel pasaje citado antes: la pasión política que no se explica con una motivación moral, pero que es argumentada de modo profundo y para mí muy convincente. Decía: “Me pesa el sufrimiento de los otros. Pero no es un sentimiento altruista. Son yo quien está mal, que vivo como insoportables las condiciones de vida de los oprimidos y de los explotados …. La política, entonces, es un actuar para mí y no para los otros”. Y ahora decimos nosotros hoy: somos nosotros los que estamos mal, cuando vemos hombres, mujeres y niños que fatigosamente caminan – un camino de la esperanza – sobre las vías donde comúnmente corren los trenes, para huir de la guerra y de la miseria. Soy yo quien está mal cuando me pregunto: ¿soy también yo responsable de la condición del mundo? ¿Y qué puedo hacer para remediarlo? Es aquí de donde sale, de donde debe salir, la motivación por la política.
Siempre se pintó a Ingrao como un visionario. Se ha insistido sobre el “Volevo la luna”, su libro de memorias; pero decía de sí mismo: “A diferencia de como habitualmente soy descrito, no soy un utopista visionario. La política me interesó en su actuar. Me sucede todavía hoy – también hoy, 2011 – que presto atención, incluso excesiva, a sus pasajes tácticos”. Y bien, también esta es la política en su ardua complejidad. Por lo demás, en estos pasajes él falló y honesta y valientemente lo reconoció. Decía otra cosa: Para mí la política es: yo con otros, para influir, aunque sea sólo con un gramo, sobre los acontecimientos humanos. Fuera de este actuar colectivo no sabría hacer política”.
Junto al visionario, se ha insistido en el herético. Ahora bien, Presidente, queridos compañeros, yo acostumbro a hacer una distinción entre el herético y el heterodoxo. O el no ortodoxo.
El herético es aquel que rompe y sale del propio campo, de la Iglesia; el no ortodoxo es lo que combate, con la crítica, la ortodoxia., permaneciendo en el propio campo, en la Iglesia. Ingrao es este segundo tipo de hombre, en el que también yo me reconozco. Nunca hizo acto de arrepentimiento de haber sido comunista. Sí que ha sido crítico, tiene estado en desacuerdo – recuerdo a famosa frase: “no sería sincero Si hubiese dicho que me convencisteis ….” – pero nunca repudió la elección de vida que hizo de una vez por todas y para siempre. Fue, sin más, un hombre de la duda, tanto que “La duda de los vencedores” es como se titula un libro suyo de poesías. En realidad, él también era un hombre de certezas. Creo profundamente que puede dudar, tiene el derecho de dudar, sólo quien cree, quien cree en algo, quien tiene – llamémoslo con su nombre – una fe. Vivimos en un tiempo en el que para ser modernos, o peor, post-modernos, no es necesario ya creer en nada: es la edad del escepticismo absoluto y del relativismo rampante. Pero como dijo aquel nihilista que era Ciorán, quien no cree en nada, acaba por creer en todo, todo aquello que le es contado. De cómo lo conocí, debo decir que Ingrao vivió con la misma pasión – una pasión, precisamente, política – tanto la esperanza como la derrota del comunismo, con un orgullo indomable. “Indignarse no basta”, dijo contestando al “Indignaos” de Stéphane Hessel. Dice uno de sus versos “Porta in alto la sconfitta”, a leer así: dale un pensamiento alto a la derrota y no te hagas bajar por esta, vuelve a intentar, con la lucha, otros posibles pasajes, camina sobre los viejos sentimientos sin dejar perder nada que es nuevo. Esta es el mensaje que Pietro nos deja y espero – pero dejadme decir que un poco desesperado – que sea recogido.
3) “Hace cien años nacía Palma Plini. Un recuerdo”.
Publicado en la web “dellospiritolibero.it”. Traducido por Administrador; original: aqui:
http://www.dellospiritolibero.it/?p=154
Un recuerdo especial de Palma Plini escrito por Mario Tronti en el centenario de su nacimiento.
MARIO TRONTI
Había nacido en Amatrice, Palma. Causa una cierta impresión recordarlo en esta ocasión, cuando todavía tenemos todos en los ojos los pobres escombros de aquel pueblo devastado. También mi madre había nacido allí, 25 años antes, en 1892. Mejor dicho, ni siquiera exactamente en el pueblo, sino la una y la otra en dos zonas diferentes del comune*, aun más perdidos en las montañas. Personas de origen humilde, que después tendrán en común la pasión sacrificial por los otros, naturalmente sentida y aplicada. Vino Palma a nuestra casa aun siendo adolescente. Y la relación entre las dos mujeres fue de inmediato afectuoso entendimiento. Los míos, por el cansado trabajo en los mercados generales de via Ostiense, donde también estaba nuestra casa, salíamos a las cuatro de la mañana y Palmira -recuerdo que la llamábamos así- cuidaba a los tres hijos en el hogar y en la escuela. Quien podía imaginar entonces que Plini, Palma, se convertiría en una merecida voz del prestigioso Dizionario degli italiani, editado por la “Treccani”.
Es cierto lo que dice Fabio Milana, autor de la voz, de que el descubrimiento de la vocación tiene lugar en aquella iglesia de S. Benedetto, que nosostros frecuentábamos como parroquia. Mi madre me ha contado más veces aquel día en que Palma vino a decirles su voluntad de dejarnos, para obedecer a una voluntad superior. Aquel episodio me ha llevado siempre a las palabras de Agustín, que hablaba así al Señor: “no soy yo quien te he buscado, has sido tú quien me ha encontrado”. El misterio de la llamada tiene siempre dentro de sí algo al mismo tiempo tranquilizador e inquietante. He reflexionado después sobre una coincidencia, también ella misteriosa: a partir de aquella frecuentación de la infancia, en casa, con Palma, el salto en el tiempo, entre los años Cincuenta y Sesenta, cuando nos encontramos haciendo la misma experiencia de vida en el campo operaio. No estábamos entonces en contacto. Iría a encontrarla tiempo después, en su residencia en Milano. Pero entonces fue una especie de afinidad estelar la de experimentar, en los mismos años, separadamente, sin saberlo y sin decirlo, yo mi operaismo político, de clase, ella su operaismo católico, de solidaridad. ¿De aquel fondo milagroso proceden, hasta un cierto punto, aquellas comunes propensiones, tensiones y opciones?. Aquí, quizá, la casualidad, la divina providencia y la laica astucia de la historia compiten por el campo.
Busco otra casualidad. 1917: cien años del nacimiento de Palma. Y cien años de otro acontecimiento que me llena el corazón: la revolución de Octubre. Un acto de liberación humana, que todas las trágicas décadas siguientes no serán capaces de borrar. Los obreros que se organizan con los soviets, los campesinos que toman la tierra, los soldados que rechazan la guerra, intentan el “asalto al cielo” con la toma del poder. Abrid Diario di un’operaia di fabbrica, de Palma Plini, las primeras líneas: “Cuando un hombre se presenta en la fábrica para pedir trabajo siente dentro de sí una gran humillación, porque sabe que no es acogido como colaborador, sino como cualquier cosa”. He aquí la reducción del trabajador, o de la trabajadora, a cosa, a objeto de explotación, en cuanto apéndice de la máquina, con la que se produce beneficio; es esto lo que el año 17 del Novecento ha querido derrocar. Que Palma, su vida, o mejor, su existencia, lleve a mi mente a aquella fecha se me presenta, y me gusta verlo así, como un hecho simbólico.
Palma Plini es un ejemplo de libertad de la persona. Libertad decidida y, por tanto, conquistada. Es el suyo un recorrido de autónoma emancipación. Cuando entra en la Compañía de San Pablo, en los primeros años en Roma, se siente enseguida estrecha en el rol femenino de servicio a la comunidad. Es fundamental trasladarse al Norte, primero a Génova, donde durante la guerra y la ocupación alemana realiza las primeras experiencias, arriesgadas, de lucha, después sobre todo en Milano. Aquí, después de la Liberación, en los comedores de la Pirelli, conoce el ambiente operaio. Y el encuentro con la ACLI es el verdadera cambio cualitativo de su vida. Entonces el compromiso directo, activo, de pertenencia, con el mundo del trabajo, se convierte en su nueva, esencial, vocación. Es como otra llamada, desde la base de la sociedad, más que de lo alto de los cielos. En la Borletti, en un reparto de electromecánica con alta nocividad de la prestación, vive la fatiga cotidiana de un labor no cualificada y malamente retribuida. En esta figura de cura operario en femenino, sobre el modelo heroico de Simone Weil, expande lo mejor de sus energías. En Palma, como en Simone, la dureza de la experiencia queda ennoblecida por la inteligencia del testimonio. El rescate del trabajo, como cantaban los himnos de los trabajadores, fue inscrito aquel 22 de abril, día del nacimiento de Palma, tan próximo a al primero de mayo, fiesta del trabajo.
Palma Plini es un ejemplo de vida consagrada. Próxima a Dios como otro tanto próxima a los hombres y mujeres que, no la historia, sino un sistema de injustas relaciones relaciones sociales y políticas, ha condenado y continúa condenando a la subalternidad, que ha ofendido y continua ofendiendo su dignidad. Un modelo de cristianismo encarnado en el tiempo de la propia existencia, para ofrecer a las generaciones que vendrán, para que no se resignen, para que se liberen, para que luchen, con el sentimiento de la razón y con la inteligencia del corazón.
4) “Un intelectual de la clase obrera, lúcido e irónico” (escrito de MARIO TRONTI en recuerdo de ARIS ACCORNERO).
Publicado en la web de IL MANIFESTO el 24-10-2018. Traducido del italiano por Administrador, puede verse aquí el original:
https://ilmanifesto.it/un-intellettuale-della-classe-operaia-lucido-e-ironico/
El recuerdo. Aris Accornero, desaparecido la noche entre el domingo y el lunes a los 87 años, en las palabras de quien fue su compañero de lucha y de pensamiento”: “Hacía verdadera investigación sobre el campo. Seguía con pasión las transformaciones del mundo del trabajo. Pero nunca olvidaba verlas desde el punto de vista de clase, de parte”.
Aris Accornero ha sido, para mi, un compañero de lucha y de pensamiento. Dos dimensiones que conocía bien, naturalmente y humanamente. Obrero, hijo de obrero, de la RIV, experimenta pronto esta condición, que nos devuelve a un tiempo pasado, de contrastes políticos verdaderos y de conflictos centrales: la condición de despedido por represalia. Justamente así: represalia. No se podía ser, en los años Cincuenta, obrero y comunista en la fábrica, tanto más como miembro de comisión interna. Los capitalistas conocen el arte de producir sus enemigos, con abusos, malversaciones, prepotencias. Después, está el hecho de que estos enemigos raramente se reconocen a sí mismos como tales. Con Aris Accornero les ha ido mal: expulsado de la fábrica, ha tenido modo de reconocerse mejor en el conflicto con el capital y ha comenzado a preparar sus propias armas para la larga batalla. Y no ha dejado jamás de hacerlo, hasta que la otra noche lo ha abatido “el último enemigo”, el único que vence siempre, inexorablemente.
SINDICALISTA, PERIODISTA, cronista de las condiciones de trabajo, que había conocido en carne propia, y además, investigador y analista, científico, con la cabeza dedicada a desentrañar las complejas cuestiones que la relación de producción impone dentro y fuera del proceso laboral. (....) Era realmente un intelectual de la clase obrera, es esta la definición adecuada, un militante del movimiento obrero, no sólo testigo ni sólo investigador, sino combatiente de la lucha de clases. Una figura originalísima, no sé cuantas figuras de este tipo puedan contarse a nivel mundial: de obrero de fábrica directamente, sin licenciatura, a ordinario de sociología industrial, y por encima en la Sapienza de Roma. Un salto revolucionario del tipo la conquista del Palacio de Invierno. Corrimos todos a divertirnos aquel día en Ferrara, cuando aquella Universidad le otorgó la laurea ad honorem. Era un orgullo de clase ver al obrero en la cátedra, curiosamente vestido con los trajes académicos de la ocasión. Una casamata conquistada, cuando aún había casamatas y sobre todo la voluntad de conquistarlas.
Era la misma persona que había escrito, opera prima, Reparto Confino, en la Officina Stella rossa, Fiat. Si, porque al igual que la dictadura mandaba al destierro a los antifascistas, la renacida democracia mandaba al destierro a los obreros. No debe olvidarse que Accornero participó como protagonista en la experiencia del operaismo en los primeros años Sesenta.
Periodista de Unità que no podía firmar con su nombre, escribía en Classe Operaia inventando fantasiosos pseudónimos, que tomaba de sus antepasados piemontinos. Y era un colaborador esencial, por el directo conocimiento de los problemas. El obrero, despedido por represalia, ha sido un estudioso rigurosísimo. La cátedra se la había merecido con sus títulos. Sus bibliografías eran gruesas.
ERA UN TEMPERAMENTO exigente, preciso, trabajaba sobre los hechos, los datos, los números. Hacía verdadera investigación sobre el campo. Seguía con pasión las inmensas transformaciones que afectaban al mundo de la empresa y el trabajo. Las conocía todas. Pero nunca olvidaba mirarlas desde el punto de vista de clase y, por tanto, de parte. ¡ Cuántas veces acudí a él para que me explicase las cosas que no comprendía ¡ Cuántas veces me he hecho partícipe de sus lecturas, que yo no conocía ! ¡ Cuántas veces, en el almuerzo, en Via Bormida, con Rita para aclararnos las ideas, sobre Italia, Europa, el mundo, la política, el partido !
Hay dos cualidades que siempre quedaban en evidencia, cuando lo veía; lucidez e ironía. Era lúcido, porque su enfoque era empírico, realista, anti-ideológico. Apreciaba, y al mismo tiempo corregía, mi pensamiento intuitivo. Te ponía los pies en el suelo, aun sin despreciar para nada el platónico mundo de las ideas. Entre otras cosas, era un lector de óptima literatura, un escuchante de óptima música.
HE AHÍ, SI DEBIERA DEFINIRLO con profundidad, diría que era un revolucionario, que sabía ser reformista cuando las circunstancias lo pedían. Como entiendo que debe ser, siempre, un verdadero revolucionario. Y su ironía era cortante, sobresaliendo, en la conversación, las frasecitas secas, que golpeaban duro, pero siempre con la sonrisa detrás. Era elegante, vestía con cuidado, típico del hombre del pueblo que, cuando se eleva, lo hace con estilo, al contrario del burgués, que cuando se rebaja lo hace groseramente. Conocía al ser humano, disposición indispensable para quien quiere producir cultura. Me impresionó una vez una definición que dio de mi, como una persona con poca familiaridad con los cubiertos para el pescado. Una metáfora, concretamente graciosa, que captaba y describía en profundidad mis dificultades de estar en el mundo, en este mundo.
HUBO UNA AMISTAD POLÍTICA, esta extraña profunda idea de la amistad. La única capaz de decir algo a mayores de lo humano. Cuando Aris era joven, aun no en la compañía de su, y nuestra, Rita, venía a pasar Agosto en Ferentillo, acogido con inmenso placer en mi numerosa y ruidosa familia romana. Él, piemontino, mejor dicho astigiano, no precisamente en sintonía con la cocina romanesca, participaba con alegría en los largos almuerzos, a base de tagliatelle al ragù, pollo coi peperoni, y finale cocomerata, entre risas y bromas. El día anterior nos acordábamos de aprovisionarnos de cerveza, porque Aris no bebía vino, ni siquiera el ligero vinito de los campesinos de la Umbria. Pero el almuerzo era precedido por caminatas y paradas y conversaciones en la orillas del río Nera. Aris era un experto fotógrafo, naturalmente con clara preferencia por el blanco y negro. Cuidaba las fotos, el encuadre, luces, corte, con la misma pericia y precisión con la que manejaba una bibliografía sobre temas laborales. Tengo no sé cuantos álbums de fotos con mis hijos, mis padres, mis parientes y con los amigos de siempre, Alberto Asor Rosa, Umberto Coldagelli, Mauro Calise, y sus respectivas familias, una pequeña comunidad que ha resistido a las intemperies del tiempo.
Y A PROPÓSITO DEL TIEMPO. Quiero recordar, entre los tantos libros de Accornero que en estos días son recordados, dos títulos emblemáticos, “Era il secolo del lavoro” y “Quando c’era la classe operaia”. Pienso precisamente que en las próximas décadas y para las próximas generaciones, cuando se hable de trabajo, en todo caso será tecnológicamente organizado, de sus condiciones, de sus perspectivas, y quizá de nuevo de su liberación, obligándonos también a decir: cuando estaba Aris Accornero ….
5) Los regalos de Rosanna.
Publicado en la web de INTERNAZIONALE el 24-9-2.020. Traducido por Administrador, el original en italiano puede verse aquí:
https://www.internazionale.it/opinione/ida-dominijanni/2020/09/21/rossana-rossanda-morte
(IDA DOMINIJANNI, periodista).
MOVIDA POR UN SENTIDO DE LIBERTAD INDOMABLE, ROSSANA ERA LO CONTRARIO DE LA IDEOLOGÍA, LO OPUESTO DEL CONFORMISMO, LO INVERSO DEL MINORITARISMO.
En la primavera del 1980, sin esperarlo me llegó, no recuerdo bien por medio de quien, una convocatoria de Rossana Rossanda en la redacción del Manifiesto. Quería hacer dos charlas, me dijo. Yo era una perfecta desconocida, había escrito para el periódico cuatro o cinco artículos en total, excluyendo que me convocara con base nos mismos. Atravesé la puerta de via Tornacelli, y desde la centralita me indicaron su despacho. Me acogió con su sonrisa dulce y severa, dijo que había sentido curiosidad escuchándome en un seminario sobre mujeres y trabajo, hablamos un poco de esto y de lo otro, después me miró a los ojos y me dijo perentoriamente: ¿Qué piensas hacer de tu vida? Tartamudeé algo sin decir lo esencial, esto es, que me apetecería trabajar con ella y que este deseo mío me había venido leyendo sus trabajos sobre el movimiento del `77, los únicos que captaron, aunque tarde, su naturaleza y sus ambivalencias, y los que trataban sobre el 7 de abril, los únicos que denunciaron el giro emergencialista que la democracia italiana estaba tomando (diferente que el estado de excepción del COVID-19). Pero ella aferró aquel deseo por sí misma. Al cabo de poco tiempo, la volví a encontrar en la redacción de “Orsaminore”, un mensual feminista que Rossana estaba proyectando con otras amigas comunes, y dos años después en la del “Manifiesto”. Mucho del que soy se lo debo la aquel encuentro.
Aquella fue la primera vez que la vi. La última fue hace poco más de dos meses, antes de marchar por el verano, a su casa, con Maria Luisa Boccia. El lockdown nos había tenido separadas, Rossana en Roma y yo no, y durante el lockdown ella había tenido una enfermedad, de la que después curó. “¿Cómo estás, Rossana?”. “Bastante bien, en general”. No era verdad. No estaba bien, el cuerpo cansado, la voz endeble. Pero Rossana había mantenido en la enfermedad, desde que un ictus le había limitado los movimientos, pero no la lucidez, la misma mesura que siempre había tenido al hablar de ella misma, nunca un adjetivo fuera de lugar. Por lo demás, se encendía apenas se hablaba de política. En septiembre debemos hacer algo, dijo, este país no puede ir hacia adelante así. Nos propusimos, entre bromas y veras, este algo que ahora en septiembre ya no haremos. Estaba preocupada por no poder verla nuevamente durante tantas semanas, pero a finales de agosto supe que Doriana había sido capaz de llevarla al mar por un par de semanas, y del mar Rossana volvía siempre regenerada; enseguida nos encontraríamos nuevamente. En cambio, no.
El momento del final es aquel en el que más fuerte golpea la tentación de apropiarse de quien se va, y cuando más fuerte se manifiesta su inapropiabilidad. Rossana lo sabía muy bien, tanto como para sustraerse explícitamente (lo escribe en La perdita, con Manuela Fraire y Lela Melandri, 2008) al rito de la exposición funeraria, cuando un cuerpo ya no tiene posibilidades de réplica a la mirada de otros, Cada uno, cada una, tiene “su” Rossana, pero Rossana no es de nadie y su biografía permanece como de una singularidad absoluta, como absoluto, indomable, fue el sentido de libertad que la inspiraba y que transmitió a quien sabía captarlo. Sonará extraño, en estos tiempos, este matrimonio entre una libertad irreductible y otro tanto de irreductible de pertenencia comunista, pero Rossana era este matrimonio y esta herejía: no la postura intelectual del puñetazo crítico que todos están dispuestos a reconocerle, sino la vivencia en primera persona, pasión y cruz, de una contradicción que si la forma-partido había vuelto impracticable, la forma-periódico convertía, en cambio, en fecunda. No se comprende nada del experimento-Manifiesto – del Manifiesto según Rossana, al menos – si no se parte de esta pasión de la libertad, que le permitió a quien la compartió leer el presente violando las certezas del partido elegido y los criterios de la información mainstream. Lo contrario de la ideología, lo contrario al conformismo, lo inverso del minoritarismo: esta era Rossana y esto es lo que nos desafió y desafía a ser.
No era un desafío fácil, sobre todo para nosotras, las mujeres. Porque aquel mismo sentido fuerte de la singularidad y de la libertad la volvía alérgica la cualquier identificación que pudiera evocarle vagamente el fantasma del gregarismo, de modo que cuanto más te acercabas, ella más se alejaba. Y porque Rossana era una madre frágil pero potente como todas las madres, y exigente como pocos, sobre todo hacia los que le eran similares. Con mayor razón desde cuando había visto en el feminismo una irrupción de la libertad que a su vez la desafiaba y la ponía en discusión (Le altre, 1989). Pero fue un desafío creativo de posiciones culturales y políticas que en otro caso no habrían existido en el panorama italiano, y que en el mismo Manifiesto no estaban carentes de obstáculos y conflictos.
Dos entre todas: la defensa del estado de derecho y del garantismo en los tiempos de la emergencia antiterrorista en los años ochenta, un precedente que en los noventa nos habría impedido a “nosotros, rossandiani” ceder a los usos políticos de la justicia que acompañaron al colapso de la llamada primera república y la parábola infeliz de la segunda. Y la interpretación del `89 y del `91, porque Rossana, que también gracias a la relación con K.S.Karol tenía siempre bajo observación los países del este europeo y había creído en el experimento de Gorbachov, como todo el grupo fundador del periódico, vio en la caída del muro de Berlín y en el colapso de la URSS más la señal de un nuevo desorden geopolítico que el de una liberación del Partido-Estado que veíamos muchos de nosotros. Fue el momento de máxima división, en el periódico, entre la generación de los fundadores y la del `68: otro conflicto sobre el sentido de la libertad. Y juzgando las cosas en retrospectiva, después de treinta años de triunfo neoliberal, tenían más visión a largo plazo ellos que nosotros (Appuntamenti di fine secolo, escrito en el 1995 con Pietro Ingrao, es un libro a releer).
El alejamiento de Rossana del periódico comenzará pocos años después y por otras razones - pero “entonces fallé no resistiendo”, me había dicho recientemente – aunque será definitivo sólo en 2012, dejando en ella, y no solo en ella, la marca de una herida no curada. Hará falta leer su versión del evento del “Manifiesto” en el libro que hacía poco había sacado – “pero no me vino bien”, continuaba diciéndome – y que comienza donde La ragazza del secolo scorso acababa. Mientras “su” siglo se cerraba sin gloria en Italia y en el mundo, las cosas de la vida la apartaron de nuestra cotidianeidad, porque Rossana tenía muy claras las prioridades de la existencia y no vaciló un minuto en trasladarse a París cuando las condiciones de karol lo pidieron.
Durante mucho tiempo nos faltaron las incursiones en el despacho de via Tornacelli, donde las confidencias sobre amores y separaciones no eran menos frecuentes que los debates políticos, las cenas entre amigas (era una excelente cocinera) en las que se hablaba de cine y se discutía sobre el feminismo, el estilo inconfundiblemente novecentesco de sus casas (en alquiler, nunca tuvo una) con los divanes negros modernistas y las librerías blancas en perfecta orden (“tirar las cartas inútiles forma parte del trabajo intelectual”), sus pocas pero firmes coqueterías femeninas (“¡ no pensarás que las canas no necesitan cuidados ¡), su inimitable elegancia minimalista ante litteram, las pequeñas mentiras engañosas de las que hacía uso cuando se obstinaba en defender lo indefendible, los snobismos que sólo ella podía permitirse (“pero este Osama ¿quién es, el más joven de los Laden?”, peguntó por teléfono desde París mientras nosotros nos me los esforzaba para cerrar la edición especial sobre las torres gemelas). Una vez, sería a finales de los años ochenta o poco después, la acompañé a Fráncfurt, donde fuera invitada a dar una lección magistral sobre feminismo. Estaba sola en el palco, tailleur negro impecable y bufanda blanca, en el centro de un cono de luz que rompía la oscuridad alrededor de ella. En otra vida, pensé, sería Greta Garbo.
Imagen: Pixabay.

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