Estado y partido político
“Existe un antes fundante de lo que parte todo el resto. Entre monarquías absolutas y regímenes revolucionarios, entre dictaduras bonapartistas y restauraciones aristocráticas, hasta las primeras formas institucionales burguesas liberales, el Estado se hace regulador político de la acumulación capitalista y garantía social de la revolución industrial. El partido político toma para sí esta historia hegemónica del Estado y la continúa por otros medios: lo hacen todos los grandes partidos, los americanos y los europeos, continentales e insulares. Los partidos obreros están dentro de esta historia, también todos ellos, tanto los reformistas como los revolucionarios, de masas o de vanguardia, constructores de welfare o de socialismo en un solo país, incluso entre grandes contradicciones, que la época marcaba. Si no se recompone esta historia única, si se continúa mirando con ojos estrábicos el acontecer político alternativo del Novecento, por un lado las formas bellas, por el otro los crímenes malditos, se harán narraciones edificantes para inconscientes epígonos incapaces de asumir la dura lógica de la cosa pública.
En definitiva. El destino de partido es el destino mismo del Estado y de la política moderna (…)” (Mario Tronti, "Dall´estremo possibile", Ed. Ediesse, p. 135).
¿Vuelve el Estado?
En nuestras sociedades, en las que parece gobernar la polarización y la falta de consensos mínimos, ¿es posible que nazca de dramas como la pandemia un sentido de solidaridad y de una mínima cohesión? Porque somos más que conscientes que los dramas y crisis que afectan a “toda” la sociedad afectan a unos más que a otros, incrementándose las desigualdades. Entonces: ¿es posible un nuevo contrato social? ¿Estamos todos, alguna vez, en el mismo barco?
Hablando seriamente, debería estar en el lenguaje político la necesidad de revertir la línea seguida en los últimos 40 años, después de que el dúo Tatcher-Reagan rompiera una tendencia de “progreso” expresable en el concepto “Los 30 años gloriosos”. Conceptos como el gravamen del patrimonio o la renta básica debieran ser objeto de un debate, que pueda determinar su necesidad, primero, y su alcance y modo de ejecución, después.
No es fácil que las sucesivas crisis que padecemos supongan un reforzamiento de la democracia, ganando de momento terreno el iliberalismo frente al liberalismo.
Europa, si se pretende Proyecto político, hoy, debería innovar. Del mismo modo que hay una Agencia Espacial Europea, y se habla de defensa común, ¿no debería haber una intervención pública institucional europea, por ejemplo, en el plano científico-tecnológico, volcada en las cuestiones de la investigación e innovación sanitaria?
El Estado siempre estuvo aquí, no viajó al espacio … más bien se renunció a usar palancas para hacerlo trabajar en pro del bien común y la mitigación de las desigualdades. Una cierta idea de “planificación” parece más que necesaria, desacomplejándonos después de estos “cuarenta años nefastos” de darnos tiros en el pie. La izquierda, si quiere ser algo relevante, útil y que se presente como necesario, debe orientarse en esta dirección.
El Estado, luego, está, pero también se le espera.
¿Es el neoliberalismo una desviación, o una degeneración, del liberalismo tradicional? ¿O es su consecuencia lógica, cuando fallaron los frenos que la democracia misma, y particularmente la izquierda política, fue poniendo al capitalismo?
Es lo cierto que liberalismo y socialismo pasan por ser las dos grandes fuerzas motrices del Novecento. ¿Son estas dos potencias antagónicas o más bien complementarias? Es una pregunta, una de las grandes preguntas, para un izquierda del Siglo XXI. El siglo en que parecía consolidarse la globalización, pero en el que parece colapsar el neoliberalismo como proyecto asumible.
Palabras surgidas o expandidas después de la II Guerra mundial fueron, a parte de welfare, otras como embedded liberalism, capitalismo democrático o capitalismo de rostro humano, entre otras. En ellas, de algún modo, se conjugan o se alían dos tradiciones, marcando por décadas la impronta política de la Europa occidental. ¿Encuentro o, por usar un término patentado por Carl Schmitt, “compromiso dilatorio”? Porque lo cierto es que fue una época también convulsa, con sindicatos en las calles, una época en la que no se diluían (al contrario, se afirmaban) sujetos sociales como la clase obrera.
La existencia del fantasma soviético (que representaba un mundo alternativo), viéndolo de un modo realista, algo pesó en las correlaciones de fuerzas. A lo que se unía la potencia de un movimiento obrero que podía presentarse ante su base social como un sujeto político capaz de producir avances, de ganar posiciones. El consenso institucional básico se implementaba desde la “fuerza”, se pactaba desde la exhibición de las propias armas y herramientas.
Fue así que se constitiucionalizó la “Democracia Social”. Pensemos que, aun en aquel mundo, en aquella larga coyuntura, la Constitución española consagró al Estado como “social y democrático”, poniendo “social” primero. El compromiso a que se llega viene derivado de la exhibición de potencia y del temor de la contraparte, del mismo modo que la Constitución italiana de la Post-Guerra mundial instituye a Italia como democracia basada en el “lavoro” (reconocimiento institucional de la fuerza del P.C.I. como primum inter pares del antifascismo, constructor de la democracia y fuerza con una base social relevante y a la que había que reconocer implícitamente desde las instituciones).
No fusión entre culturas políticas, por tanto. Pacto entre dos partes que se reconocen en su fuerza, en su penetración social, en su capacidad de incidencia. Porque lo que en su día se institucionalizó no fue el diluirse de culturas y proyectos políticos sino, en realidad, la existencia (y para las fuerzas transformadoras, la “necesidad”) del conflicto. Y es que el motor de la democracia (lo que en su día permitió, por ejemplo, llegar al sufragio universal) es precisamente la conflictividad. La “cohesión social” (otro término que tuvo fortuna) es más un resultado que un Proyecto; el Proyecto, en todo caso, es la Justicia social.
¿Qué debe definir hoy a la izquierda? ¿Debe centrase en los “derechos” o en las “necesidades”? Entendiendo que el reino de la libertad comienza allí donde deja de imperar el de la necesidad. Centrarse en el “debate” cultural que desde la derecha pretende inocularse (tantas veces artificialmente) en la sociedad, pone, a nuestro entender, las cosas fáciles a la derecha política, de este modo escasamente exigida, en vez de obligarla a jugar a la defensiva. Lo cual exige definir cuál es su sujeto social, el de la izquierda. Un sujeto más complejo que en décadas atrás, reconozcámoslo. La izquierda debe encontrar su pueblo, por decirlo a lo Tronti.
Estado no como espacio neutro, sino escenario de batalla por la hegemonía, de relaciones e fuerza (fuerza con compromiso, si se quiere). Y una institucionalidad europea que atenúe los efectos comprobadamente perversos de la libérrima circulación de capitales …. lo que también requiere una política europea desde la izquierda y, en coherencia, organizaciones europeas.
Planificación, pues. Intervención del Estado como protector de las mayorías sociales y motor de la distribución de poder y de recursos.
La soberanía del Estado es cuestionada gravemente por los poderes planetarios que nacen en la “Red”. ¿Quién gestiona y está detrás las informaciones y datos que volcamos en la web, consciente o inconscientemente? Porque si las instituciones (estatales o internacionales) basan sus análisis y elaboran sus políticas con base en estas informaciones (obtenidas desde lo que es muy colectivo, pero absolutamente privado), ¿qué garantía hay de que no están marcando la política las grandes corporaciones? Marcándola ya no como “poder fáctico” en modo contra-poder del Estado, sino como guía de este. Por ello es esencial blindar los ámbitos competenciales que no pueden ser sustraídos al Estado.
¿Está en crisis el concepto de “Estado democrático” o más en general el de “Estado” mismo?
Imagen: Pixabay.

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